Cierto grado de maldad
“Nunca tuvo novio, pobrecita”, “Fané y descangallada”, “Donde veo unas polleras no me fijo ni el color”, “Pelandruna abacanada”, “Tu silueta fue el anzuelo donde yo me fui a ensartar”, “Cuando por la calle la veo tan vieja, doy vuelta la cara y me pongo a llorar”. Es obvio por qué muchas letras de tango aumentaron su capacidad de escandalizar, especialmente en lo que concierne a las mujeres. Que Azucena Maizani, Ada Falcón, Nelly Omar o Tita Merello hayan llevado el género a otro nivel, no le quita lo escrito. Líneas como “Me jugaste sucio y, sediento de venganza, mi cuchillo aquella noche lo enterré en tu corazón”, “Cuanta papusa garaba en tus solapas lloró” o “Era tan fulera que la vi y di un grito”, suenan como la apoteosis de la incorrección política.
Como otras artes populares con historia, o como casi todo, está hecho de virtud y bajeza. Se puede pensar en algunas canciones de cumbia o trap como un reservorio del imaginario más podrido que llegó a desarrollar, pero sin su complejidad y sus ambigüedades. Aquella manera abiertamente cruel, pero también –y a veces al mismo tiempo– existencialista, política, sociológica, humorística y representativa de una identidad local, no curra. La merma no tiene que ver con eventuales cuestionamientos sobre cosificación, romanización del femicidio o prostitución, sino con algo mucho más antiguo que Stefan Zweig describió en un ensayo breve, La uniformización del mundo, editado por José J. de Olañeta, disponible en librerías locales en un formato encantador que cabe literalmente en el bolsillo de la camisa.
Según Zweig, los “síntomas” que motorizan su reflexión se ven perfectamente en la cultura popular. Aunque afirma que podría usar muchos ejemplos, prefiere ceñirse al cine, la radio, la moda y el baile, “Hoy en día millones de personas, de Ciudad del Cabo a Estocolmo y de Buenos Aires a Calcuta, bailan los mismos bailes al son de las mismas cinco y seis melodías”; “Ya no se elige la propia esencia, sino el parecer del mundo”. Es un texto de entreguerras, momento en el que, como señala Olañeta en el prólogo, “irrumpe el insuflo de nuevos vientos que empujan a las sociedades europeas hacia el productivismo capitalista norteamericano y hacia el comunismo soviético”.
Sus cañones apuntan efectivamente a Estados Unidos, “de donde viene la temible ola que amenaza con arrancar de nuestras vidas las formas y los colores que nos son propias” y a su archienemigo con su “voluntad de parcelar a las personas hacia la uniformidad ideológica”. Ambos polos se nutren de individuos con los mismos intereses, gustos y costumbres. “Cada vez más, los países parecen en cierto modo encajados unos en otros, como si sus gentes vivieran y trabajaran bajo las mismas pautas”. Su visión llega a ser tan intransigente como para criticar al gran Max Linder cuando habla del potencial propagandístico del cine, o para defenestrar a la radio, aunque no niega el atractivo y la irreversibilidad de estos avances. Gracias a lo del reemplazo de músicas y danzas autóctonas, pensé en el tango, arte excepcional que inventamos y exportamos, hoy confinando a espacios reducidos o al plastificado negocio turístico. La pérdida de expresiones de esta clase se fue ramificando desde los tiempos de Zweig bajo distintas variables, como la fagocitación de los movimientos contraculturales segunda mitad del siglo XX por el mercado.
Principal vehículo actual para la disolución de identidades propias dentro de un todo homogéneo, Internet es la frutilla del postre y de alguna manera Zweig la saboreó. En una oración, aplica a los formatos de su época lo que podemos aplicar cien años después sin sonar anacrónicos a los de la nuestra, “estas maravillas tecnológicas entrañan un estado de ebriedad, un efecto narcótico y al mismo tiempo un enorme desencanto del alma, una peligrosa incitación a la pasividad”.
Pero no cree en la probidad de los ejercicios mancomunados de resistencia intelectual. Es tentador fantasear con cuáles hubiesen sido sus opiniones acerca de cosas como la cultura de la cancelación y los discursos que no se permiten ni un cierto grado de maldad, participando, sin embargo, de violencias diversas, de la digital a la institucional, pero lo que sabemos en concreto es que, para él, el mundo se vuelve desalmado al perder sus singularidades. En las últimas páginas, apunta a contrarrestar la uniformidad que impone el exterior con el cultivo de la diversidad interior. No intenta corregir la realidad porque no teme tanto a lo de afuera, como a sentir en carne propia algo parecido a lo que, una década más tarde, Gardel y Le Pera plantearían poéticamente en una línea de “Cuesta abajo”, “La vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser”.
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