Estado, poder, fútbol y Malvinas
El último torneo de fútbol abrió debates impensados sobre cuestiones tan esenciales como el racismo a la soberanía nacional. Políticos y futbolistas emitieron mensajes claros, que siguen resonando.
Dejo para los políticos, sociólogos y politólogos el análisis serio de las posibles consecuencias del actual contexto internacional, que lo aprecio multipolar en lo político y militar, con una inestabilidad creciente, con serios conflictos armados, crisis sociales, problemas migratorios y económicos, entre otros. Ello guarda una relación directa con los conceptos de Estado y Poder.
Según algunas fuentes, el rey Luis XIV de Francia (conocido como el Rey Sol) dijo en 1655 “el Estado soy yo”. Podría ser apócrifa, pero es una excelente metáfora, aún hoy, para atribuir a regímenes absolutistas o pseudo democráticos gobernados por personas que no respetan elementales restricciones institucionales; la palabra proviene del latín Status, pero después del uso que le diera Maquiavelo se ha consagrado para designar a organizaciones políticas supremas. Significa orden o situación, y constituye una realidad territorial y humana. En extrema síntesis, sus elementos constitutivos son: el Territorio, la Población y el Poder (soberanía), algunos afirman que este último es el que brinda la noción esencial de la sociedad política.
El Poder no es como históricamente lo concibieron –y conciben– algunos dirigentes: una organización subordinada a otros valores. Aún hoy continúa siendo una obra de referencia inexcusable para el correcto entendimiento de la crisis de la democracia. Puede ser fuerza o coacción, y sirve para hacer frente a situaciones extraordinarias, pero en ningún caso estará en condiciones de convertirse en su principio estructural. Para el italiano Guglielmo Ferrero: “El poder para sobrevivir necesita de algo más que la fuerza, bastante más que la violencia, de mucho más que la coacción. Precisa del asentimiento, de la obediencia libremente prestada, de los llamados a obedecer (…) Poder no significa seguridad. El Poder se teme a sí mismo constantemente; tanto como despierta el temor de otros, y su titular está condenado a vivir en un estado de constante temor y recelo”.
Con relación a lo expresado y al Campeonato Mundial de Fútbol recientemente finalizado, ha sido notorio el accionar en varios países -y en el nuestro- de sectores políticos y no políticos impredecibles, caracterizados por una rigidez patológica y fanática. Es conocido que en todos los Estados existieron y existen grupos de presión y grupos de interés. El primero es el conjunto de personas interrelacionadas que para servir un interés material o ideológico actúan directa o indirectamente, principalmente ante la opinión pública, sobre los titulares de los órganos del Estado para que sus decisiones favorezcan el mencionado interés, y ello, no obstante no estar previsto en el ordenamiento legal, es una forma de injerencia en el poder del Estado. El segundo es el conjunto de individuos que posee en común algunos caracteres (una misma actividad, un credo religioso, un mismo origen nacional, la residencia en una misma zona, etc.). El escritor francés Jean Meynaud, dice “que los grupos de interés se transforman en grupos de presión solo a partir del momento en que los responsables actúan sobre el mecanismo gubernamental para imponer sus aspiraciones o reivindicaciones”. No hemos sido ni somos ajenos al accionar de ambos, ni a los políticos de países que los valoran y apoyan.
Me sorprendió que en el certamen citado algunos se refirieron a la Argentina como país racista. Conocidos teólogos: el rabino Daniel Goldman y el sacerdote Guillermo Marcó, y el islámico Omar Abboud, expresaron que ello “era desconocer nuestra trayectoria histórica y la idiosincrasia que de ella se desprende, no existe ni existió ninguna forma de racismo: judeofobia, cristianofobia, islamofobia, color de la piel, xenofobia, y cualquier otra forma de discriminación”. No somos racistas; sin desconocer que hayan existido o existan algunas manifestaciones de este tipo en nuestra sociedad, coincido con lo dicho por los reconocidos teólogos. Recuerdo que después del Mundial de Fútbol de 1966 en Londres, durante décadas a la selección argentina fanáticos ingleses los recibían con el término de animals (animales).
La Cuestión Malvinas no estuvo ausente en el partido Argentina-Inglaterra en Atlanta (EE.UU.) el 15 de julio. A su término un desconocido joven argentino entregó a nuestra selección una sábana de hotel con la inscripción, con pintura comprada por él, que decía: “LAS MALVINAS SON ARGENTINAS”. Fue exhibida y vista por millones y millones en los cinco continentes, que tomaron conocimiento de unas islas incuestionablemente nuestras desde el punto de vista histórico, geográfico y jurídico. A veces me pregunto si nuestra dirigencia política –pasada y actual– recuerda la Resolución 2065 de la Organización de las Naciones Unidas de diciembre de 1965, basada en el Alegato del embajador José María Ruda de diciembre del año anterior, siendo presidente de la República el doctor Arturo Illia, y que fue aprobada sin ningún voto en contra; único caso en la historia hasta el presente. El informe Ruda y la sábana de la selección argentina hicieron más por difundir la Cuestión Malvinas que decenas de resoluciones cuyo valor —hasta ahora— ha sido más inútil que un libro de quejas. Curiosamente, algunos políticos devenidos en “malvineros”, incursionaron en la palabra soberanía, pero respetuosamente les recuerdo que nuestra soberanía se pierde cuando perdemos la capacidad de decisión, cediendo en el contexto político, diplomático, económico, moral y de defensa disuasiva.
El Mundial de fútbol pasó, pero recuerdo que Lionel Scaloni y Leo Messi escribieron páginas de gloria en el deporte argentino y nos regalaron el valor de la esperanza, la entrega y la resiliencia. No es un dato menor señalar que siempre se marginaron de la contaminación político-ideológica. Lograron con el seleccionado algo difícil e imprescindible: la cohesión; que en síntesis es la acción y el resultado de compartir un ideal común entre los integrantes de una organización, pero exige capacidad (incluso psíquica), confianza, respeto mutuo y tiempo para lograrlo. Si la cohesión es puramente externa, fracasará en el momento decisivo y bajo la presión de acontecimientos imprevistos.
Conocí a Messi en Colombia. Para mí es el mejor jugador de todos los tiempos. Es un líder, una leyenda, modesto y poseedor de altos valores morales y religiosos. Y para un líder lo más lindo no es el final, es el camino, y Messi logró los dos.
*Exjefe del Ejército Argentino. Veterano de la Guerra de Malvinas y exembajador en Colombia y Costa Rica.
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