El mundo posmoderno que entró en crisis al comenzar el siglo XXI (Lipovetsky lo sitúa simbólicamente en 2001, con el atentado contra las Torres Gemelas), está llegando a su fin al concluir el primer cuarto de este siglo.
Esa posmodernidad que durante las últimas décadas del siglo XX había puesto en cuestión a todas las creencias férreas de la modernidad (los estados nación, los relatos certeros de las religiones e ideologías), está terminando de resquebrajarse. El filósofo francés llama hipermodernidad a esta nueva era en la que la modernidad reapareció con creencias más extremas y dogmáticas que las ya de por sí extremas y dogmáticas de la primera modernidad.
Además, como las eras no pasan en vano, la era actual retoma la modernidad, pero atravesada por la espectacularidad frívola y el individualismo que caracterizó a la posmodernidad. Un cóctel sociológico, económico y político cuyas consecuencias están en pleno desarrollo.
Lo cierto es que en esta modernidad “reloaded”, el mundo volvió a perder las dudas e incertezas que, para bien y para mal, fueron el código de la época posmo. Regresaron las ideas fuerza que caracterizaron al siglo de las dos guerras mundiales y a la Guerra Fría, con personajes caricaturescos y sociedades permeables a los pensamientos binarios y a la ausencia de grises.
Trump, Maduro, Milei, Putin, Orbán, Bukele, Ortega. Nombres propios en los que encarnó un...
Trump, Milei, Maduro, Putin, Orbán, Bukele, Ortega, son algunos de los nombres propios en los que se encarnó el nuevo clima de época.
Cuerpos impregnados de los sentimientos de este tiempo: emocionalidad, espectáculo, egoísmo, decisionismo, inseguridad, ideas simples y blindadas, miedo a la otredad.
El tiempo de Milei. Él no fue el primer presidente hipermoderno de la Argentina, aunque sí el que expresa a la nueva era de una forma más clara y explosiva.
La primera que corporizó el mix moderno y posmoderno fue Cristina Kirchner. En ella se sintetizó la modernidad setentista impregnada de la utopía de una sociedad igualitaria y poscapitalista, mezclada con la posmodernidad hedonista y superficial de los años 90. Así, Cristina reencarnaba los gestos y discursos duros de Evita, pero con fortuna y carteras Louis Vuitton. Y sin la violencia armada de los tiempos pasados.
Milei fue más allá. Recuperó de la modernidad una ideología olvidada como el anarquismo, que casi había dejado de existir a principios del siglo XX y que se mantenía viva a través de pequeños grupos que teorizaban tanto desde el anarcomarxismo como desde el anarcocapitalismo. La mixtura entre esa ideología del modernismo extremo y la posmodernidad de su tiempo, lo convirtió en un showman de la televisión que supo atrapar a las audiencias con sus soluciones fáciles y su virulencia comunicacional.
Como aquellos personajes desmedidos del siglo pasado que parecían surgir de la nada y luego eran capaces de hipnotizar o aterrorizar a sus contemporáneos, Milei resultó el catalizador de las angustias de los sectores desencantados con la anterior corrección política. Y como otros líderes extremos de la modernidad, también él llegó imbuido de designios místicos y patologías no tratadas a tiempo que maridaban bien con sociedades dispuestas a apostar por un loco por conocer que a los ya conocidos.
No es casual que su llegada al poder coincida con la de Trump. No son ellos, es el cambio de época. Ellos apenas son buenos intérpretes de las composiciones que otros escribieron para ellos.
Hipermodernos. Trump le lleva casi un cuarto de siglo a Milei. Nació cuando había terminado la segunda gran guerra. Es un producto típico de la modernidad (el empresario exitoso del sueño americano), al que la posmodernidad convirtió en estrella de TV (conductor del reality El Aprendiz durante catorce temporadas). Llegó a su segunda presidencia expresando el hastío de una parte de su país frente a los resultados de la globalización y del liberalismo económico y cultural.
Aun más que la primera, su segunda gestión encarna el malestar ante la pérdida de relevancia de lo que durante la modernidad había constituido el poderío militar y geopolítico de EE.UU.
Él es el mayor exponente de esa doctrina política conocida como decisionismo y por la cual es el líder quien determina cuándo una situación se considera un estado de excepción que requiere actuar por fuera de las normativas locales o internacionales para salvaguardar a su país. El decisionismo se opone a la interpretación liberal que tiende a diluir al poder central a través de leyes y procedimientos que, según esta concepción, sólo sirven para debilitar al Estado.
Con Trump, revive el país de la Guerra Fría, pero con la espectacular extravagancia de un líder de este tiempo. Un tiempo en el que ya no hay aliados ni enemigos tan permanentes ni se requiere de férreas confrontaciones ideológicas. Todo es más simple y explícito: se trata de si hay o no acuerdos arancelarios, de cómo se reparten los mercados internacionales o de quién maneja los precios del petróleo.
En su discurso de ayer, Trump reivindicó el espíritu de la llamada Doctrina Monroe resumida en la frase “América para los americanos” (sus críticos dicen: “América para los estadounidenses”), destinada a bloquear la expansión de otras potencias. A esa doctrina se le agregaría luego el “corolario Roosevelt”, conocido como la política del garrote (“Big Stick Policy”), que ampliaba los motivos del intervencionismo militar a los casos en que se debía “restablecer el orden interno”.
La captura de Nicolás Maduro y la afirmación de Trump de que pretende gobernar Venezuela hasta que lo crea conveniente, es una actualización doctrinaria que pone fin a la corrección política internacional y a la estrategia del “soft power” de sus predecesores.
Incómoda moderación. No hay otra ideología que junte a un anarquista global como Milei con un proteccionista nacionalista como Trump, que no sea la de compartir el mismo clima rupturista de la hipermodernidad.
Es este clima de época en el que la moderación dejó de estar asociada a lo políticamente correcto para convertirse en un deseo aspiracional del establishment más sofisticado, de ciertas vanguardias políticas y de audiencias menos masivas.
... nuevo clima de época. Similar al de la Guerra Fría, pero influido por lo que fue la posmodernidad
Es lo que se evidenció en el mundo y aquí en las últimas horas. Reacciones políticas y mediáticas previsibles, repelentes al menor atisbo de duda sobre lo que Maduro y Trump hicieron en Venezuela. Mansos acompañantes de lo que esperan sus respectivas audiencias.
Admiro a los analistas internacionales que tienen la información suficiente y la capacidad necesaria para interpretar con equilibrio lo que pasa más allá de estas fronteras. Con lo que a mí me cuesta comprender nuestra propia historia y este complejo presente.
También entiendo el alineamiento automático de Milei con quien tanto lo apoyó para ganar una elección y a quien decidió atar su destino político. Pero añoro la defensa del principio de no intervención que fue norma para los anteriores presidentes democráticos, más allá de sus diferencias ideológicas.
Tengo familiares y conocidos en un país que quiero (refugio para los españoles que escapaban del hambre de la posguerra civil, de mi segundo padre y de los argentinos que huían de la dictadura argentina de los setenta) y escucho los miedos y esperanzas con los que conviven.
No me atrevo a otra cosa que a pensar que son los venezolanos los únicos capaces de decidir sobre su futuro. Porque creo que son ellos los únicos en condiciones de definir cuál es el sentimiento mayoritario que hoy predomina en esa sociedad.
Ojalá lo descubran pronto y con los menores costos posibles.