Una de las imágenes más célebres del tango argentino es también una de las menos comprendidas. En “Cambalache”, Enrique Santos Discépolo escribió: “Igual que en la vidriera irrespetuosa de los cambalaches se ha mezclao la vida, y herida por un sable sin remache ves llorar la Biblia junto a un calefón” . Durante décadas se repitieron esos versos, se los cantó en sobremesas, se los citó en discursos políticos y se los convirtió en una especie de diagnóstico permanente de la decadencia argentina. Pero casi nadie se detuvo a pensar qué hacía exactamente esa Biblia junto al calefón y, sobre todo, por qué estaba herida.
Una explicación que circula desde hace tiempo remite a una costumbre atribuida a los anarquistas de los años 30. En aquella época se repartían gratuitamente ejemplares de la Biblia en la vía pública. Algunos anarquistas, enemigos declarados de la Iglesia y de cualquier autoridad que pretendiera administrar las conciencias, aceptaban gustosamente el regalo. Después lo llevaban a sus casas, lo clavaban en la pared del baño, cerca del calefón, y usaban sus páginas como papel higiénico. El sable sin remache sería, en esa interpretación, un clavo colocado al revés, con la cabeza empotrada en la pared y la punta hacia afuera. La Biblia lloraba porque sus páginas terminaban donde terminaban.
No sé hasta qué punto esta explicación puede documentarse históricamente. Me gusta, en cualquier caso, mucho más que otras interpretaciones que suelen hacerse de “Cambalache”, imaginando a la Bilia y al calefón expuestos inocentemente en una vidriera. La imagen de un anarquista que recibe una Biblia de manos de un predicador, le agradece cortésmente y se la lleva a casa para darle un destino tan poco espiritual tiene una precisión humorística que Discépolo, nacido y criado en el seno de una familia católica, no supo apreciar, porque veía en ese gesto un símbolo de la barbarie que caracterizaba la época en que vivía.
La costumbre merece ser recuperada. Incluso podría convertirse en una práctica colectiva, una forma de crítica literaria que devolviera a los libros cierta utilidad doméstica. Bastaría con elegir un libro, conseguir un clavo suficientemente largo y reservarle un lugar en el baño. Los antiguos calefones desaparecieron de muchos baños, después de tantas vidas que se cobraron por inhalación de monóxido de carbono, pero las paredes y los inodoros sigue ahí. Hay que recordar que el papel de los libros actuales puede resultar bastante menos hospitalario y sedoso que el de aquellas Biblias de distribución gratuita.
La elección del libro sería una cuestión delicada. Algunos optarían por obras que detestan. Otros aprovecharían para desprenderse de libros que nunca pudieron terminar. También estarían los que clavarían en la pared una primera edición carísima, convencidos de que el verdadero desprecio por la literatura exige un sacrificio económico. Probablemente esta costumbre inaugure una nueva forma de consagración. Hasta ahora, los escritores aspiraban a figurar en bibliotecas, programas universitarios o suplementos culturales. La aparición de un título en los baños de miles de lectores constituiría un reconocimiento de otro tipo. Las editoriales podrían imprimir tiradas especiales en papel absorbente, con hojas fáciles de arrancar. Incluso podrían anunciar en la contratapa: “Edición apta para el baño”.
Imagino las discusiones. Alguien propondría clavar un libro de autoayuda, pero otro objetaría semejante elección por demasiado obvia. Un tercero sugeriría las memorias de algún político. También habría que admitir otra variante: clavar en la pared un libro que alguna vez nos gustó y que ahora nos avergüenza. El baño ofrecería la posibilidad de despedirlo sin demasiadas ceremonias.
No faltará quien denuncie la locura de utilizar libros de esa manera. Pero la historia de la literatura está llena de libros quemados, censurados, prohibidos, escondidos o tirados a la basura. El destino sanitario, por lo menos, les concedería una segunda vida. Y permitiría que algunos autores alcanzaran finalmente una intimidad con sus lectores que nunca consiguieron escribiendo.