Cuatro lecturas y un lector
En un tramo de Nombres, su reciente recopilación de ensayos, Juan José Becerra lee, consecutivamente, a Juan José Saer, a César Aira, a Fogwill y a Ricardo Piglia: son cuatro de los treinta y cinco textos que componen el volumen (textos dedicados mayormente a escritores, aunque hay también por caso uno dedicado a Marilyn Monroe, otro a los récords Guiness, otro a los alfajores Havanna, otro a Gena Rowlands). Becerra lee a Saer, a Aira, a Fogwill, a Piglia, uno tras otro, uno a continuación del otro, y no a uno excluyendo a otro, no a uno contra otro. Le interesan, y los lee. Dice de Saer: “Toda la literatura de Saer es una lucha por acercarse a la realidad material que se aleja”; y dice en otro momento: “La forma actuando contra aquello que la desborda”. En Aira detecta y destaca, amén de algunas referencias artísticas de otra índole, lo que define como “la cuestión pueblerina”, esto es, lo que su literatura le debe a Coronel Pringles, que es a la vez lo que lo emparenta con lo que Manuel Puig le debe a General Villegas (las ciudades del oeste de la provincia de Buenos Aires, dice Becerra, que es de Junín). De Fogwill, no sin antes valerse de que por fin sus libros “descansan de su autor”, dice que es “el novelista del interior de las cosas”, el que sabe “de qué están hechas las cosas”. Sobre Piglia, o sobre la figura de Piglia/Renzi en el primer tomo de Los diarios de Emilio Renzi, ensaya este retrato: “Pensar como proletario, vivir como lumpen, leer como un enfermo, escribir como un artista”.
Becerra lee sucesivamente esas literaturas, ilumina enfoques posibles, detecta rasgos específicos, abre el juego de los textos en sus contrastes, en sus diferencias, y eventualmente en sus afinidades. ¿No sabe acaso de las antinomias por las cuales esos escritores cada tanto se sacaban chispas? Lo sabe, sí, y hasta alude a algunas de ellas. Pero no por eso las asume. Tal vez porque el primer texto de Nombres está dedicado a Muhammad Ali y a sus cruces con Joe Frazier, y puede que eso contribuya a situar la lógica pugilística ahí donde mejor cabe, en un mundo de tipos duros de veras que al final se van a las piñas. Las disputas entre escritores, incluso si derivaron en enconos personales, cobran una significación literaria cuando es lucha de poéticas, alianzas o choques de poéticas, dirimidas en definitiva en el escribir y el leer: no hace falta retomarlas como enconos personales. ¿Qué sentido tiene, por lo demás, asumir el rencor personal de otro? ¿Cómo hacerlo sin sobreactuarlo, para paliar su carácter impropio? ¿Cómo hacerlo sin que el enrosque de cada cual, su inquina hacia este o aquel otro, se imposte al ser ejercido por un legatario al que nadie legó nada? Ni lecturas sucesivas, ni lecturas en disputa: bravatas de fans enardecidos, libradas a cadenazos verbales, en el tosco estilo de un hincha sacado.
Por suerte los textos siguen ahí: los de Saer, los de Aira, los de Fogwill, los de Piglia. Y por suerte se vuelve a ellos en textos como los de Becerra.