Para contar la historia de Carlos Fermín Fitzcarrald, el desmesurado hombre que se dedicó al comercio del caucho en Perú, Werner Herzog decidió emular a su personaje. A la megalomanía del rey del caucho, Herzog le sobreimprime su propia odisea. Básicamente, hacer lo mismo para el rodaje: sin recurrir a efectos especiales y desafiando toda lógica física, se propuso arrastrar un barco a vapor de 320 toneladas cuesta arriba por la Amazonia.

Luego de varios días de navegación llegaron al lugar por el que atravesarían la selva montañosa con el barco a cuestas para continuar el viaje. Dos meses le tomó a Fitzcarrald llegar al otro lado, luego de subir casi 500 metros y perder centenares de hombres. Para Herzog, el calvario fue parecido, pero sumó las ramaladas de odio de Klaus Kinski.

Eso se ve en la serie de imágenes que realizó el suizo Beat Presser para la película. Este incansable fotógrafo, nacido en Basilea en 1952, tras deambular por París y Nueva York, trabajando como camarógrafo, y fundador de The Village Cry, una revista de vanguardia de los años 70, el azar y su fascinación por el Nuevo Cine Alemán lo cruzaron con Herzog. El puente definitivo hacia el Amazonas se tendió en la escala de un aeropuerto en Miami, donde un seco y lacónico saludo del director dio paso a un viaje en un mutismo absoluto: un preludio silencioso y premonitorio de la hipnosis colectiva que los aguardaba en el rodaje.

Sus encuadres en blanco y negro capturan no solo la inmensidad de la selva devorando la ambición humana, sino también el cansancio físico y mental de un equipo al borde de la extenuación.