Los olores. No hay nada más humano que los olores. Sin embargo, la historia de la humanidad fue la lucha por disimularlos o, al menos, reemplazarlos.
“Algo huele mal en Dinamarca”, decía Shakespeare a través de Hamlet, y sabía a qué se refería. Desde luego, tanta literalidad tiene varias lecturas, incluso hoy día.
“Argentina es el primer país fuera de Francia que tiene dos diplomaturas en perfumería”, se enorgullece Bernardo Conti. Y en ambas metió la nariz este argentino de 57 años, figura destacada entre un puñado muy reducido de olfatos privilegiados de la cosmética mundial.



Conti es director de la Diplomatura en Creación de Perfumes (90 horas anuales presenciales, con inmediata salida laboral), que se dicta en el Centro Diplomacia Karina Vilella, y también profesor de la Escuela Argentina de Fragancias —asociada a la Universidad Tecnológica Nacional— que “educa a distancia, enviando el paquete de esencias a los inscriptos, algo que ni Estados Unidos tiene”, se ufana. Ambas carreras otorgan títulos oficiales y de validez nacional.
Trilingüe, Licenciado en Ciencias Químicas (UBA), graduado como “Nez” (Nariz) en la Universidad de Ginebra, miembro de la Academia Francesa de Perfumería, indispensable autor secreto de numerosas fórmulas mágicas para incontables marcas líderes, durante 35 años fue director asociado para el desarrollo de perfumes en el Laboratorio Firmenich y, finalmente, freelancer hasta hoy, luego de un intermezzo de 3 años en la exclusiva Robertet, exquisita factoría en Grasse, la Meca de la perfumería francesa.
Podría decirse que Conti se ha dedicado a oler durante los últimos 40 años de su vida. Se diría también que si no está en Suiza, Francia, Egipto o Dubai, el maître parfumeur debe andar dando clases: transmitir sus saberes es la otra parte de su personalidad, una que hace de la portentosa nariz de Cyrano de Bergerac su mayor defecto, pero en Conti su mayor virtud.

Decidió que la cita sería en una Buenos Aires que ya no huele como antes, en Rigoletto Restaurant, a metros de Rodríguez Peña y Juncal. Es fácil adivinar que ese ambiente que destila café y medialunas por la mañana es una extensión de su propio palier, incluso cuando el après-midi vira el campus odorífero hacia el tradicional pomodoro con notas de albahaca.
Por la intensidad del tema, mis expectativas eran enormes y llegué a la cita flotando sobre mi nube oriental de L'eau D'Issey. Lo sentí como si me hubiera quitado el último velo. Imaginé que su nariz sobrenatural me había olfateado desde la esquina.
“Issey Miyaki y Kenzo no tienen nada que ver con la cultura japonesa; Kenzo vivió en París desde 1964 y Miyaki nació en Hiroshima, pero se radicó en Nueva York a los 7 años”. Sólo atiné a derivar el tema hacia la enorme presión social —casi imprudente—, que tanto para hombres como mujeres significa perfumarse en Japón.
Diario perfumado: cómo se creó la fragancia PERFIL
Si el perfil de Cyrano fue su calvario, era evidente que la diminuta nariz de Conti sería su prodigio. Apenas egresado del colegio y siendo ayudante de un laboratorio de perfumes le sacaron la ficha y lo mandaron a Ginebra, a estudiar en serio lo que mejor sabía hacer: oler. Para eso, entonces, se iba a la madre patria de todos los olores. Nos guste o no, muchas narices del mundo obtienen su certificación de elite en el mundo francófono.
Para cuando llegaba el segundo café, me rendí a la información de mi cerebro: “Este maestro perfumista no huele a nada. ¿Será esa neutralidad tan necesaria como la suma de todos los colores para llegar a la luz?”, pensé.
“En mi casa, el olor preferido es el que me trae la ventana abierta. Sólo me gusta perfumar un ambiente, si viene alguien, pero un perfumista se siente bien en un ambiente neutro, sin perfumes”.
“El olor que me repara el alma es el aire fresco de playa o el de campo, ambos con sus propios perfumes. Un poco de viento frío en la nariz y en la cara, eso es el todo”, agrega.
Perfumes del mundo
Desde el Enet de Villa Devoto (la escuela en donde también estudió el Papa Francisco) la vida de Bernardo Conti no se detuvo ni un minuto desde que cumplió los 17 años.
Como Charly García, de la cama al living, los días de Conti van del eau de toilette al eau de parfume, es decir circunscripto al exclusivísimo cenáculo de construir la perfumería de calidad internacional.
Una larga historia… Aunque Francia se haya quedado con casi todas los títulos nobiliarios, los albores de la perfumería conducen a las ciudades asiáticas más primitivas que se conocen, en donde los perfumes nacieron para refrescar con fragancias encantadoras la pesadumbre de tantas faenas humanas.
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Aunque suele creerse que nacieron de las hierbas, su semilla está en el sudor de los árboles: incienso, mirra, benjuí y labdanum desprenden una resina aceitosa que fue el perfume primordial durante rituales y servicios fúnebres milenarios, como bien lo sabían los Reyes Magos que siguieron una estrella para adorar a Jesús. “Perfume” deriva del latín “per fumare” (por el humo).
Puente entre los dioses y los hombres, esas espesas fumatas de incienso y mirra quemada se encargaron de mitigar los olores de una humanidad que ya no peregrinaba, sino se urbanizaba y se multiplicaba. La podredumbre maloliente se estancaba en los riachos; la carroña nauseabunda hervía al sol; el enjambre fétido de pescados boqueaba en los mercados, junto a excrementos humanos, animales, harinas, frutas.

