En femenino
Ganó Anne Carson, Eros le ganó a Tanatos. El flamante Premio Nobel fue tomado por sorpresa, la bombardearon de preguntas, y ella simplemente dijo: “No tengo respuestas, vine a escuchar al viento en Islandia”. Su gracia es única, se pasea por los bordes de los géneros, habla en poesía.
Pero debo seguir con mi tarea comenzada el sábado pasado: la cebolla Don Quijote, sus capas y capas narrativas. Nos habíamos quedado en el capítulo IX, cuando el personaje del “segundo autor” no sabe cómo seguir escribiendo la historia y encuentra en una feria la continuación de Don Quijote, escrita en árabe por Cide Hamete. Un joven moro que la está leyendo a carcajadas ofrece traducírselo, y así nosotros podemos continuar la historia que el “segundo autor” amablemente seguirá contando. No voy a referir aquí las aventuras entretenidas y risueñas de esta novela. Me limito a las capas de la cebolla.
Dando un salto, voy al Don Quijote aparecido en 1615, un año antes de la muerte de Cervantes (y de Shakespeare, siempre es insólito pensarlo). Esta segunda parte es una magnífica y jocosa respuesta al Don Quijote apócrifo que se publicó en 1614, firmado por un tal Avellaneda. En lugar de cuestionar legalmente su publicación, Cervantes redobló la apuesta y en su segunda parte hace ingresar al Bachiller Sansón Carrasco, que desea conocer a Don Quijote porque ha leído sus aventuras. Este personaje “lector” del Quijote de 1605 funciona como legitimador del original. Y así, a lo largo de cuantiosas páginas, irán apareciendo lectores del primer Quijote, incluso algunos que han leído al apócrifo, y el propio Don Quijote les refuta esa versión; también Sancho, alegando “yo no soy como en esas páginas se me describe”. El juego con el apócrifo continúa hasta el final, cuando Altisidora, en la antesala del infierno, presencia un partido de pelota entre los diablos, que en realidad patean libros, sobre todo, el apócrifo de Don Quijote que terminan destruyendo.
Para el final de esta nota, dejo la última capa, inesperada y emotiva. La pluma terminará de contar la historia, revelándonos el secreto de su escritura: “Para mí sola nació don Quijote y yo para él; él supo obrar y yo escribir”. Concluye, en femenino.
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