El análisis de la política y de las campañas electorales no puede reducirse a cada detalle para elucubrar si algo hizo subir o bajar a un candidato algunos puntos. Las encuestas que se publican afirmando que Milei ganó o perdió las elecciones del próximo año son un disparate.
Lo único que podemos hacer son especulaciones basadas en elementos que tenemos sobre la mesa y en los síntomas de lo que varios autores llaman «tormentas»: un conjunto de eventos que pueden desencadenar una crisis o una ola imparable de éxitos.
Vivimos en una realidad que construimos, en la que todo está hiperconectado. El análisis político tradicional se quedó corto porque, paradójicamente, mientras los temas estrictamente políticos perdían peso, absolutamente todo se volvió político. Hoy nadie se sienta a leer un programa de gobierno ni se quiere saber si el candidato se define de izquierda o de derecha, pero todo puede venirse abajo en un segundo si aparece en el scroll del celular pateando un perro. Por eso, para medir el impacto real de cualquier hecho sobre una candidatura se necesita una visión holística. Hay que mirar la película completa y todo el contexto, no solo la foto del evento.
Para comprender los efectos de las palabras de Milei durante el lanzamiento de la campaña presidencial de Flávio Bolsonaro en Brasil, hay que analizarlas a la luz de la realidad actual. En momentos así, vale la pena desempolvar la célebre Navaja de Ockham, aquel principio formulado por un monje medieval que terminó siendo uno de los pilares del pensamiento científico moderno. Guillermo de Ockham dijo: entre varias teorías que intentan explicar un mismo fenómeno, hay que escoger la más sencilla. Las teorías conspirativas que inundan las redes sociales resultan demasiado rebuscadas y alejadas del sentido común.
Para entender el impacto del discurso de Milei, repasemos un par de verdades elementales. En casi cualquier lugar del mundo, la mayoría de la gente habla mal de su propio país y de sus dirigentes. Pero si un mandatario extranjero repite los mismos insultos, la reacción es de enojo inmediato. Psicólogos y antropólogos tendrán mil explicaciones técnicas sobre cómo defendemos nuestras identidades, pero el hecho es ese y es tajante.A esto se suma que entre Argentina y Brasil existe, lamentablemente, una rivalidad que enciende pasiones ante el menor cruce.Hacer campaña para los militantes que ya están convencidos es peligroso: no suma votos. Cuanto más estridente y agresivo sea el ataque contra el rival, más se entusiasman, aplauden y gritan los fanáticos presentes en el acto. Los candidatos, viendo a sus incondicionales eufóricos, creen que “el pueblo” está feliz. La realidad es muy distinta: una campaña no avanza porque los incondicionales bailan, sino cuando los que no votaban por ese candidato deciden darle su voto.
Tras el Mundial se desató una ola antiargentina que nos acusó injustamente de racistas. Se olvida rápido que muy pocos países latinoamericanos han tenido como presidente a un musulmán sunita, como fue el caso de Carlos Menem. O que al posesionarse los ministros del gabinete de Mauricio Macri, hubo católicos jurando sobre los Evangelios, judíos sobre la Torá y agnósticos por su honor. Pese a todo esto, se terminó vendiendo la narrativa de que Argentina es un país racista.Para colmo, en los últimos meses se procesó en Brasil a varios argentinos por actos racistas, en un país especialmente sensible a esta discriminación. Hubo burlas hacia personas de color, asimilaciones con simios y provocaciones que causaron indignación y terminaron con los responsables en la cárcel. Todo esto fue muy difundido en un mundo hiperconectado en el que cada hecho influye en los demás. No era el momento en que el apoyo abierto de un mandatario argentino fuera a ayudar a un candidato brasileño.
En estas elecciones se enfrentan dos esquemas: por un lado, Luiz Inácio Lula da Silva lidera una coalición muy amplia en la que conviven partidos de todas las tendencias, incluidos antiguos de sus rivales históricos. Su campaña transmite un mensaje optimista que invita a soñar con un Brasil mejor, rescatando una versión renovada de aquel histórico «Lula lá» que sembraba la esperanza de que la vida mejoraría una vez que Lula llegara a Brasilia.Esa unión de fuerzas genera la idea de que “somos muchos” y evoca la vieja frase de la reconquista española: “Vinieron los sarracenos y nos molieron a palos; que Dios ayuda a los malos cuando son más que los buenos”.
Del otro lado, Bolsonaro luce solo, sin el respaldo de ningún partido, sin alianzas; un esquema frecuente entre los nuevos outsiders. El tono violento del discurso de Milei no hace más que reforzar esa imagen sectaria. Resulta curioso cómo en el Brasil de hoy el optimismo y el respeto por las instituciones democráticas quedaron asociados al candidato de izquierda, mientras que el discurso descalificador y negativo es el de la extrema derecha, cuyo máximo líder está en la cárcel por haber intentado acabar con la democracia.
*Profesor de la GWU. Miembro del Club Político Argentino.