COLUMNISTAS
realidad y percepción

La brecha tecnológica

Mientras se consolida la narrativa de que 2025 es “el peor año de la historia” y de que vivimos una pobreza extrema, los datos muestran una realidad menos apocalíptica. Salvo excepciones, América Latina atraviesa su mejor momento histórico en términos de calidad de vida, aunque la percepción social sea otra. Esta disonancia entre progreso material y malestar subjetivo convive con una era de pensamiento mágico, creencias obsoletas y teorías conspirativas, incluso en las sociedades más avanzadas, al mismo tiempo que la revolución tecnológica avanza de forma exponencial. En este contexto, los modelos tradicionales de educación, política y comunicación se erosionan, ampliando una brecha de conocimiento que deja a la región cada vez más lejos de los centros donde se produce la cuarta revolución científica y tecnológica.

040126_vitruvio_da_vinci_temes_g
Canon de Vitruvio / Leonardo Da Vinci. | Pablo Temes

A pesar de una narrativa instalada que califica a 2025 como “el peor año de la historia” y afirma que vivimos en una pobreza extrema, las observaciones de las últimas décadas revelan un progreso sorprendente en la región. Con las excepciones de Venezuela y Nicaragua, los países latinoamericanos experimentan un progreso sin precedentes en comparación con el siglo pasado, evidenciado en la mejora constante de todos sus indicadores de calidad de vida. No obstante, persiste la disonancia: la mayoría de los ciudadanos perciben que viven una situación crítica. Se sienten más pobres, pero sus hábitos de consumo contradicen este malestar: agotan en horas entradas para espectáculos con precios inverosímiles, viajan con frecuencia, se divierten, y se mantienen en constante comunicación digital.

Entre la creencia y el avance tecnológico. Vivimos en una era de preferencias intensas y efímeras, no siempre racionales. Gran parte de la información circulante se basa en prejuicios y teorías conspirativas; persisten creencias en platillos voladores, alienígenas, la supremacía racial de caucásicos, rusos o arios, o el diluvio universal. De esto no se libra tampoco Estados Unidos, líder tecnológico del mundo: un 25% de sus habitantes cree que el sol gira alrededor de la Tierra y en varios estados se ha prohibido la enseñanza de la evolución por la pervivencia de mitos obsoletos. Frente a este “pensamiento mágico”, la revolución tecnológica avanza de forma exponencial. Para este año se proyecta una inversión de dos billones de dólares en inteligencia artificial, seis billones de dólares en tecnología de la información, 627 mil millones en hardware conectado a estos temas. La inversión en Realidad Aumentada (RA), que partió de los videojuegos, escalará de 140.340 millones en 2025 a 1,72 billones de dólares en 2032. En este contexto, las aspiraciones de países como Argentina de liderar el sector tecnológico chocan con la realidad presupuestaria. El presupuesto de todas sus universidades juntas para 2026 es de 3.370 millones de dólares, cifra pequeña frente a los 44.500 millones de dólares que invertirá una sola empresa privada dedicada a la consultoría y a la investigación de tecnologías de la información, como Gartner.

Un nuevo paradigma profesional y político. El modelo tradicional de formación profesional para toda la vida caducó. En el pasado nos formábamos como abogados, ingenieros, historiadores o sociólogos especializándonos en campos del conocimiento acotados. La nueva realidad exige una preparación constante para adquirir habilidades especializadas y efímeras, que nos permitan trabajar cuando la tecnología ocupe nuestros espacios. En la nueva sociedad se generarán oportunidades laborales cada vez mejores y diversas, por lo que necesitamos una formación holística. La brecha entre los sectores académicos de punta y los de nuestros países tiende a agrandarse. El desafío no es solo económico, sino de conocimiento. La cuarta revolución que transforman mundo, se produce en centros académicos que trabajan superando los paradigmas científicos tradicionales. Expertos como Alex Pentland usan la IA, la combinan con las ciencias del comportamiento, la paleontología y la historia, para replantear todo, incluida la comunicación política. Los modelos de Weber o Gramsci son insuficientes para comprender un cerebro humano que se transformó durante estos años como efecto del avance tecnológico.

Esto no les gusta a los autoritarios
El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.
Hoy más que nunca Suscribite

Expertos como Alex Pentland usan la IA, la combinan con la ciencias del comportamiento, la paleontología y la historia, para replantear todo, incluida la comunicación política

La crisis de la comunicación tradicional. Hoy, la “sabiduría compartida” se genera en las redes provocando una evolución cultural diaria. Esta dinámica explica la crisis de la política tradicional y el ascenso de figuras como Trump, Milei o Mamdani. Los liderazgos verticales y los mensajes diseñados bajo el paradigma del Siglo de las Luces se desmoronaron. La sociedad está viva, los ciudadanos se conectan al margen de las instituciones y medios tradicionales, se movilizan a última hora alterando las previsiones de los estudios, motivados por una dinámica que ignora la agenda de las élites. Se conectan mejor con un concierto de rock de Milei que con discursos académicos que parecen redactados en máquina de escribir.

La brecha del conocimiento. La ciencia y la tecnología son el corazón de la cuarta revolución, como lo fue la máquina de vapor en la primera revolución industrial. Lamentablemente, la brecha entre el progreso global y el de América Latina continúa creciendo.

La distribución de los premios Nobel refleja este distanciamiento. América Latina ha conseguido en total 18 premios: Argentina cinco, México tres, Chile dos, Colombia dos, Guatemala dos, Venezuela dos, Costa Rica uno, Perú uno, Brasil uno. La mayoría se concentran en Paz (siete) y Literatura (seis), y pocos en ciencias: Medicina (tres) y Química (dos). Las universidades líderes son progresistas: Harvard (161), Berkeley (110), MIT (102), Stanford (85) y Yale (72). Las universidades conservadoras se mantienen lejos de la vanguardia científica, con cifras mínimas como Notre Dame (dos), Texas A&M (dos) o BYU (uno).

* Profesor de la GWU. Miembro del Club Político Argentino.