Enterarse de la muerte en las redes. Es raro, como si no avisara. Y pasara de largo. Hay que detenerla, advertir de quién se trata, cuándo fue, y entonces sí, llegan las imágenes unas detrás de otras, confirmando la noticia, apurando la evocación, un breve permiso para la tristeza.

Así supe tardíamente de la muerte de Ana Eckell (30 de octubre 1947-20 de octubre 2026). Me entristecí. Su mirada aguda y alegre iluminó un pasado fuera de serie, en galerías ya inexistentes.

Recordé su risa pícara, la mirada trasparente, su genio escondido. Enseguida los personajes de sus cuadros tomaron la posta, se llevaron la ausencia a otra parte y comenzaron a poblar mi casa y mi mente con la vivacidad de sus colores eléctricos, jocosos, críticos. Escuché el llamado y me dispuse a verlos.

En las pinturas de Ana Eckell no siempre se ve lo que hay. Esencialmente se ve lo que aparece. Como si uno presenciara el momento en que las figuras salen del fondo. Asoman tigres, mujeres, volantes, rodillas quebradas, pies engarzados, columnas, nidos, columpios, rampas, hojas, cilindros, danzas coitos, batallas, nados, camas, aljibes, cubos.  Un día, ella me dijo: “no trabajo temáticamente, converso con la tela”.

La intimidad de lo real se trasluce en lo que arranca; sus pinceladas que son zarpazos. De golpe estamos en un paisaje desconocido, tan primitivo como moderno, la artista nos lo brinda, porque en los cuadros se enmarca lo que de la vida se desprende.

Su muerte me sorprendió mirando uno de sus cuadros: las figuras monótonas que andan por lo bajo, en el medio un cubo modifica el espacio, y por encima nadando unos cuerpos gozosos de cabellos encendidos; todos sobre un fondo celeste, mismo cielo para vidas tan distintas.

Fue extraño volver a ver el cuadro al enterarme de la muerte de Ana; como si confirmara en ese mismo momento lo que no puede morirse.  

¿Será por eso que describo el cuadro en tiempo presente? ¿De qué otra manera? Lo que ves, está viéndote. Ana conversaba con la tela y ahora yo converso con ella.