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La épica como anestesia

Nicolas Maduro fue capturado junto a su esposa Cilia Flores
Nicolas Maduro fue capturado junto a su esposa Cilia Flores | AFP

La retórica llega siempre tarde. Como esos amigos que aparecen cuando el asado ya se apagó y solo queda el olor a grasa fría. La retórica chavista posterior al ataque estadounidense y a la captura de Maduro —junto a su esposa, como en una postal de ópera bufa latinoamericana— no intenta explicar nada: intenta tapar. Y lo hace con las mismas palabras gastadas de siempre, ese diccionario mínimo donde “victoria” significa derrota administrada y “unidad” es apenas una forma más elegante de la intemperie.

Unidos venceremos, dicen. Y uno escucha esa frase con la misma incomodidad con la que se escucha a alguien silbar en un velorio. Porque cuando el poder repite que va ganando, lo que hace es describir —sin querer— el tamaño exacto de lo que ya perdió. No es un error: es un síntoma. La retórica de la victoria aparece solo cuando la derrota ya no puede ocultarse con estadísticas, cadenas nacionales o enemigos abstractos.

El chavismo, en su fase terminal, habla como hablan todos los proyectos que se creyeron eternos: con consignas que ya no convencen ni a quienes las pronuncian. Hay algo profundamente melancólico en ese tono épico que llega tarde, como una música triunfal sonando mientras el telón cae. El líder no está, el control no está, el relato tampoco. Pero la frase queda. Flota. Insiste. Como si repetirla fuera suficiente para que la realidad, cansada, decidiera obedecer.

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Esa música nos resulta conocida. En la Argentina ya la escuchamos. El kirchnerismo, en sus peores momentos, también eligió hablar como si ganar fuera un acto de fe y no una consecuencia, hasta llegar al punto que festejaban la derrota como si fuera una victoria. “La historia nos absolverá”, “vamos por todo”, “no volverán”. Frases redondas, perfectas para una remera, inútiles para explicar por qué el país se desarmaba mientras el discurso se inflaba. Cuando la política deja de administrar lo real y se refugia en el eslogan, lo que hace es admitir su derrota sin decirlo.

Y antes, mucho antes, estuvieron los militares en el 82. El caso más brutal de esa lógica suicida. Mientras las islas se perdían en tiempo real, la dictadura hablaba de victoria, de dignidad, de heroísmo. La plaza aplaudía porque todavía no sabía –o prefería no saber. Pero el lenguaje ya estaba contando otra cosa: que no había plan, que no había salida, que solo quedaba la épica como anestesia. “Estamos ganando” fue, quizás, la frase más honesta de aquella derrota, porque decía exactamente lo contrario de lo que pretendía.

En ese contexto aparece la verdad más incómoda, la que nadie quiere pronunciar porque desordena identidades políticas completas: nos guste o no, lo aceptemos o no, en este escenario es Estados Unidos el que termina ocupando el lugar de quien enfrenta al fascismo. No es algo que ocurra todo el tiempo, pero si de vez en cuando. No por virtud, no por altruismo, no por amor a la democracia latinoamericana, sino porque la historia casi nunca ofrece bandos puros. El chavismo tardío se escondió durante años detrás del disfraz del antiimperialismo para tapar su deriva autoritaria, represiva, personalista. Y cuando ese disfraz ya no alcanza, el viejo enemigo externo aparece, paradójicamente, como el que ejecuta el cierre de un poder que ya no representaba a nadie salvo a sí mismo.

La retórica de la victoria es siempre la retórica del miedo. Miedo a aceptar el final, miedo a hacerse cargo, miedo a hablar en pasado. Por eso se vuelve grandilocuente, repetitiva, casi infantil. Promete unión cuando ya no hay centro. Promete futuro cuando el presente es irrespirable. Promete resistencia cuando lo único que queda es inercia.

El chavismo habla hoy como hablaron otros antes de caer. No porque no tengan imaginación, sino porque el poder, cuando se vacía, solo sabe decir las mismas cosas. Y esas cosas no anuncian una victoria. Anuncian el momento exacto en que el relato se queda solo, hablando frente al espejo, aplaudiéndose para no escuchar el ruido seco de la realidad cerrando la puerta.