Periodismo con segunda intención
La historia de nuestras guerras mediáticas es apasionante. En comparación, los conflictos actuales son apenas escaramuzas. Hemos tenido periodistas que querían asesinar a sus rivales, redacciones que se enfrentaron armadas a otras redacciones y, por supuesto, cada diario tenía su arsenal propio.
Un fraile editor, Francisco de Paula Castañeda, incitaba desde sus periódicos a las mujeres a matar al presidente Bernardino Rivadavia. Un tiempo después, Rivadavia contrató en Europa un periodista brillante para que lo defendiera y lo trajo al napolitano Pedro de Angelis. En el contrato establecieron que debía editar dos periódicos por los que se le pagaría un sueldo, el pasaje, la mudanza y un cuarto de las ganancias, si hubiera.
Contra Rosas, el tucumano Juan Bautista Alberdi impulsó un periódico que se llamó, sin eufemismos, Muera Rosas. Otro periodista, José Rivera Indarte, tituló uno de sus artículos: “Es acción santa matar a Rosas”.
Rivera Indarte, hablando del napolitano de De Angelis, que se había reconvertido en el principal influencer de Rosas, se preguntaba: “¿Se interesan nuestros lectores en que retratemos aquí la figura innoble y leprosa de este hombre?”.
El diario La Prensa, que llegó a ser el principal del país, en un momento suspendió sus editoriales diciendo: “El periodismo honrado y patriota no conoce más temperamento que trocar la pluma por la espada. Y bien, ¡ese momento supremo ha llegado ya! (...) Cerramos desde hoy la sección editorial para ponernos al servicio del pueblo en el terreno de los hechos”.
Varias veces se confundieron las armas con las palabras. Tanto la Mazorca rosista como la Triple A surgen de una fusión importante entre policías y periodistas, y las organizaciones guerrilleras tuvieron muchos periodistas en sus filas disparando y poniendo bombas. En los 70, los semanarios El Descamisado, dirigido por Dardo Cabo, y El Caudillo, dirigido por Felipe Romeo, eran dos demonios mediáticos que cruzaban palabras y bombas. Era, literal, periodismo de gatillo fácil. En cada una de esas publicaciones se celebraban los hechos armados y se marcaban las potenciales futuras víctimas. Eran periodistas a la mañana y pistoleros a la noche.
En definitiva, una guerra mediática es siempre una guerra civil entre periodistas.
LOS ALGORITMOS EN GUERRA
Donald Trump, Jair Bolsonaro y Javier Milei buscan construir sus batallones mediáticos para la batalla cultural, los que se reconocen más como comunicadores que como periodistas. Arrasan con los límites de la libertad de expresión para afectar la calidad de la información del periodismo profesional. Para eso, impulsan una red de comunicadores que forman un frente promotor de tormentas digitales que cooptan los algoritmos con el objetivo de silenciar o destruir la reputación de sus rivales.
El asalto al Congreso de los Estados Unidos el 6 de enero de 2021 y el asalto a los tres poderes en Brasil el 8 de enero de 2023 tuvieron su bloque de mazorqueros digitales que contribuyó a encender la pasión destructiva de las instituciones.
En la investigación judicial en Estados Unidos se presentaron evidencias de que varios presentadores de Fox News descreían de las teorías conspirativas de las que informaban y que contribuyeron a generar el clima de rebelión. Esa investigación también reveló que medios abiertamente trumpistas, como Newsmax y One America News (OAN), amplificaban la desinformación y funcionaron como foro para exacerbar los ánimos.
En la investigación judicial en Brasil señalaron al grupo mediático Jovem Pan como uno de los principales para la construcción del clima del golpe de Estado. Al igual que en Estados Unidos, se hablaba del fraude electoral y se agregaba que había una “tiranía” judicial. Ese medio recibió una multa judicial “por daños morales colectivos”. También fue investigado en ese juicio uno de los fundadores de La Derecha Diario, el argentino Fernando Cerimedo, por haber participado en lo que se llamó “el núcleo de desinformación” del intento de golpe.
Además, en las investigaciones judiciales de los dos países se presentaron evidencias de que tanto Meta como Alphabet no fueron eficaces en detectar las teorías conspirativas, los mensajes de odio y la incitación a la violencia.
El 4 de octubre habrá elecciones en Brasil, donde se enfrentará Lula contra el hijo de Jair Bolsonario, Flavio; y el 3 de noviembre se realizarán las elecciones legislativas en Estados Unidos. Ambas tendrán impacto en Argentina, y la guerra mediática será decisiva.
LA VALENTÍA DE MATIZAR
Quienes investigan la credibilidad dicen que esta necesita dos condiciones. La primera es que creamos que quien nos está hablando tiene conocimiento de lo que habla, ya sea porque fue testigo, porque es un experto o porque tiene un método para obtener esa información, como sería el caso de un periodista profesional. La segunda condición es que creamos que esa persona no tiene una segunda intención. Es decir, que es honesta, y no está buscando otro fin con lo que nos dice. Si alguna de estas dos condiciones no se cumple, la credibilidad no existe o es baja, que es lo que pasa hoy con el periodismo.
Las guerras mediáticas actuales tienen como uno de sus objetivos principales instalar que los periodistas tienen segundas intenciones, para de esa forma devaluar su palabra. Poner el énfasis en los intereses políticos y/o económicos de los medios críticos les sirve para degradar su credibilidad.
Por eso, es común que cada semana los periodistas tengan el siguiente diálogo:
—¿Usted es periodista?
— Sí.
—¿Le puedo hacer una pregunta?
—Por supuesto.
—¿A quién le tengo que creer?
En mi caso respondo: “A aquellos que pongan más matices”. No sé si es una gran respuesta, pero sí es verdad que los matices comunican equilibrio. Pero algunos es precisamente eso lo que rechazan, que la realidad sea gris.
El problema es que esto convierte al periodista en un aguafiestas. Quienes se ilusionaron con los gobiernos de los Kirchner, Mauricio Macri o Alberto Fernández se sintieron muy incómodos con las investigaciones periodísticas que los cuestionaron. Lo mismo ocurre hoy con quien tiene la esperanza de que el gobierno de Javier Milei inicie un ciclo de prosperidad en el país. La sucesión de investigaciones sobre el caso Andis, $Libra y Adorni les provoca angustia y bronca contra los periodistas que las hacen.
Pero si bien el periodismo tiene que intentar equilibrar verdad y esperanza, eso no siempre es fácil.
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