El 3 de enero de 2026 ha marcado un giro dramático en la prolongada crisis venezolana, pero está lejos de ser el punto final a la deriva autoritaria y represiva que simboliza el chavismo. Los ataques aéreos estadounidenses contra instalaciones militares en Caracas y zonas aledañas, culminaron en la captura del ahora depuesto gobernante Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores.
Anunciado inicialmente por el presidente Donald Trump en su plataforma Truth Social, el operativo fue descrito como una “operación a gran escala” contra el régimen, enfocada en desmantelar lo que Washington califica como un “narcoestado”. Este suceso no solo expone la vulnerabilidad del chavismo tras más de dos décadas en el poder, sino que también resalta las profundas fallas estructurales de un sistema político marcado por la represión, la corrupción y el colapso económico.
Nicolás Maduro, nacido en 1962 en Caracas, ascendió de conductor de autobuses (colectivos) y sindicalista a la presidencia en 2013, tras la muerte de Hugo Chávez, quien lo designó como sucesor. Su trayectoria, enraizada en el activismo de izquierda y formación ideológica en Cuba durante los años 80, lo posicionó como un fiel ejecutor del “socialismo del siglo XXI”. Sin embargo, su mandato de 12 años ha sido sinónimo de desastre: hiperinflación que alcanzó picos inéditos entre 2014 y 2016, una caída del PIB superior al 70%, y una migración masiva de unos 8 millones de venezolanos huyendo de la escasez y la violencia.
Maduro, casado con Cilia Flores —una abogada chavista apodada “la primera combatiente”—, consolidó un régimen autoritario, controlando instituciones como la Asamblea Nacional y el Tribunal Supremo de Justicia para perpetuarse. Su reelección en 2018 y la controvertida versión de que se impuso en las elecciones de julio de 2024, sin actas verificables, fueron denunciadas como fraudes por la oposición y alejaron a aliados internacionales del chavismo, incluyendo a líderes como Gustavo Petro de Colombia y Lula da Silva de Brasil.
Este aislamiento diplomático, sumado a sanciones estadounidenses por narcotráfico —Maduro fue acusado de liderar el “Cartel de los Soles”—, preparó el terreno para la intervención de Washington, que en agosto de 2025 intensificó su presión con despliegues navales en el sur del Mar Caribe.
Trump confirmó la captura de Maduro y Flores, quienes serán presentados ante un tribunal federal, evocando paralelismos con la invasión de Panamá y la captura del general Manuel Noriega, también ocurrida un 3 de enero, pero de 1990.
Desde una perspectiva crítica, las reacciones del chavismo subrayan su inherente debilidad. Diosdado Cabello, ministro del Interior y figura dura del régimen, apareció rodeado de jefes policiales acusados por la ONU de violaciones sistemáticas a los derechos humanos, instando a la calma pero proyectando una imagen amenazante con armamento visible.
Su llamado a desplegar milicianos —grupos paramilitares conocidos como “colectivos”— evoca temores de represión interna, especialmente en un contexto donde el chavismo ha silenciado medios tradicionales, dejando a los venezolanos dependientes de redes sociales para informarse. El ministro de Defensa, Vladimir Padrino López, condenó los ataques, pero apareció en solitario, no teniendo al alto mando detrás, como suelen ser sus mensajes. A diferencia del golpe contra Chávez en 2002, que generó movilizaciones masivas, no se observan protestas espontáneas en defensa de Maduro. Esta apatía refleja la fatiga colectiva ante un régimen que ha priorizado la lealtad ideológica sobre el bienestar, perpetuando una crisis humanitaria, e imponiéndose sobre los venezolanos bajo un esquema represivo, como quedó en evidencia tras las elecciones de julio de 2024.
Tampoco han ocurrido expresiones de júbilo en las calles. El miedo impuesto por el chavismo está presente entre los venezolanos. En Caracas, la capital amaneció en un silencio sepulcral: calles desiertas, comercios cerrados y transporte público paralizado. Residentes, temerosos de represalias tras las detenciones masivas post-electorales de 2024, optaron por el encierro. Un activista de derechos humanos, bajo anonimato, advirtió que el chavismo, incapaz de responder militarmente a EEUU, podría volcar su furia contra la población.
Esta dinámica expone el fracaso del chavismo en construir un apoyo popular genuino: en lugar de lealtad, prevalece el miedo, alimentado además por un control mediático que ignora los hechos, convirtiendo a Venezuela en una “representación distópica” donde la radio y TV evaden la realidad. Este 3 de enero los ataques de Estados Unidos no existieron para el sistema radioeléctrico privado y el oficialista se enfocó en la propaganda en favor de Maduro.
Del lado opositor, María Corina Machado, galardonada con el Nobel de la Paz en 2025 por su lucha pacífica contra el régimen, emitió una declaración contundente. Desde un paradero desconocido por seguridad, Machado celebró la captura como el “fin de la tiranía” y exigió que Edmundo González Urrutia, ganador legítimo de las elecciones de 2024 según la oposición, asuma el poder inmediatamente como comandante en jefe de las Fuerzas Armadas.
Analíticamente, estamos ante la mayor fragilidad del chavismo post-Chávez. Sin Maduro como figura central, el régimen depende de alianzas precarias entre los hermanos Rodríguez, Cabello y Padrino. Por otro lado, la falta de contraataque militar sugiere que las Fuerzas Armadas, corroídas por corrupción y purgas, no representan una amenaza creíble.
El mensaje de Trump. Este sábado, finalmente coloca la crisis venezolana en otra dimensión con una apuesta de gran aliento de Washington para respaldar una transición democrática, teniendo como contra partida una participación privilegiada para Estados Unidos en el sector petrolero de Venezuela, que cuenta con las mayores reservas probadas de crudo del mundo.
*Dr. en Ciencias Políticas. Investigador de la Universidad Andrés Bello.