poemas

El desertor

Donald Trump. Subió una imagen donde se autoproclamaba rey. Foto: captura de pantalla

La tarde de un sábado del mes de abril de 1982 estaba en una esquina de Rosario conversando con mis amigos. De repente, el paso lento de un camión militar nos silenció. El vehículo subió por la calle de mi casa y justo allí se detuvo en sintonía con mi respiración. Alguien abrió la puerta ante el soldado que había tocado el timbre y me di cuenta de que era mi padre solo cuando salió a la calle para señalar otra casa. Vimos, entonces, avanzar al soldado a pie mientras el camión lo seguía sin adelantarlo. Se detuvieron delante de otra puerta y fuimos testigos de cómo se llevaban, esa tarde, a otro muchacho de nuestra edad que aún no conocíamos porque acababa de llegar al barrio. 

A lo largo de esa secuencia, perenne según pasan los años, me convertí en un desertor.

Leyendo Soldados del poeta platense Gustavo Caso Rosendi, entiendo de algún modo esta contradicción. Escribe: ¿Pero acaso nosotros / no veníamos del país de / las picanas sobre panzas / embarazadas? / ¿Quién le tenía que tener miedo / a quién? [Gurkas]

Habíamos visto al canciller Nicanor Costa Méndez abrazarse con Fidel Castro en un país en el que se contaba que alguien fue preso por llevar un ejemplar de La cuba electrolítica; asistíamos, durante el conflicto en sordina, a la anglofilia de los integrantes civiles de los diferentes gabinetes de la dictadura militar; sabíamos de los intereses económicos del propio canciller con los británicos. El pánico lo repartíamos entre los dos frentes.

Es el atardecer y en la única radio / de las islas están pasando Let it be / Bebemos y reímos / porque mientras en el continente / lo único que explota es el rock nacional / y Charly pide que no bombardeen Buenos Aires / ¡aquí los milicos pasan The Beatles! [Momentos]

En la piel de este poema está el mismo temblor que produce el recuerdo de la trova rosarina fulgir, de la noche a la mañana, por todas partes. Baglietto cantaba Era en abril, la canción de Fandermole, a toda hora, en cualquier radio del país. Aún no sabíamos que era el mismo abril que menciona Eliot en otro poema en el que lo convierte en el mes más cruel. La guerra era un oxímoron. 

Adorno insistió en que no se puede escribir poesía después de Auschwitz. ¿Se puede? ¿Qué es lo que se lee en las cartas que iban acompañadas con un chocolate y aparecieron muchos meses después de terminada la guerra sin que hubieran sido entregadas en su día a los soldados que estaban en las islas?

Los poemas de Caso Rosendi llegan a mis manos casi al mismo tiempo en el que escucho que el gobierno de Donald Trump podría retirar su apoyo al Reino Unido y favorecer la posición argentina en el conflicto de las islas (“Position on Falkland Islands could be ​reconsidered”, apunta la agencia Reuters). No le faltó tiempo a Javier Milei, tras saber esto, para reafirmar en su cuenta de X la soberanía de las islas y firmar con el acrónimo de siempre, más apropiado en las paredes de un baño público que en la cuenta oficial de un mandatario. Después de todo, es el gesto bruto de un epígono de Trump quien, hace unos meses, subió una imagen en la que se autoproclamaba rey y lanzaba heces sobre un grupo de manifestantes. 

Aguardaba Caronte / en su bote inmundo / Mientras la Libertad rostro tiznado / gorro frigio ensangrentado / besaba a un soldado moribundo [Despedida]

Sigo siendo un desertor del olvido.

Rara vez mi amigo Bigote Acosta dejaba de incluir en la lista de temas musicales de sus programas de radio El desertor (Le déserteur) de Boris Vian en la versión de Serge Reggiani. “Señor presidente”, canta Reggiani, “si me persigue, avise a sus gendarmes que voy armado y que sé disparar”. 

*Escritor y periodista.