CIA y morbo
“Las mismas personas que leían a Dante, fueron a Yale y se educaron en la virtud cívica, reclutaron nazis, manipularon el resultado de elecciones democráticas, (…) derrocaron gobiernos, apoyaron dictaduras, tramaron asesinatos”. Hace un mes, murió la investigadora inglesa Frances Stonor Saunders, autora de La CIA y la guerra fría cultural, un libro a esta altura clásico que se hace cada día más joven en vez de envejecer, como Bejamin Button. Su lozanía tiene que ver con que la injerencia transnacional en las artes y aquello que actualmente se engloba en la bastardeada noción de cultura, lejos de expirar, sigue perfeccionándose. Pero amén de ser visionario y excepcionalmente documentado, tiene la virtud de transformar lo que fácilmente podría resultar una lectura pesada en lo contrario, gracias a aprovechar la relevancia de algunos de sus protagonistas.
Incluso aunque no nos interese saber en qué medida la ayuda económica de la CIA contribuyó al sumario según el cual se manifestaron muchos intelectuales a mediados del siglo XX, el morbo que suele detonar la celebridad encuentra en sus páginas plena satisfacción. Hasta en el prólogo de la reedición de 2012, cuando rememora la primera publicación de 1999 en un programa de radio de Reino Unido al que había sido invitada junto a Henry Kissinger, Saunders aligera el peso del dato duro con observaciones inopinadas, tipo: “Los nervios me hicieron permanecer callada, y me fijé en las uñas de Kissinger, que tenía en carne viva de tanto mordérselas. Abandonó el estudio a mitad del programa”.
Como dignísimo cierre a esta recomendación, va un pasaje que confirma con creces la eficacia de matizar investigaciones arduas con toques de chisme: “Hemingway, quien, durante la guerra, al igual que David Bruce, había trabajado en el servicio secreto americano y la Oficina de Servicios Estratégicos, se instaló con sus botellas de whisky en el Ritz de París, y allí, aturdido por el alcohol, recibió a un nervioso Eric Blair (George Orwell) y a la más franca y directa Simone de Beauvoir, con su amante Jean-Paul Sartre, quien bebió hasta no recordar nada de lo sucedido, y cuya resaca sí recordaría como la peor de su vida”.
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