Paradojas

Cómo no leer a Mailer

El logo de Editorial Perfil Foto: Cedoc Perfil

Cuando la española Dolores Redondo vino a Buenos Aires para promocionar su novela Todo esto te daré en 2017, una revista para la que trabajaba me mandó a entrevistarla. Nos juntamos, como con todos los escritores de afuera que venían más seguido durante esos años en los que Zoom y WhatsApp no habían jaqueado con tanta fuerza el desplazamiento, en el bar de su hotel. Me descolocó que, siendo de un palo tan distinto, adore a Norman Mailer, “…su salvajismo, su capacidad de escribir textos que le llevaron enormes trabajos de campo y otros que escribió muy brevemente. Creo que su libro Un arte espectral es lectura obligatoria para el que quiera escribir”. Se me dio por replicar ¡seriamente y no en chiste! algo como “Espero que esta admiración no te lleve a pensar en acuchillar a tu marido”. Un horror. Compasiva cuando no sorora, Redondo fingió que estábamos jodiendo y en vez de aleccionarme con lo de la separación entre obra y autor, respondió, “Siempre le digo: Cariño, Norman Mailer acuchilló a su esposa porque ella no dejaba de hablar cuando él estaba escribiendo un capítulo muy exigido de su novela. Eso fue lo que dijo ante el juez. Así que cuídate, por favor, de interrumpirme”. Podría haber retrucado que su versión pasaba por alto a las que sitúan el siniestro en una fiesta en la casa de la pareja, delante de varios invitados, pero estaba tan avergonzada que no me salió ni una palabra. Igual, lo más vergonzoso, si al menos tengo en cuenta que el tipo figura entre los cracks del periodismo literario, es no haberlo leído. Dudo que la omisión se deba a los cuchillazos, las manías irritantes o las provocaciones retrógradas. Puede ser un rechazo físico, más que moral -lo que acaso me ubique moralmente en un grado todavía más bajo que el de él- pero me espantan particularmente esas bolsas subpalpebrales que le salieron de viejo, donde se podrían guardar varias monedas cómodamente. 

Siempre le digo: Normal Mailer acuchilló a su esposa porque ella no lo dejaba hablar

Como sea, años después de haber quedado como una improvisada frente a Redondo, al leer en ABC una reseña titulada Malos tiempos para ser Norman Mailer, sobre la “lapidaria” biografía de Richard Bradford que Erasmus presentó hace unas pocas semanas, a su vez titulada (se ve que el nombre tiene gancho) Norman Mailer: La vida de un tipo duro, sentí el peso de las cuentas pendientes, que no siempre se pagan. Primero descarté sus novelas. Por mi oficio, iban a ser más útiles libros como La Pelea, que tiene el plus de Muhammad Ali, o los ganadores del Pulitzer, La canción del verdugo y Los ejércitos de la noche. No leí nada, demasiado tarde para empezar. Por suerte dirigió cuatro películas. Por ahora vi (gracias Filmin) la última, Los hombres duros no bailan, de 1987, basada en su novela homónima, publicada tres años antes y, que a mi gusto y en bastante discrepancia con las críticas (ganó incluso el premio a la peor dirección en los Razzie) es una joyita. Una de las últimas escenas, donde el protagonista interpretado por Ryan O’Neal y su padre, el gran Lawrence Tierney, arrojan, relajados y hasta felices, sendos cadáveres al mar con el himno de Estados Unidos de fondo, alcanza para darme la razón. Hay más méritos y tienen que ver con una suerte de retroalimentación cinematográfica con el David Lynch de esa época. No me refiero solamente a que Mailer haya reconocido la influencia de Terciopelo Azul, sino a que Twin Peaks llega a la televisión en 1990 llena de puntos en común con Los hombres duros no bailan, de lo paranormal a la cocaína, del pueblo chico/infierno grande a los locos sueltos. También se tocan en lo formal, en los motivos visuales. Los techos a dos aguas, la niebla, los revestimientos machimbrados de la comisaría, el fetichismo por los uniformes, los muertos en bolsas y las rubias con flequillo. No descarto que Isabella Rosellini, quien un año antes de actuar para Mailer había protagonizado Terciopelo azul y además estaba en pareja con Lynch, haya traficado información. O quizás lo haya hecho Ángelo Badalamenti, musicalizador tanto de Terciopelo Azul como de Los hombres duros no bailan y Twin Peaks. Si la película me pareció tan buena, además de recomendarla, debería volver a intentar con sus libros, pero son un tren que ya pasó. A esta altura, el único riesgo es que alguien los traiga a colación en una entrevista, como Redondo, dejándome en orsai. Pero ahora estoy más documentada (e igualmente feliz) que en 2017 para recurrir a la digresión. Puedo llevar la charla hacia la impronta lyncheana de su película, o hacia su Moriarty, Gore Vidal, a quien al menos leí, o al periplo de su nombre -de Nachem Malech y Norman Kingsle a Norman a secas, pero siempre Mailer- o incluso al drama de sus párpados inferiores. Lo único seguro es que no voy a volver a esquivar el bulto con insinuaciones de muchacha woke.