Una contundente estela olorosa rumbo al más allá era la única purificación, la garantía del perdón.
Ya en el 3.700 a. Cristo, una tablilla de arcilla de los sumerios registraba cómo perfumarse con hojas de ciprés. Pero mucho antes, el homo sapiens y el homo erectus se perfumaban, sí: había que desorientar el olfato de los depredadores carnívoros al acecho.
Los perfumes sofocaron el balido pavoroso de cabras y corderos sudando el estrés premonitorio de su muerte inminente; taparon el tufo comunitario de curtidores, granjeros, herreros, carpinteros, lavanderas y nodrizas que construían un mundo en ciernes. En ese caldo mesopotámico, todos los olores se fundían en heno, dátiles, tamarindo, enebro, hierro ácido, trigo, cebada, flujos, leche, bueyes, ciervos, calor y una insoportable humedad.
Sí, fueron ellos, los árabes quienes inventaron lo que tanto Oriente como Occidente entienden por “perfume”, y embadurnaban con él todos los umbrales: un recinto que huele bien invita, es señal de hospitalidad.
Mas luego, al verterlo en las tinas de sus baños públicos, griegos y romanos le dieron un lugar privilegiado para la intimidad.

Si en Oriente fue signo de status y poder, Occidente “popularizó” el perfume al esparcirlo como medida sanitaria. Amortiguaba el olor nauseabundo y el presagio funesto que derramaba la peste negra. Aun así, para la Iglesia, ciertos perfumes fueron pecaminosos. Y cuando llegó el siglo XIV, tocó otras cuerdas muy diferentes en el imaginario social.
Perfumes en la Edad Media
Si bien la destilación es tan antigua como el imperio egipcio, los otomanos refinaron el proceso para obtener esencias más puras. Un alambique mejor perfeccionaba los resultados. Nótese que “alambique” es un término de origen árabe, al-inbīq.
Fue un italiano de la Edad Media, el patricio romano Mauritius Frangipani, quien descubrió que las sustancias aromáticas son solubles, si se las sumerge en alcohol. Así, la materia se convierte en aroma y el aroma en un líquido volátil. Frangipani liberó los perfumes de la prisión de la materia y, como Prometeo, llevó “a todos” ese fuego sagrado .

En 1370, se conoció el “Agua de la Reina de Hungría”, el compuesto que un alquimista ermitaño logró para la princesa polaca Isabel Lokietek, aquejada por su reumatismo y su vejez (los 65 años eran entonces longevidad extrema). Según la clienta, el tónico la había rejuvenecido y los dolores de reuma, desaparecido. Lo único que le habían dado era una maceración de flores de romero y hojas de cedro en aguardiente.
Más que la pócima de la juventud, para las cortes europeas el agua húngara fue el primer perfume de Europa y el inicio de un camino sin retorno: el elixir de la belleza y la juventud. Pura seducción.
Desde luego, Francia, un país donde el agua era sumamente escasa, fue quien primero se apropió de semejante portento, llevándolo a la cima de la identidad nacional. En realidad, Luis XIV lo detestaba, pero Luis XV lo adoptó de inmediato, cuando Catalina de Medici apareció con su frasquito y con su perfumista de confianza, Rentato Bianco -explica Bernardo Conti.
“Los primeros perfumes se mezclaban con aceites de almendras, olivas, palma, vino o grasa de animales como el cerdo —la única purificable, perfecta—“, da cátedra Conti. La destilación con alcohol fue un gran descubrimiento, porque el alcohol es estéril en sí mismo, es decir no permite que en él crezcan bacterias, hongos o microorganismos”. Además, “disuelve fácilmente cualquier ingrediente sin dejar residuos grasos, y se evapora más rápidamente sin eliminar el aroma. Fue una gran evolución”.

