Asuntos internos

Pruebas de supervivencia

El logo de Editorial Perfil Foto: Cedoc Perfil

Hay una escena bellísima en Mauvais Sang, de Léos Carax. Dos hombres sentados a la barra de un bar, uno mira por encima del hombro del otro y dice: “Allí está Jean Cocteau”. El otro, sin siquiera girarse para ver, dice: “No puede ser, Jean Cocteau está muerto”, a lo que el primero, después de mirar otra vez, responde: “No está muerto: se movió”.

Hay personas a las que les ocurre una desgracia menor, pero insistente: no terminan nunca de ser ellas mismas, siempre se parecen a otros. Apenas entran en un bar, en una sala de espera, en el hall de un teatro, alguien las mira con la convicción del sonámbulo y les adjudica otra identidad. No una identidad mejor: otra. Eso ya sería bastante humillante. Pero además suele tratarse de una identidad cargada de prestigio, de leyenda, de misterio o, en el peor de los casos, de una rareza física inolvidable. Vivir bajo ese equívoco es como alquilarle la cara a un fantasma.

A Rita Elmôr, por ejemplo, la confunden con Clarice Lispector, sus fotos invaden las redes bajo una identidad falsa. La confusión no es del todo arbitraria: Rita Elmôr interpretó a Clarice Lispector en teatro. Pero una cosa es representar a alguien y otra muy distinta quedar condenada a ser su aparición civil, su delegada en supermercados y aeropuertos. Me imagino a Rita  Elmôr entrando en una farmacia y viendo cómo la empleada, en lugar de venderle una aspirina, le extiende el crédito metafísico que uno les concede a los escritores muertos. Tal vez ése sea el destino secreto de algunos actores: no encarnar un papel sino ser lentamente absorbidos por él, como si la literatura, cada tanto, reclamara un cuerpo prestado para volver a pasearse entre nosotros.

Con Woody Allen y Valerio Magrelli la cosa es más incómoda, porque el parecido produce perplejidad. Uno ve a Magrelli y cree asistir a una versión romana, ligeramente fatigada, de Woody Allen; o ve a Allen y piensa en un Magrelli neoyorquino que hubiera cambiado la filología por la neurosis urbana. 

Más perfecta todavía es la trampa de Peter O’Toole confundido con Thomas Edward Lawrence. En rigor, el cine fomentó esa superposición: O’Toole interpretó a Lawrence en la película de David Lean. Hay algo ligeramente monstruoso en esos casos: el actor suplanta al original con tanta eficacia que el original queda reducido a un borrador. Lawrence, después de todo, quizá hoy exista menos como oficial británico que como la cara bellísima, insolente, desértica y de ojos azules de O’Toole. Es una forma de asesinato elegante: la interpretación mata al modelo y encima lo embellece.

Lo de Edoardo Sanguineti y Marty Feldman, en cambio, pertenece al orden de las fatalidades ópticas. Ahí hay ojos, cejas, una excentricidad facial que parece haber sido dibujada por un caricaturista alcohólico. Que un poeta de vanguardia pueda ser confundido con un mediocre comediante de mirada desorbitada tiene algo de justicia cósmica. A veces la cultura alta y la cultura baja se reconcilian.

Pero la confusión más interesante no es visual sino ontológica. Quizá por eso los parecidos nos fascinan: porque prometen abolir la singularidad de cada individuo y reemplazarla por una analogía rápida, portátil, tranquilizadora. No vemos a alguien: lo archivamos. El parecido, en ese sentido, es una forma menor de la pereza, pero también una modesta poesía. Hace falta imaginación y un poco de mala fe para decidir que tal actriz es una escritora resucitada, que tal poeta italiano es un cineasta neurótico, que tal actor expulsó del mundo a su personaje histórico.

Al final, ser confundido con otro es una experiencia humillante, sí, pero también una prueba de supervivencia. Nadie confunde a nadie con un desconocido absoluto. Para ser confundido hay que haber entrado, aunque sea por error, en la memoria ajena. Y en tiempos de insignificancia programada, eso no es poco. Peor sería no parecerse a nadie.