Estar a tiempo
Tardé, tardé, tardé, pero al final conseguí y leí El cuervo blanco, de Fernando Vallejo, biografía de Rufino José Cuervo.
Tardé, tardé, tardé, pero al final conseguí y leí El cuervo blanco, de Fernando Vallejo, biografía de Rufino José Cuervo, publicada hace años por Alfaguara, pero casi sin circulación por acá. Por supuesto, antes había leído las otras dos biografías que escribió Vallejo, ambas extraordinarias: El mensajero, sobre Porfirio Barba Jacob, y Almas en pena chapolas negras, sobre José Asunción Silva. Recuerdo ahora un artículo de Serra Bradford en el que describe el estilo de Vallejo como biógrafo: “Vallejo creó una figura paralela, encantadora: el biógrafo cascarrabias. Tres biografías escribió y se puede decir que Vallejo ha reinventado el género, llevándolo al territorio del monólogo interior, o del soliloquio”. Pocas definiciones mejores. Antes de leer El mensajero, había leído con poco interés una novela de él –El desbarrancadero– y ya con mucho menos entusiasmo otros libros de ficción. Y, por supuesto, aún mucho menos entusiasmo me genera su figura pública, su “imagen de escritor”, como se dice ahora, especie de provocador profesional de poca monta, el empleado del mes del épater le bourgeois… (por cierto: escribo muy poco sobre la construcción de la figura pública de los escritores. Gran déficit mío, en estos tiempos de redes donde la imagen prima y los textos se van volviendo cada vez más irrelevantes). Y entonces, leí El mensajero e inmediatamente comprendí que ése era el Vallejo que valía la pena leer, que estaba en presencia de un libro mayor, de algo novedoso, radical, algo que, como menciona Serra Bradford, se acercaba mucho a la “reinvención de un género”. Como biógrafo, Vallejo se instala en el otro extremo de la minuciosidad de los mejores biógrafos anglosajones. Por dar un ejemplo, estos tres: el James Joyce de Richard Ellman (al que le sumaría un libro menor, pero encantador, también de Ellman: Cuatro dublineses), el Henry James de Leon Edel (al que le agregaría, también, otro libro menor, pero nuevamente encantador: Vidas ajenas), y The Life of Ivy Compton Burnett, de Hilary Spurling, seguramente menos conocida que los dos anteriores, pero de un nivel de precisión y exhaustividad que abruma. Es que precisamente lo que Vallejo nos ahorra es la precisión y la exhaustividad, para reemplazarlo por una posición de narrador subjetivo que descree, o más aún, discute con el narrador impasible, lejano, archivista propio de la tradición de la biográfica anglosajona. Vallejo muestra todo el tiempo el artificio, el truco, la impostura, el simulacro, la metaficción biográfica. En ese viejo artículo, Serra Bradford curiosamente –o no tanto–, coloca a las biografías de Vallejo bajo una tradición inaugurada por A.J.A. Symons con En busca del Barón Corvo (que leí hace mucho tiempo en una linda edición de Seix Barral). Es decir, en la tradición inglesa de la excentricidad, la desmesura, la homosexualidad, y el odio al nacionalismo. Hay allí una pista de lectura que no deja de ser interesante. O casi un deseo: convencer a Vallejo que abandone, por una vez, las biografías sobre autores latinoamericanos, y se centre en autores ingleses de principios de siglo XX como el propio Baron Corvo, o mejor, sobre un contemporáneo de Corvo, pero mucho mejor escritor: Ronald Firbank, autor de novelas perfectas como La flor pisoteada. Creo que Vallejo está por cumplir 81 años. Todavía está a tiempo.
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