“Los nuevos lanzamientos de perfumes árabes vuelven un poco a ese origen: son mitad esencia y mitad aceite de almendras en frasquitos chiquitos, se aplican con un palito detrás de la oreja y tarda horas en secarse, por el aceite”, explica.
En la perfumería se replica de algún modo el vaivén típico del mundo de la moda. “Con la revolución industrial los talles no eran exactos, entonces la aristocracia quería diferenciarse de esa democratización de la moda y surgió la alta costura”.
En los años 50, Pierre Cardin e Yves Saint Laurent respondieron a eso impulsando el prêt à porter, que estandarizó los talles y abarató las prendas. “Ese 'isto para usar' no tenía que ver con los colores ni el diseño” y así funciona el mundo de la perfumería. Para Conti un mezclador no es un perfumista, tampoco lo es “el que hace perfumes en la cocina”, y los hay.
Los perfumes más embriagadores
A partir de la difusión del “Agua” de la Reina de Hungría y del presente de Catalina de Medici, en el país de Molière y La Fontaine, cada hierba, madera, flor y planta visible sobre la faz de la Tierra se convirtió en una nueva “nota” de esa inédita sinfonía celestial, el “sens total”, la percepción absoluta.
Una vez que los expertos supieron cómo aprisionarlo entre los muros inexpugnables de la memoria, todo el arcoíris aromático del olfato, que se creía el más efímero de todos los sentidos, pasó a ser el más perdurable.
Además de pelucas, Luis XV hacía perfumar las prendas de cueros que utilizaban durante meses —y años— los nobles que todavía montaban el caballo para defender el trono del Rey Sol. También recibía a innumerables jinetes que le traían mensajes de todo su reino y todos sin excepción tenían un olor literalmente aqueroso. Así que perfumarse fue ley en su corte.
Gabanes, jubones, guantes, correas, fundas de armas, monturas, botas, zapatos e incluso las ballenas de los corsets femeninos se cosían con cueros curtidos con orina humana. Luis XV ordenó rociarlos con tantos perfumes diferentes que Versailles era una gran ikebana palaciega. Así se comprende su apodo más famoso: “El rey más fragante del mundo”.

Esa tradición cortesana del setecientos pretendió revivir con una de las marcas francesas más famosas del siglo XX, Maître Parfumeur et Gantier (1988).
Pasaron cinco siglos, pero los perfumes siguen cautivos del poder.
Según el periodista Olivier Beaumont, el actual presidente de Francia, Emmanuel Macron, utiliza “cantidades industriales” de su fragancia favorita —Eau Sauvage de Christian Dior—, una melange de lima ácida, bergamota, cilantro, lavanda y ambar, entre otros ingredientes. Un frasco de su aroma favorito siempre está al alcance de su mano, incluso sobre su escritorio.
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Esa segunda piel tan masculina y almizclera que fascina a Macron con sus notas profundas de ámbar, musgo de roble y vetiver es lo que huele su corte de secretarios y ministros, cada vez que su aroma retro avanza invisible por alguno de los pasillos del Elíseo, bastante antes de que finalmente asome el hijo del neurólogo de Amiens, el banquero con acciones en Rothschild & Cie, el presidente.
Aunque no esté comprobado, se dice que su esposa Brigitte utiliza el mismo para no interferir con los atributos de la investidura presidencial.

