A 40 años del fin de la era click-clack, el fallo que obligó a Kodak a abandonar la fotografía instantánea
Las Kodak Instant que lograron esquivar la purga de 1986 quedaron como restos visibles de una batalla silenciosa, librada lejos del público, que redefinió el control sobre la innovación. Aquel episodio marcó un punto de quiebre: desde entonces, en tecnología, nada vuelve a mirarse igual.
En aquel enero de 1986, el aire en Rochester, Nueva York, se sentía más gélido que de costumbre. En las oficinas centrales de Eastman Kodak el ambiente no era de innovación, sino de capitulación. Allí, por orden de la Corte Federal, el mayor fabricante fotográfico del mundo debía "apagar las luces" de su división de cámaras instantáneas.
Su historia comenzó con un apretón de manos décadas antes. Edwin Land, el excéntrico fundador de Polaroid, siempre consideró a Kodak un aliado, su proveedor de negativos. Pero en 1976 Kodak decidió que el mercado de la fotografía "aquí y ahora" era demasiado lucrativo para dejarlo solo en manos de Polaroid. Lanzaron su línea EK4 y EK6, cámaras que, a ojos de Land, eran un espejo fiel y deslumbrante de su propio genio creativo.
Aun así, Polaroid presentó la demanda apenas una semana después del lanzamiento de Kodak. La acusación era grave: el robo de la arquitectura interna de la película y los mecanismos de eyección. Durante casi diez años, el caso serpenteó por los tribunales mientras Kodak inundaba el mercado, confiada en que su músculo financiero doblegaría.
El juicio duró nueve años en la corte federal de Boston, involucrando a 30.000 documentos y 18.000 pruebas presentadas
La mañana del juicio final
El 9 de enero de 1986, el mazo del juez Rya Zobel cayó con una fuerza que hizo temblar la industria. Se determinó que Kodak había infringido siete patentes clave. La orden fue draconiana: cese inmediato de fabricación y venta.
Para Kodak, el problema no era solo dejar de vender; era qué hacer con los 16 millones de personas que ya tenían una cámara "amarilla" en sus manos. De pronto, esos dispositivos se convirtieron en pisapapeles tecnológicos. No habría más cartuchos. La química que permitía que la imagen apareciera ante los ojos era, por ley, propiedad exclusiva de Polaroid.
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El éxodo de las cámaras "prohibidas"
Lo que siguió fue uno de los programas de devolución más extraños de la historia corporativa. Los centros de servicio de Kodak se llenaron de clientes confundidos. La empresa, en un intento desesperado por evitar demandas colectivas millonarias, ofreció un menú de compensaciones alternativas posibles:
-El trueque por acciones: Muchos usuarios entregaron sus cámaras a cambio de una sola acción de Kodak, que en ese momento cotizaba cerca de los 50 dólares.
-El cambio por 35mm: Otros prefirieron migrar a la fotografía tradicional, recibiendo cupones para cámaras.
-El valor de la nostalgia: Miles de cámaras terminaron en trituradoras industriales.
El eco de una victoria pírrica
En las oficinas de Polaroid hubo brindis con champán. Habían ganado 925 millones de dólares en daños (una cifra récord para la época) y recuperado el monopolio absoluto. Sin embargo, la crónica del tiempo muestra que esta victoria fue el inicio temprano de una complacencia peligrosa y persistente.
Mientras Polaroid celebraba haber expulsado a Kodak del mundo analógico instantáneo, en los laboratorios de Japón ya se gestaban los sensores que harían que el papel fotográfico —instantáneo o no— fuera irrelevante. Kodak nunca se recuperó del todo del estigma de haber “copiado”, y Polaroid, tras saborear su triunfo judicial histórico, no supo ver que su verdadero enemigo no era Kodak, sino el bit digital emergente.
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