Madrid, 1851. En los talleres de la Fábrica Nacional de Sello, el ruido de las prensas y el olor a tinta fresca dominan el ambiente. Los operarios trabajan a destajo para cumplir con la nueva emisión de sellos que lleva la efigie de la Reina Isabel II. Nadie lo sabe aún, pero en el fragor de la producción, un pequeño bloque de metal se ha deslizado donde no debía. Ese segundo de distracción estaba fundiendo, literalmente, una fortuna.
En el Día del Sello Postal, la historia del "Dos Reales Azul" no es solo la de un objeto de colección; es la crónica de un error humano que desafió la lógica del Estado y terminó por seducir a los bolsillos más profundos del mercado global.

El instante del error: un intruso en la plancha
La historia de esta pieza comienza con una confusión de colores y valores. El sello de Dos Reales de aquella emisión debía ser, por decreto, de color naranja. Por su parte, el de Seis Reales debía vestirse de un elegante azul.
El desastre —o el milagro, según se mire hoy— ocurrió cuando uno de los clichés (la pieza metálica grabada) del sello de Dos Reales se colocó por error en la plancha de impresión que estaba cargada con tinta azul. El resultado fue una anomalía visual: un sello que en su texto decía valer "Dos Reales", pero que lucía el color equivocado.
Durante décadas, estas piezas pasaron desapercibidas o fueron destruidas por la administración postal al ser consideradas "defectuosas". Sin embargo, un puñado de ellas logró escapar al control de calidad, fue pegado en sobres y viajó por las carreteras de postas de la España decimonónica.
La caza del "Unicornio Azul"
A medida que la filatelia creció como ciencia y hobby a finales del siglo XIX, los coleccionistas empezaron a notar que algo no encajaba. Los catálogos internacionales empezaron a listar una rareza de la que apenas se conocían ejemplares. La escasez absoluta disparó el mito.
En filatelia, el valor es inversamente proporcional al éxito del impresor. Cuanto peor hizo su trabajo el operario de 1851, más rico es el dueño del sello hoy", explica un experto en subastas internacionales.
Hoy en día, se estima que existen apenas una decena de ejemplares de este error de color en condiciones óptimas. Cada vez que uno de ellos asoma en una casa de subastas como Cherrystone o Corinphila, el mundo del coleccionismo contiene el aliento. No es solo papel; es un documento que ha sobrevivido a guerras, traslados y la humedad del tiempo.
El veredicto del martillo: 30.000 euros y más
¿Qué lleva a alguien a pagar el precio de un coche de lujo o la entrada de una vivienda por un centímetro cuadrado de papel? En las últimas décadas, el valor de este sello ha escalado de forma sostenida.
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Mientras que un sello de Dos Reales naranja tiene un valor alto pero accesible para coleccionistas, su contraparte azul juega en otra liga. Los registros de ventas muestran que piezas certificadas han cambiado de manos por cifras que superan los 30.000 euros, y en ejemplares de una pureza excepcional, la cifra ha llegado a rozar los 50.000 euros.