“El Eau Sauvage de Christian Dior tiene bastante almizcle sintético —el uso del natural se prohibió en perfumería en 1952—. Igualmente es un complemento que da duración en la piel y otorga armonía. Ese es un perfume extremadamente cítrico, fresco, energizante, con mucha madera, que lo hace súper masculino. Si bien tiene almizcle, este no es el protagonista. El perfume es un degradé de frescura súper limpia y cítrica hacia la masculinidad de la madera”, detalla la perfección nasal de Bernardo Conti.
Perfumes, de Brigitte Bardot a Donald Trump
Que el perfume es una simbología del poder también lo sabe Donald Trump, desde que lanzó varios prestando su nombre: Donald Trump by Trump (2004), Success by Trump (2011/2012), Empire by Trump (2015) y Victory Cologne (2024).
En el otro extremo de Europa, según la versión francesa de la publicación Russia Beyond, uno de los olores favoritos que elige Vladimir Putin para revestirse es Tsar (Van Cleef & Arpels), pero no el único. Si de fidelidad partidaria se trata, el primer premio será para el perfumista bielorruso Vladislav Rekunov, creador de Leaders Number One, “inspirado por el presidente de Rusia”.
Sobre el poder ilimitado del contenido de un frasquito de vidrio también sabía la mujer que acaba de enlutar a toda Francia, Brigitte Bardot. Aunque se la acusaba de haber sido una pecadora serial a plena luz del día, se sentía más a gusto en la ambigüedad de las zonas oscuras, esas en las que mejor desata su magia la potencia embriagadora del perfume.
Tal vez por eso, sólo tuvo una marca propia, La Madrague (1970), con madera, musgo, hojas de violeta y gotas florales de rosa y lirio. Sin embargo, hasta hoy, nadie cree que lo usara a diario para visitar sus refugios de animales. Ni que lo hubiera necesitado a lo largo de su extensa vida de femme fatale.
Aunque se le hayan atribuido otras fragancias como Jicky (Guerlain) y Vent Vert (Pierre Balmain), igualmente azarosa pero más creíble es la leyenda que la imagina envolviendo su desnudez en un Shalimar (Guerlain). Tan improbable como las anteriores, el dato se descartaría si no fuera por la descripción que le dedica Serge Gainsbourg en su canción Initials B.B. (1968): “Elle ne porte rien d’autre q’un peu d’essence de Guerlain dans les cheveux” (ella no lleva puesto nada más que un poco de esencia de Guerlain en el pelo).
Dónde están los perfumes
Por puro interés, fue también Luis XIV quien convirtió a Francia en el Paraíso terrenal del perfume, tapizando de verde la ciudad provenzal de Grasse, hasta convertirla en un vergel de materias primas olfativas. En el año 1900, Grasse destinaba 800 hectáreas al jazmín, 700 a las rosas, 65 a los nardos y unos cuantos campos a los naranjos, las violetas, la verbena y la menta, entre otras especies aromáticas.
A lo largo del siglo, el auge de la perfumería sintética debilitó enormemente el éxito de Grasse, pero el carácter artesanal de todo lo que tiene para ofrecer reforzó su identidad de elite. Generó además varias marcas locales de proyección internacional, como Galimard, Molinard y Fragonard, entre otras.

Hoy alberga a más de 60 empresas vinculadas a la industria aromática, en las que trabajan 3.500 personas de diverso origen. Se estima además que otras 3.500 viven indirectamente de esta cadena de producción local.
Conocida como “Pays de Grasse” la identidad local es tan fuerte que Grasse Expertise es un sello de origen que aúna a todos los maestros perfumeros, productores, narices, cultivadores y fabricantes. Sus saberes y productos centenarios fueron distinguidos como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por UNESCO.
Y allí mismo, en Grasse, el Musée International de la Parfumerie, por sólo €4 promete a los visitantes un viaje a través de la historia de los perfumes y los olores.

Attention! Serán de la Provence oriental las flores y aromas más envidiados por los fabricantes, pero “el limón de Tucumán es de las mejores calidades del mundo, y lo usan Chanel y Christian Dior para elaborar sus productos. Es el perfil olfativo más atractivo entre los cítricos”, deja en claro Conti, maître parfumeur argentino.

