“Quiero abrir camino para que las personas travestis y trans accedan a los estudios universitarios”
La doctora en Ciencia Política dice que ser la única profesora trans de las facultades donde enseña es un indicador alarmante de la exclusión estructural de este colectivo. El 2 de noviembre recibirá el Premio de Ciencias Albert Einstein, otorgado por el Consejo Cultural Mundial.
“Todo lo bueno que me pasa es gracias a las que le pusieron el cuerpo a la lucha”, dice Fidela Azarian, la politóloga y docente universitaria trans que recibirá, en los próximos días, un reconocimiento internacional. Azarian se recibió de doctora en Ciencia Política por la Universidad Nacional de Córdoba (UNC) y de licenciada en Ciencia Política por la Universidad Católica de Córdoba (UCC). Es docente por concurso de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la UNC, y docente regular e investigadora de la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la UCC, donde se desempeña también como becaria posdoctoral del Conicet.
El 2 de noviembre, en el Teatro Libertador San Martín, será distinguida por el Consejo Cultural Mundial y el Foro de Rectores y Rectoras de Córdoba en el marco de la Premiación Mundial de Ciencias Albert Einstein, segunda en importancia para la comunidad científica, luego del Premio Nobel. El premio destaca la trayectoria e investigaciones de Azarian en el cruce entre la teoría política contemporánea, el análisis del discurso, los estudios de género y las luchas por la inclusión laboral del colectivo travesti/trans.
En esta entrevista con Perfil Córdoba, Azarian repasa su transición tras doctorarse, analiza el avance de los discursos de odio bajo el gobierno de Milei y considera que ser la única profesora trans en sus facultades es “un indicador alarmante” de la exclusión estructural de la comunidad travesti/trans.
-¿Qué significa recibir el premio Albert Einstein?
-Orgullo y compromiso. Un orgullo que no es individual porque soy parte del colectivo travesti/trans, un grupo poblacional históricamente excluido del sistema educativo y del mercado laboral formal. Todo lo bueno que me pasa hoy es posible gracias a esas travestis que me precedieron y le pusieron el cuerpo a la lucha contra la represión, por la identidad, a la lucha por los derechos ciudadanos. En ese sentido, mi compromiso es abrir camino, construir más posibilidades, para que las personas travestis, trans, no binarias y excluidas en general (por razones de vulnerabilidad socioeconómica, de discriminación racial) puedan acceder a los estudios universitarios y desarrollar un proyecto de vida digno.
-En Córdoba, gran parte de la población travesti-trans continúa en la informalidad laboral o sin completar la educación secundaria. ¿Por qué sigue ocurriendo?
-En el mundo actual, la informalidad y la precariedad laboral se han extendido a casi toda la población, y en nuestro país esto se agrava por la crisis socioeconómica prolongada que se profundizó en los últimos años. En el caso de la población travesti/trans esta exclusión es estructural, histórica y sistemática: a pesar de que desde 2012 el Estado argentino reconoció la identidad travesti/trans con la aprobación de la ley de identidad de género, esto no significó una mejoría sustantiva en las condiciones materiales de vida. Todavía hay muchos prejuicios y mucha hipocresía, que cristalizan en una moral social que excluye a las personas travestis/trans y les deniega posibilidades para vivir una vida plena, no sólo en el ámbito educativo y laboral, sino también en el ámbito familiar, sexoafectivo, interpersonal
-¿Cuál fue tu experiencia personal y cómo transitaste la universidad, primero como estudiante y, después, como profesora?
-Para mí la universidad siempre fue un espacio de mucho disfrute, siempre me gustó estudiar y además conocí personas hermosas de las cuales aprendí mucho. La transición para mí fue un proceso lento, sobre todo asumir mi identidad y mi expresión de género femenina. Como estudiante me sentí muy contenida en la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Universidad, donde siempre fui libre y respetada. En aquellos años como estudiante hice mi primera “salida del clóset”, cuando asumí que me gustaban los varones, al poco tiempo de la aprobación de la Ley de Matrimonio Igualitario, que fue un hito en la lucha por la igualdad y la inclusión de género en Argentina. Mi segunda gran salida del clóset fue después de obtener el Doctorado en Ciencia Política en la Universidad Nacional en 2024, cuando rechacé el título de “doctor” y pedí que me llamen “doctora” en el acta. Me sentí muy contenida en todos mis trabajos, tanto en las universidades como en el Conicet.
