El dato de color es que al ganador del Premio Nobel de Literatura 2026 lo predijeron las apuestas relevadas por la tradicional casa británica Ladbrokes: Anne Carson, nacida el 21 de junio de 1950 en Toronto, Canadá, quien desde hace años vive entre Nueva York e Islandia. En la red social X trascendieron unas palabras de la premiada desde la isla país del Mar del Norte, su problema es qué hacer con los 1,2 millones de dólares: “Tengo un amigo que no tiene una casa, siempre donamos a Médicos sin Fronteras.” El dinero como estigma, un peso muerto, una carga. ¿Y el reconocimiento? “Una locura.”
El dato oscuro proviene del año 2018, cuando Anne Carson visitó Buenos Aires invitada por un festival. En un diálogo público se mostró irritada, implacable, para testigos presenciales incluso soberbia e indolente en sus respuestas. Tal vez el origen de esta conducta sea una manifestación temprana del Mal de Alzheimer, padecimiento que se le ha diagnosticado y hoy sufre –como su padre– en la pérdida de la escritura a mano, herramienta de trabajo e identidad que, afirma, la aleja de su trabajo diario, escribir. Circula una foto de Carson vistiendo ropa y guantes de boxeo: la práctica del deporte es para combatir los síntomas.
Es cierto que la biografía breve de un escritor tiene como contrapartida una obra extensa, a veces valiosa. Con poco más de veinte títulos, sin una participación mediática en el mercado literario global, sin ser un éxito de ventas ni de adaptaciones en cine, los profesores de la Academia Sueca eligieron mucho más que a la decimonovena mujer del premio más notable en literatura, reconocen a un par, erudita, docente, traductora de griego antiguo, ensayista, poeta, novelista, dramaturga, guionista, quien posee un saber específico ligado con la historia de las lenguas, el origen mismo de la escritura y sus géneros actuales. En la columna adjunta, citamos algunas de sus nociones respecto al comienzo histórico de la novela, extraídas de Eros dulce y amargo, publicada por Lumen, libro que mereció el Premio Princesa de Asturias de las Letras.
Carson fue profesora de literatura clásica y comparada en la Universidad de Michigan. También en las universidades de Calgary, Princeton, Emory, New York y McGill. Además, ejerció como profesora invitada en la Universidad de California, Berkeley, y en el California College of Arts and Crafts. Es doctor honoris causa por la Universidad de Toronto, recibió las becas Guggenheim y MacArthur, entre varios premios, el T.S. Eliot en 2001.
El dato iluminador aparece en su perfil de la Poetry Foundation que, en la tradición norteamericana, valida su trabajo de esta forma: “Conocida por su erudición suprema –Merkin la denominó ‘una de las grandes pasticheurs’–, su poesía también puede ser desgarradora y escribe con frecuencia sobre el amor, el deseo, la añoranza sexual y la desesperación. Siempre ambiciosa poeta, independientemente del tema o género, Merkin escribió sobre The Beauty of the Husband (La belleza del marido en nuestra lengua), de Carson: “No creo que haya habido un libro desde Life Studies de Robert Lowell que haya impulsado el arte de la poesía de forma tan radical como lo está haciendo Anne Carson”. Y la luz proviene de los nombres, esos rastros que no solo son historia, sino biografía de la literatura misma.
Lowell fue un poeta y traductor, emblema de la alta cultura norteamericana, ungido por la política exterior de la inteligencia (CIA) como modelo durante la Guerra Fría. Sus méritos literarios fueron más políticos que memorables, en base a la imposición del Taller de Literatura Creativa de Iowa, en sí un embajador cultural con todo el respaldo mediático del mercado del libro norteamericano.
Publicado en Eucalyptus Lit con el título La silenciosa guerra fría del taller, Rishi Janakiraman describe esta imposición fusionada con el mercado editorial: “Hay un estilo de poesía que se encuentra prácticamente en todos los talleres de escritura de Estados Unidos, y también en la mente de sus detractores. Dicen que se reconoce al instante: en primera persona, pero con un toque de misterio, en verso libre, de apenas una página y media, repleto de imágenes tan nítidas que parecen sacadas de un anuncio de una cámara de alta gama, y que culmina con un verso final que parece cerrarse con un clic, la “sorpresa apropiada”. Pensemos en un poema confesional como el de Robert Lowell en Life Studies: repleto de dolor íntimo, historia familiar, enfermedad mental, y que rehúye cualquier atisbo de impersonalidad modernista. (…) Para un escritor blanco de clase media en 1960, escribir sobre la muerte de un padre o una implosión romántica en ese estilo podía interpretarse como universal; para un escritor negro, queer, inmigrante o marginado en 2025, la misma lírica en primera persona podría interpretarse como “escritura de identidad” o “política”, incluso si obedece a todos los mismos mandamientos de la técnica.”
El estilo literario de Anne Carson, la disposición de los elementos, contrastes de estilos en una misma página (poema en verso libre, traducción de términos del griego o latín, descripciones en prosa, diálogos teatrales o de guión, citas históricas y desarrollo de ideas comparativas), el pastiche en sí, surge de su erudición indiscutible. En términos de Beatriz Sarlo: en base a su saber específico construyó una visión literaria de lo real, así como su imposibilidad de asir con certeza el conocimiento de su función. Hablamos de un abismo, como el que la misma Carson encuentra entre el texto original y su trabajo de traslado al inglés, lo describe como una zanja, que ahí está como traductora. Esa comparación no es gratuita: sus libros están en ese afuera dispuesto por el mercado del libro global. En otros términos, ¿no es su estilo una actualización del recurso borgeano de la lectura en la lectura y las ideas tras las interpretaciones como un laberinto de derivas?
Sí y también, que la materialidad del libro supera los estados culturales de su explotación. La Academia Sueca ha premiado a una “infiltrada” en el mercado, cuya práctica de escritura es una forma de respuesta a la chatura dominante (encubierta censura), una resistencia efectiva en donde el lenguaje ya es víctima de la imitación matemática y de ser objeto transaccional vaciado de simbolismo alguno. Si este estilo está logrado más allá de su coronación, es materia de otra discusión que excede a la noticia de estas páginas.
Ahora vayamos a la condición intelectual, una ética de la escritura en relación con el tiempo –matriz de la novela–, que definió la autora en una entrevista a The Paris Review y cierra (o abre) una recomendación de lectura atenta: “Los últimos años que estuve enseñando, dedicaba parte del tiempo a enseñar griego antiguo y parte a la escritura. El método que se usaba en la escuela consistía en leer el texto griego antiguo, localizar las palabras desconocidas y buscarlas en un diccionario. Luego, averiguar su significado y anotarlo. Buscar palabras en un diccionario es un proceso que lleva tiempo. Y tiene un intervalo de algo parecido a la ensoñación, algo parecido al pensamiento suspendido, porque no es la ausencia total de pensamiento, ya que surge una pregunta sobre una palabra y se llega a ella mientras se busca la definición correcta, pero aún no se ha llegado a la conclusión. Es un tipo de tiempo y una mentalidad diferentes a los de cualquier otro momento del día. Es muy valioso, porque en ese intervalo ocurren cosas en el pensamiento y en la sensación que se tiene sobre las palabras. Yo lo llamo vacilación.”