—¿Una fragancia construye identidad?
—Uno puede preferir un perfume fresco un día y uno sensual otro, sea invierno o verano. No es un requisito usar el mismo perfume toda la vida, eso dejó de ser así hace 50 años. El deseo de explorar es atávico a la condición humana, es inexorable. No cambiar de perfume en toda una vida es casi patológico. Un buen perfume cambia todo en términos de autoestima. Provoca bienestar, satisfacción, es un buen comienzo y modifica la aceptación social. La gente recibe mejor a los perfumados, porque el mal olor sigue siendo sinónimo de enfermedad.
—¿Existe el olor a viejo?
—Sí, tiene que ver con el metabolismo del escualeno, un hidrocarburo natural de la grasa, no sólo del humano. Está en otras sustancias también. Se elimina con jabón.
—¿Los perfumes hacen milagros?
—No, hay aromas que tensan o distienden, eso depende del portador. Pero los perfumes sí generan reacciones tan diversas como la diversidad humana.
—¿Entonces, cuánto le debe la perfumería a la alquimia?
—Nada, porque la perfumería no es alquimia, es una ciencia química. No hay un ABC de la perfumería, pero es una labor minuciosa. Se trabaja con 5.000 materias primas diferentes. Hacer un perfume requiere un desarrollo de seis meses a un año. Según cuán específico sea el cliente (si pide frescura, sensualidad, elegancia, etc), se interpreta lo que quiere y se le presentan 20 propuestas. Luego se trabaja con las que elije y así hasta el resultado final.
—¿El olfato se educa?
—Sí, pero una buena nariz no puede acostumbrarse, hay que adecuarse a lo nuevo que va surgiendo. Cuando entraron al mercado los perfumes árabes, trajeron 70 variantes y estuve tres días evaluando y describiéndolos. No se parecen nada entre sí. Decir “no me gustan los perfumes de tal marca” es una burrada, es desconocer todo el proceso de construcción que realizan las buenas marcas.
—¿Pasan de moda? Pareciera que no se ponen límites…
—Hay algunos clásicos que perduran, pero la perfumería es prueba y error constante, expandir límites. Siempre se buscaron cosas nuevas. En 1992, Thierry Mugler lanzó Angel, un perfume con chocolate, y eso hizo nacer toda una familia olfativa gourmand. Los egipcios ya usaban pimienta para perfumar y en 1921 se conoció el primer perfume metálico de Occidente, Chanel nº5.
También se trabaja con el olor a arena, sal y la nueva tendencia en Europa son las fragancias frutales tropicales (ananá, papaya y guayaba). No debería sorprendeer, el melón fue la primera fruta domesticada por el hombre.
Hoy se busca cada vez más de todo: más intensidad, más variedad y más innovación. Sin embargo, la edad es un valor en el mundo de le perfumería. Los perfumistas más famosos son grandes.
—¿Un buen perfume dura para siempre?
—Si el perfume es viejo y de buena calidad, perfuma igual, pero todo perfume dura tres años aproximadamente, porque se elaboran con productos que se descomponen. No son como los vinos que, con el tiempo, algunos se añejan mientras otros se pudren. Los perfumes se pudren siempre y hay que ver en la etiqueta la fecha de vencimiento. Un perfume vencido es tóxico y hasta puede provocar cáncer.
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Por eso para hacer un perfume se necesita la habilitación de la ANMAT, un director técnico responsable, un laboratorio habilitado, la presentación de la fórmula del producto en una carpeta que detalle si tiene compuestos restringidos y en qué proporción, o irritantes, como el aceite de limón. Cuando la perfumería comenzó a ser sintética, ganó en salud. Un perfume nuevo no puede venderse asta que esté aprobado por ANMAT.
—¿Qué es la perfumería alternativa?
—Es una moda. Son más caros y ofrecen gran intensidad, gran duración, gran calidad y sobre todo gran variedad. Todo es “híper” para que quien lo use sienta que es la única o el único que lo tiene. Pueden costar entre 300 mil pesos y un millón. En Argentina se comercializan 100 marcas alternativas y todas se consiguen por la web.
—¿Cómo se reconoce un perfume perdurable?
—Por el precio. Se venden entre un rango de 15 mil pesos y los que superan el millón. La duración que esa fragancia brinda y que vos le vas a exigir sigue al precio: el perfume que te costó un millón tiene que poder olerse un mínimo de 24 horas sobre la piel; el de 15 mil, por más que sea económico, tendría que olerse durante 2 horas.
—¿A qué huele Buenos Aires cuando no estás acá?
—Buenos Aires para mí es la suma de Las Cuartetas, Güerrín y El Cuartito, peso específico de la porteñidad. Y las especias de El gato negro, “que huelen más que el Gran Bazar de Estambul”. Extraño esos olores.
ML