¡Cadáveres!
Se lo recuerdo al ávido lector por si las moscas del olvido perturban su claro pensamiento: la semana pasada escribí que, dado al azar de la sagaz asociación, pretendí anotarme en la raza, caterva o calaña de los escritores a los que por suerte o carambola les cae el don de una genealogía literaria ilustre. En mi columna mencioné el modo elíptico, tal vez enroscado, en que una obra se construye tanto con lo que un autor cita y se apropia como, sobre todo, con aquello que elude. Siempre lo que se elude no es obstáculo sino invitación que está adelante en el camino. Lo cierto, entonces, para no dar tantas vueltas, y las vueltas son de las cosas más lindas que tiene la vida, fue que conté que hará una punta de años dejé de leer Aventuras de un cadáver, la novela breve de Stevenson, habida cuenta de un disgusto que después sería providencial para la escritura de mi novela La vida por Perón. Y a esto seguía que, en mi lectura del Viaje sentimental por Francia e Italia de Laurence Sterne, el prologuista, Edgardo Cozarinsky, comentaba que, muerto Sterne, un grupo de estudiantes de anatomía se había hecho con su cadáver, acontecimiento que Stevenson utilizó para escribir un cuento suyo, que -de inmediato deduje- era la citada Aventuras de un cadáver. Mi gozosa conclusión fue que habiendo sido siempre admirador de Sterne, había recibido su bendición ultraterrena: Cadáver Sterne inspira Aventuras de un Cadáver que impulsa La vida por Perón. La literatura, pura digresión y desvío.
Ahora bien. Luego de escrita mi columna, una pequeña duda me inquietó. Cozarinsky había mencionado “un cuento” de Stevenson, no “una novela”. Y si bien los límites entre géneros suelen ser laxos (hay novelas que son cuentos estirados y cuentos que son novelas comprimidas), valía la pena realizar una investigación. La hice. Y ¿qué descubrì? Que Aventuras de un cadáver (The Wrong box) fue escrita por Stevenson junto a Lloyd Osbourn, y que el cuento inspirado es otro, El ladrón de cadáveres (The Body Snatcher). ¿A qué autor se le ocurre usar dos veces la palabra cadáver como título de sus textos? ¡Stevenson, Stevenson!
Descubrirme no heredero de nada no me deprimió, porque descubrí a cambio algo mucho más interesante. La sustracción del cadáver de Sterne no fue algo inusual. En la Inglaterra de los siglos XVIII y XIX, las escuelas de medicina y anatomía estaban ávidas de cadáveres frescos, pero la ley sólo permitía diseccionar los cuerpos de criminales ejecutados. La diferencia entre la oferta legal y la demanda de la ciencia impulso el emprendedurismo y el libre mercado. Bandas de ladrones anónimos merodeaban durante la noche por los cementerios buscando fiambres frescos y las familias de buen pasar comenzaron a enrejar sus tumbas y mausoleos para que no se convirtieran en cenotafios involuntarios, desarrollando así la herrería y la arquitectura de seguridad funeraria. Todo suma. A los ladrones se los llamaba “resurreccionistas”, aunque mejor hubiera sido bautizarlos como “recoleccionistas”. Seguirá.
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