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La vieja llama

Si hubo alguien que combatió denodadamente contra la política de los autores, fue Pauline Kael.

La aparición casi simultánea de cuatro voluminosos libros de crítica cinematográfica es un acontecimiento raro, ya que la disciplina no tiene hoy muchos lectores. Al mismo tiempo es una invitación a sumergirse en ellos y en las apasionantes controversias que el cine supo producir antes de que todo se diera por sabido y se redujera poco más que a una enseñanza técnica. Los cuatro libros recopilan artículos de sus autores y, tomados en conjunto, podrían servir entre otras cosas para una discusión sobre la cinefilia, esa pasión esquiva que siempre estuvo lejos de ser tan obvia como se cree.

En esta breve e imposible reseña múltiple, que no le hará justicia a ninguno, empecemos por Textos críticos; ensayos, notas y apuntes (Monte Hermoso, 386 páginas). Es la reunión de todo lo que Jacques Rivette escribió sobre cine. A Rivette, tan enfático a la hora de elogiar como la de repudiar, la crítica le debe artículos como la Carta sobre Rossellini, en la que abordó el concepto de cine moderno o De la abyección, su famoso texto contra una película de Pontecorvo, en la que habló de la moral del cine a partir de la forma. Como crítico (porque como cineasta transitó por caminos distintos y aún hoy misteriosos), Rivette fue parte de la discusión sobre la política de los autores, momento esencial de la cinefilia inspirado por dos ideas convergentes: que no se puede dar cuenta del cine desde fuera de él y que el cine se excede a sí mismo y se proyecta sobre mundo con la ayuda de la crítica.

Si hubo alguien que combatió denodadamente contra la política de los autores, fue Pauline Kael. Los Escritos a quemarropa; ensayos, críticas y debates (Monte Hermoso, 495 páginas) son una demostración de su talento como escritora y de su capacidad como polemista. Primera entre sus colegas en hacerse realmente famosa en una época en la que la gente se peleaba a muerte por el valor de una película, Kael avivó las guerras del cine con su arbitrariedad y su voluntad de tener razón en cada uno de sus aciertos y de sus errores.

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A pesar de sus diferencias, Rivette y Kael eran cinéfilos de trinchera. Pero el alemán Thomas Elsaesser fue ante todo un profesor y un predicador de que el cine debía ser una disciplina académica, una materia de la que debían dar cuenta las ciencias sociales y no un canon de nombres idolatrados. Sin embargo, su temprana cinefilia nunca lo abandonó del todo (también Elsaesser tuvo sus autores), como se puede ver en La persistencia de Hollywood (El cuenco de plata, 493 páginas). Las múltiples obras de Elsaesser parten de un mundo desconocido entre nosotros: las universidades británicas y sus revistas de cine, que el autor convierte en un territorio a explorar.

Termino hablando del crédito local. En El lugar sin límites; ensayos sobre cine (Taipei / La vida útil, 456 páginas) el marplatense José Miccio emprende, con una prosa elegante y un conocimiento ejemplar no solo del cine sino de la música y la literatura contemporáneas, la vieja aventura cinéfila de probar que el cine no es solo una materia intelectual apasionante sino un buen principio para abordar el mundo. Miccio cree que las pasiones plebeyas (y las películas ídem), no solo pueden ser muy sofisticadas, sino también la mejor defensa contra una vida mediocre. Miccio bien puede ser el último de los mohicanos.