Los analfabetos políticos
Vinimos a jugar al fútbol, no a hacer política”, afirmó Rodrigo de Paul el martes 31 de marzo pasado, luego de que la selección argentina venciera a la de Zambia en su partido despedida antes del Mundial. Esa misma madrugada Claudio “Chiqui” Tapia, presidente y dueño de la Asociación del Fútbol Argentino (en sociedad con Pablo Toviggino, secretario del organismo), posteó en sus redes dos fotos en las que lo ve abrazado y sonriente con el propio de Paul en una y con Lio Messi en la otra. Tapia sí hace política. Y de Paul, que se muestra tan pícaro, canchero y provocador frente a sus rivales deportivos como en los avisos publicitarios en los que aparece hasta el hartazgo (al igual que varios de sus colegas de la selección, comenzando por el capitán del equipo), debería saberlo.
Mostrarse virgen ante la política es la peor manera de servir a políticos nefastos. Todo es político en el quehacer humano. Hay política en la familia (las decisiones que toman los padres lo son), en las organizaciones de todo tipo (empresariales, deportivas, científicas, culturales, vecinales, religiosas, etcétera), en las interrelaciones personales. Es natural que así suceda, porque la política es el arte de armonizar la diversidad ineludible de todo conjunto humano en la búsqueda del bien común. Cuando alguien pervierte este propósito en beneficio propio y de los suyos envenena la política y la vacía de sentido.
Ser deportista, artista, figura del espectáculo, científico, docente, militar o ciudadano de a pie no dispensa a nadie de su responsabilidad política, sea esta del orden que fuere. Decirse apolítico o ajeno a la política es, para el colectivo humano que se integre, un modo perjudicial de hacer política. En julio de 2014 los integrantes de la Generación Dorada del Básquet (Emanuel Ginóbili, Pepe Sánchez, Fabricio Oberto, Luis Scola, Andrés Nocioni, Pablo Prigioni, Ruben Wolkowyski y Walter Herrman, entre otros) se plantaron ante la Confederación Argentina de Básquetbol, atravesada por conflictos internos y corrupción desbocada, amenazaron con no presentarse en el inminente Campeonato Mundial en España y exigieron cambios profundos en ese deporte. Lo lograron. “No buscamos el beneficio personal. Luchamos por la lavandería, por la gente que trabaja para el equipo”, declaró entonces Scola. Tenían mucho para perder, pero no les importó. Habían ganado suficiente. Y siguieron ganando todo durante diez años más. Hicieron política. Usaron para el bien de todo el deporte el poder que habían obtenido con sus triunfos y su arrastre popular. Ante los trapos sucios (largamente conocidos y ahora públicamente ventilados) de la AFA, cuyos dos principales figurones están procesados mientras las investigaciones periodísticas y judiciales siguen destapando ollas que huelen mal, los campeones del mundo del fútbol se paran en un lugar opuesto al de la Generación Dorada. Aquella se sustentaba en valores morales, que exhibía además de su juego, mientras estos parecen sostenerse en valores materiales. Dos formas de hacer política en una misma actividad, el deporte.
El dramaturgo y poeta alemán Bertolt Brecht (1898-1956), uno de los grandes intelectuales del siglo XX, escribió un célebre poema titulado El analfabeto político, en el que dice: “El peor analfabeto/ es el analfabeto político. / No oye, no habla, / ni participa en los acontecimientos políticos. / No sabe que el costo de la vida, / el precio del pan, del pescado, de la harina, /del alquiler, de los zapatos o las medicinas /depende de las decisiones políticas (…) No sabe, el imbécil, que, / de su ignorancia política/ nacen la prostituta,/ el menor abandonado,/ y el peor de todos los bandidos, / que es el político trapacero,/ granuja, corrupto y servil”.
*Escritor y periodista.