La posdemocracia, entre farsa y fingimiento
El cartel del verdulero de Havel explica cómo el poder sostiene su legitimidad sin creyentes, solo lo hace con actores.
En 1978, Václav Havel, el último presidente de Checoslovaquia y primer mandatario de la República Checa, escribió El poder de los sin poder, un ensayo que intenta comprender la raíz profunda de las formas de dominación: aquella en la que el poder consigue que los individuos colaboren cotidianamente con su propia subordinación. Havel llamó a ese orden “postotalitario” ya que el totalitarismo había adquirido, según él, una forma diferente de funcionamiento.
En una dictadura clásica, el poder ordena, prohíbe, castiga. En el sistema que Havel analiza, en cambio, el mando necesita producir una apariencia de legitimidad. Necesita que eso que es impuesto aparezca como aquello que todos desean. El sistema postotalitario, mientras tiende al pluralismo, exige uniformidad y disciplina.
Para analizar su estructura trae el ejemplo de un comerciante de barrio, un verdulero, a fines de los años setenta en su Checoslovaquia natal. El hombre coloca en su vidriera, entre las cebollas y las zanahorias, un cartel que reza: “¡Proletarios de todos los países, uníos!”.
Havel se pregunta qué significa realmente ese gesto. El comerciante, probablemente, no esté pensando en la unidad del proletariado. Lo coloca porque todos lo hacen, porque corresponde hacerlo, porque retirarlo podría traerle consecuencias.
El verdadero mensaje que tendría el cartel para sí mismo y para el Estado sería: Sé cómo comportarme; no voy a perturbar el orden. El poder necesita que la mentira sea representada por quienes no necesariamente creen en ella. El sistema no exige que todos sean creyentes. Le basta con que todos actúen como si lo fueran. Esta distinción entre creer y comportarse como si se creyera resulta fértil para pensar la política contemporánea.
El lenguaje deja de describir el mundo y comienza a producir una especie de pseudorrealidad. Una persona puede saber que una afirmación es falsa y, sin embargo, organizar su vida alrededor de ella. Puede no creer, pero participar. Puede descreer en privado y obedecer en público. Y el sistema se sostiene precisamente en esa escisión.
El verdulero no necesita organizar una insurrección, ni siquiera necesita pronunciar un gran discurso. Basta con que un día retire el cartel. Ese hombre que retira el cartel no derriba el sistema. Hace visible que el cartel podía retirarse. El primer ministro canadiense Mark Carney recuperó esta escena de Havel en su discurso de Davos de enero del año 2026. Allí habló de la necesidad de abandonar el fingimiento.
Una de las formas del engaño es aquella que consiste en conservar las palabras cuando aquello que nombraban los términos ha comenzado a desaparecer. El fingimiento no consiste entonces en afirmar algo que es falso. Es algo más sofisticado, consiste en sostener simultáneamente dos realidades. Seguimos diciendo democracia. Seguimos votando, seguimos hablando de representación, de ciudadanía, de voluntad popular. El Parlamento continúa allí, con sus bancas, sus reglamentos, sus sesiones. La palabra soberanía permanece inscrita en el vocabulario jurídico y político, como si el Estado conservara intacta la capacidad de decidir sobre aquello que ocurre dentro de sus fronteras. Sin embargo, las condiciones materiales de esa decisión se han desplazado hacia redes financieras, tecnológicas, militares y algorítmicas que desbordan la arquitectura territorial sobre la que fue pensado el Estado moderno.
La palabra permanece. Y esa permanencia tranquiliza.
Es el problema del cartel de Havel. El verdulero coloca el cartel porque el cartel debe estar allí. La nota escrita a mano parece decir: aquí existe una creencia compartida.
Una comunidad política necesita imaginar que todavía puede decir, nosotros decidimos. La palabra preserva una imagen de autonomía aun cuando la potestad se haya vuelto parcial y condicionada.
La farsa política y el fingimiento ciudadano no son dos fenómenos separados. Se necesitan. Uno produce la escena; el otro consiente en habitarla. Uno exagera, teatraliza, contradice, provoca; el otro observa, comenta, rechaza o adhiere, pero continúa participando del dispositivo que hace posible la secuencia. Entre ambos se establece una suerte de pacto tácito: el político finge representar y el ciudadano finge ser representado.
La pantomima del político no consiste simplemente en mentir. Ya no necesita construir una imagen de coherencia. Puede incluso hacer de la discrepancia una prueba de autenticidad. La ruptura del protocolo, el exceso, el insulto, la provocación se convierten en signos de una supuesta espontaneidad.
La farsa no es simplemente una deformación de la política, se ha convertido en su estética. El poder ha descubierto que puede producir efectos de realidad mediante la desmesura y la incongruencia. Allí donde antes se procuraba ocultar la impostura, hoy se la exhibe.
Un gobernante, cualquier gobernante, el guion es el mismo, el presidente de Argentina o el primer ministro de Armenia, denuncia las élites mientras concentra poder, se presenta como enemigo del sistema mientras ocupa su centro. El presidente de los Estados Unidos o el primer ministro de Israel habla de paz en Medio Oriente y delinea las diversas modalidades de las guerras híbridas. La contradicción es parte del estilo, un paso dentro de la escena que la vuelve reconocible.
Así el grotesco no pide coherencia, pide participación.
Cuando un dirigente convierte la política en una sucesión de instigaciones, obliga a sus adversarios a responder dentro de su propio escenario. La oposición puede rechazar el contenido, pero ha aceptado el acto. El dirigente establece así las condiciones de visibilidad de la disputa.
Muchas veces, las expresiones coloquiales suelen ser más punzantes que los análisis teóricos.
Ya no es necesario creer en el cartel de Havel, hay que compartirlo, reenviarlo, comentarlo; indignarse, convertirlo en meme. El sainete transforma el lenguaje en imagen, lo convierte en objeto consumible.
Ha llegado el momento de preguntarnos: ¿qué efecto produce que todos actuemos como si fuera verdadero eso expuesto por el político de turno? Acaso el fingimiento sea un modo de protección frente a la intemperie política.
Muchas veces, las expresiones coloquiales suelen ser más punzantes que los análisis teóricos. El uso que realizan los jóvenes del “fingir demencia” puede leerse como una retirada del sujeto. Allí donde parecería decir: sé lo que está pasando, pero voy a comportarme como si no me afectara.
Y sucede que nos está aconteciendo. El régimen de la palabra, en su condición moribunda, se lleva consigo las instituciones que se erigieron a su alrededor: agónica la literatura, la democracia, el psicoanálisis. Todos esos espacios donde reinaba el pacto, la promesa, el verbo. La literatura desahuciada como creadora de sensibilidad social, el psicoanálisis como intérprete del malestar en la cultura, la democracia como ese gobierno que se deslinda del derecho y no por desatender la distribución, sino por desconocer eso suyo de cada cual que es guía y signo de lo justo.
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