El último de una especie
Ta vez Aristarain haya sido nuestro único cineasta cinéfilo, por lo menos cuando la distinción todavía contaba.
Por lo que recuerdo, a Aristarain le gustaba el whisky y no tomaba mate ni vino. Era parte de su protesta contra las imposiciones del ser nacional y había quienes lo acusaban de cipayo por esas preferencias. Adolfo era un nativo de Parque Chas que se decía anarquista y como tal abominaba tanto de las fronteras como de las empresas multinacionales. Nunca le dio por agitar la bandera, pero en sus películas el mal absoluto estaba encarnado por la alegórica Tulsaco. En realidad, era un fordiano de izquierda. Conocí a otros. Por ejemplo, a Jean Roy, crítico de L’Humanité, el diario del Partido Comunista Francés. Y a Peter von Bagh, cineasta, curador y mejor amigo de Aki Kaurismaki. Ambos murieron en estos años y tal vez la especie estuviera en extinción.
Aristarain practicaba la variante criolla de la cinefilia, un credo transversal a todas las ideologías, ya que un cinéfilo podía ser comunista o clerical, incluso peronista. Ser cinéfilo en la Argentina era equivalente a sostener que el cine del Hollywood clásico era muy superior al europeo que se consideraba más elevado entre las personas con educación universitaria. No solo más entretenido ni más espectacular, sino mejor estética y moralmente. En el fondo se trataba de un debate dentro del campo de la ilustración. Y Aristarain era un ilustrado, como Ford.
Ta vez Aristarain haya sido nuestro único cineasta cinéfilo, por lo menos cuando la distinción todavía contaba y hasta se podía fundar una revista a partir de ella, una revista que lo tuviera en la tapa en dos de los primeros cuatro números porque a sus redactores les gustaba su cinefilia y les gustaban sus películas. Esas películas de su primera época, tres noirs muy oscuros como La parte del león, Tiempo de revancha (acaso su mejor film) y Últimos días de la víctima; dos películas de encargo para una discográfica (La playa del amor, La discoteca del amor); un western con la épica dañada (Un lugar en el mundo) fueron eslabones en el proyecto de Aristarain de convertirse en un director clásico, diestro, talentoso, inspirado para escribir y para dirigir actores, alguien que podía alternar su películas más personales con encargos que también tuvieran su sello. Entre ellos, la miniserie sobre Pepe Carvalho, donde mejoró las novelas originales de Vázquez Montalbán, sustituyó la glotonería por el erotismo y se negó a quemar libros como hacía el personaje original (dijimos que Aristarain era un ilustrado).
Pero las cosas se complicaron. Paradójicamente, Aristarain ayudó a formular e impulsar la ley de cine pero no se benefició de ella. Sus últimas películas, hechas con capitales españoles, se volvieron intimistas, como si hubiera renunciado a que su cine resonara con la época. La última de ellas, Roma, fue la autobiografía más emotiva que haya dado el cine argentino. Después pasó sus últimos veintidós años sin filmar. Y fue una lástima. Dejó una obra que, aunque a veces se da por sentada, sigue reclamando una interpretación que explique sus zonas de oscuridad. También dejó un recuerdo caluroso entre quienes lo tratamos. No hay muchos cineastas que tengan una idea del cine y una idea del mundo. Hay menos todavía que la tengan pero se la guarden para ellos. No sé si entendimos bien quién era Aristarain. No sé si él lo entendía del todo. Pero lo quisimos como a nadie.
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