-¿Qué aportaron las redes de cuidado y las luchas feministas a tu propio proceso de transición y formación?
-Yo encuentro en los feminismos una visión del mundo que lo vuelve más hospitalario, y un legado de lucha muy poderoso. Por un lado, gracias a las teorías feministas pude comprender que el género es una construcción y eso me permitió gestar mi propia feminidad, tratando de deconstruir modelos hegemónicos opresivos. Por el otro, gracias al proceso de politización feminista que comenzó en la última década en Argentina con la marea verde-violeta, los activismos travestis/trans pudimos enunciar nuestras propias demandas igualitarias y visibilizar nuestros problemas y urgencias. Es cierto que los feminismos en Argentina tienen una historia extensa, que se remonta a comienzos del siglo XX, y no se pueden romantizar los vínculos con los activismos LGBTI+ ni con ningún otro movimiento sociopolítico, pero sí creo que en los últimos años logramos construir solidaridad y organización popular, y esas redes nos permiten resistir e incluso avanzar en estos tiempos turbulentos.
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-¿Qué significado creés que tiene ser la única profesora trans en las facultades donde sos docente?
-Es una situación de hecho, que no la vivo como un mérito personal sino como un indicador alarmante de la exclusión estructural de la comunidad travesti/trans. Yo pude estudiar y hoy puedo trabajar en la Academia porque de alguna manera negocié todo lo que pude mi identidad: en mi familia, en las instituciones educativas, en el trabajo. Hasta que no soporté más vivir disconforme con mi expresión de género y pude encarar mi propia transición en un contexto favorable en relación al de mis compañeras travestis/trans de otras generaciones, cuya única salida laboral era el trabajo sexual (debido a la expulsión del hogar familiar en la infancia, al abandono de la escuela). Creo que esa realidad tan cruel hoy está cambiando, por todo el trabajo político y social que venimos haciendo en materia de diversidad e inclusión. Sin embargo, en medio de esta crisis socioeconómica prolongada que vivimos en Argentina, la posibilidad de tener un trabajo con acceso a derechos, que te permita desarrollar una vida digna y plena, no está al alcance de gran parte de nuestro pueblo, y menos de la comunidad travesti/trans. Por lo tanto, esa es mi lucha hoy, como investigadora y docente universitaria: volver más accesible la ciencia y la educación para las grandes mayorías de nuestro pueblo.
-Tu tesis doctoral analiza el surgimiento y devenir del activismo travesti-trans en Argentina. ¿En qué situación nos encontramos hoy?
-Como sostengo en el epílogo de mi libro Luchas travestis/trans en Argentina. Emergencia, constitución y devenir identitario de un sujeto político (NdR: coedición entre la UCC y la UNC), en el contexto actual muchos logros que obtuvimos a lo largo de las últimas décadas están amenazados por un proyecto político que no es nuevo; de hecho, el activismo travesti/trans emergió en los ‘90, en plena hegemonía neoliberal, y conoció su peor cara: la persecución y violencia institucional por el solo hecho de existir. De todos modos, creo que sí hay elementos novedosos en este cuarto ciclo neoliberal que se ha configurado con la llegada al gobierno de una fuerza política de extrema derecha como lo es La Libertad Avanza, que ataca frontal y ferozmente al colectivo travesti/trans y los activismos feministas y LGBT+ en general. Específicamente, advierto con preocupación que los discursos de odio y la violencia social hacia las disidencias sexuales y, en particular, a las personas travestis/trans –que tampoco son una novedad– se han politizado y han adquirido una fuerza y una cohesión que les ha permitido disputar la hegemonía política y cultural que veníamos construyendo en nuestro país, cuando dichos grupos conservadores y “anti-derechos” eran marginales.
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