La comedia humana
Se levanta con los primeros gallos, apenas el sol se asoma entre los árboles. Se mete en su gimnasio de campaña y hace bicicleta durante media hora. Después, calistenias en la colchoneta. Desayuna. Visita la huerta, para controlar que las plagas no hayan avanzado contra las barreras que ha levantado. Controla el progreso de las patatas, las cebollas, las lechugas, los tomates y los pimientos.
Riega los almácigos repletos de plántulas con flores. Se instala en su oficina y hace correr los programas que purgan el sistema de equilibrio climático hogareño y la provisión de energía eólica. Mientras tanto, toma baños de luz ultravioleta con la lámpara especialmente destinada a ese propósito y se conecta a sus redes para rolear con alguno de sus tres avatares.
Uno es un chico de 20 años que juega al fútbol y estudia diseño digital, otro es un hombre de 32 años, musculoso y velludo, que tiene un hijo de 4 años, producto de un pacto de reproducción y crianza con una amiga lesbiana, el tercero (el más parecido a él) es un muchacho de 29 años que está casi siempre fumado y, por lo tanto, afectiva y sexualmente vulnerable. Elige el avatar según con quien quiera encontrarse. Por ejemplo, el fumado tiene un amigo de 35 años que vive en Canadá y que se dice “burócrata del gobierno federal en políticas públicas... Políticas de salud... específicamente para ubicaciones remotas y rurales. E investigación en la universidad”. Tiene un hermano gemelo y, a veces, una novia y tres hijos que “pusieron a su cargo”. Cuando el canadiense se ausenta por trabajo, no le conviene conectarse con ese usuario porque sabe que perderá el tiempo sin ninguno de los beneficios a los que su amigo lo tiene acostumbrado. El de 32 años suele hablar por las mañanas (y sólo por las mañanas) con un granjero que tiene fascinación por la ganadería y que lo trata, alternativamente, como un toro o una vaca, pero siempre dispuesto a ejercer su derecho al ordeñe. El chico de 20 años es el más relegado. Un poco porque lo fastidia el modo en que lo atacan para convencerlo de que ceda (no se sabe bien a qué) y otro poco porque lo obliga a desarrollar una personalidad “hyper” que lo cansa a él más que a sus interlocutores.
Una vez transcurrido ese intervalo recreativo empieza su trabajo, que involucra gestiones de programación y escritura a destajo para los sitios donde sus historias se publican y por las que los lectores pagan una pequeña cuota mensual, que le sirve para encarar los arreglos de su refugio y mantener los filtros de oxígeno en buen estado.
Toma un almuerzo ligero y descansa una hora (probablemente vea las noticias). Recorre su hábitat y examina su integridad estructural. A veces tiene que reparar algo o cambiar algunas lámparas quemadas. A veces tiene que llamar a personal especializado, en relación con asuntos que no puede resolver por sí mismo. A las seis de la tarde corta toda actividad y se sienta a tomar un whisky, a veces mirando el fuego, a veces mirando la lluvia ácida que gotea lentamente del cielo. Habla, si acaso alguien le contesta, con sus pocas amigas y sus pocos familiares.
Calienta la comida que ha preparado previamente (dedica una tarde, una vez por semana, a esos menesteres) o descongela alguna porquería comprada en la proveeduría.
Después de comer, nunca lava los platos y se va a leer la Divina Comedia o a mirar una película. Antes de medianoche seguramente estará dormido.
Periódicamente, realiza las visitas médicas obligatorias, y compra los medicamentos que le han prescrito. A veces piensa en las conversaciones que tendrá al día siguiente. Cuando vea a su amigo canadiense piensa preguntarle cómo puede estar seguro de no haber estado chateando con alguien que conoce con otra máscara, otro avatar. Él, efectivamente, lo ha encarado con sus otros dos avatares, sin aclararle la circunstancia. El canadiense ha sido, en esas conversaciones, alguien más ocupado en los problemas migratorios que los sanitarios.
Dejando de lado algunas circunstancias y cláusulas meramente técnicas esta vida puede corresponderse tanto con un futuro inmediato, hacia mediados del siglo XXI, o con un pasado remoto, como el Cuatrocento o el Siglo XIX.
A las fantasías apocalípticas en relación con el fin de lo humano puede oponerse la (a lo mejor triste, a lo mejor no) certeza de que es difícil que desaparezcan los hábitos y rituales que, durante siglos, han caracterizado el desenvolvimiento cotidiano y han dado formas a los terrores y las esperanzas de las personas. Lo mismo puede decirse del conjunto de lecturas bajo cuyo largo influjo todavía seguimos. Si elegí la Divina Comedia y no la Odisea, es por la extraordinaria película de Julian Schnabel In the Hand of Dante (2025).
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