Cartas francesas

Benjamin, entre la huella y el aura

Las cartas de Walter Benjamin recogidas en “Las cartas francesas (1919-1940)”, publicado por Ampersand, componen un territorio en el que la historia, el deseo, los sueños y la escritura dejan sus marcas. Entre la huella y el aura, el alemán, el francés y el inglés, este epistolario revela la intimidad material de un pensamiento y permite observar cómo la filosofía se prolonga en la elección de un nombre secreto, una caligrafía, un papel, una confidencia amorosa o el recuerdo de una pesadilla. En esa correspondencia, escrita bajo la amenaza del nazismo y el exilio, cada gesto privado adquiere también una dimensión política e histórica.

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Benjamin escribe en El libro de los pasajes sobre la huella y el aura: “La huella es la aparición de una cercanía, por lejos que pueda estar lo que dejó atrás. El aura es la aparición de una lejanía”. Quizá estas dos palabras de Benjamin, huella y aura, unan y separen al mismo tiempo. Pero ¿qué mejor espacio de circulación entre una carta y otra que estos intercambios epistolares, escritos en una época en la que él solo espera que el mundo “se haya liberado de la pesadilla hitleriana”?

En principio, la edición de Las cartas francesas (1919-1940) de Walter Benjamin cuenta con un prólogo de Valentín Díaz. Cada carta está acompañada de notas que la ubican en su época y la sitúan en su contexto político, histórico y filosófico.

En Benjamin, el género epistolar puede condensarse en estas palabras de T. W. Adorno que figuran en el prólogo: “Las cartas eran para él imágenes de la historia natural de aquello que sobrevive a la caducidad”.

La primera diferencia que puede advertirse en este epistolario es la del estilo, la manera diversa de escribir según las cartas estén dirigidas a hombres o a mujeres.

Las interlocutoras predominantes son Gretel Adorno, Hannah Arendt, Adrienne Monnier y Gisèle Freund; los interlocutores principales, Marcel Brion, Max Horkheimer, Francis Picabia y Gershom Scholem.

El freudismo. En una carta a Max Horkheimer, Benjamin despliega una crítica demoledora contra el libro de Michel Leiris Edad de hombre: “El libro demuestra suficientemente cuán poco importa a los surrealistas cualquier ortodoxia freudiana… Esto se debe en parte a la influencia que ejerce el freudismo sobre estos autores”. Agrega que Leiris había escrito su libro “después de un tratamiento psicoanalítico”.

Sus prevenciones respecto del psicoanálisis resultan llamativas si se tiene en cuenta un fragmento del prólogo que se refiere a la influencia que ejerció sobre él la novela El campesino de París, de Louis Aragon. Lo que allí se afirma es revelador respecto de la interpretación benjaminiana de los sueños: “Si bien el contacto con los surrealistas nunca se produjo con la intensidad esperada, Benjamin persistió aislado, en ese diálogo secreto con Aragon, incluso corrigiendo su idealización del sueño (pone en su lugar la dialéctica del despertar…)”.

En una carta a Gretel Adorno descifra un sueño que tuvo a partir de la letra D y de la “dialéctica del despertar”: no dudaría en llamarlo un hombre freudiano. Le cuenta a Gretel: “Una de las damas, mientras tanto, había comenzado con la grafología”. Describe entonces lo que ella ve: “Tiene en la mano una cosa escrita por él. Teme que el peritaje con que ella la lee devele alguno de sus rasgos íntimos”. Benjamin se acerca y ve una tela con una serie de imágenes; por sus detalles gráficos deduce que se trata de la letra D.

La conversación en el sueño gira alrededor de esa escritura y, en un momento dado, él dice literalmente: “Se trataba de convertir un poema en un chal”.

Benjamin firma las cartas a Gretel como Detlef. La primera letra era la D. Quien sueña es alguien para quien las letras importan.

Por cuestiones de seguridad, ella firma las cartas como Felicitas y él como Detlef. Hay numerosos trabajos sobre esa correspondencia. En alemán, el nombre Detlef significa “patrimonio del pueblo”. Sin duda, el nombre elegido revela ya, de manera irónica, una toma de posición.

El amor por Gretel Adorno lo conduce a un amor por la lengua. En una carta, al borde de la confesión amorosa, le escribe: “Resulta que me escribes en inglés y leo tus cartas sin dificultad alguna. Me pasa incluso que las descifro más fácilmente que si estuvieran escritas en alemán. Actualmente estoy en busca de un profesor para aprender inglés”.

Entre dos lenguas, el alemán y el francés, se encabalga la obra de Walter Benjamin, como bien afirma Jorge Panesi. A ellas podría agregarse una tercera, el inglés, lengua de algunas de las cartas entre Benjamin y Gretel.

Destinatarias desconocidas. Las cartas dirigidas a destinatarias desconocidas tienen un tono diferente, que introduce una modificación en el cuerpo de la correspondencia. Basta citar la que envía a una mujer cuyo nombre se omite: por la manera en que se dirige a ella, es evidente que se conocen. Usa la expresión “leona hermosa”. El erotismo irrumpe más como un ronroneo que como un rugido.

En otra carta a una desconocida se permite un diminutivo: “Extraño nuestras comiditas y nuestro conciliábulo mucho más de lo que te imaginas”.

La interlocutora le responde: “En la revista femenina Marie Claire, esto dice mi horóscopo y estos son los consejos que me dan: mi piedra fetiche es el zafiro claro o la amatista”. Con la respuesta de la destinataria desconocida, la conversación termina con palabras que podrían escucharse hoy: “Mi mascota: los peces”.

El territorio caligráfico. Al describir la singularidad de Benjamin como escritor de cartas, Díaz se refiere en su prólogo a la importancia decisiva que tenían para él los aspectos rituales del género epistolar: “En las cartas, esto llega hasta la imagen tipográfica, hasta la elección del papel”.

En su territorio caligráfico utiliza dos tipos de letra: la Kurrent alemana, “vigente con variantes durante siglos y hasta mediados del XX (fue prohibida en las escuelas en 1941 a través de un decreto nacionalsocialista)”, y la latina.

Al referirse al ensayo de Benjamin sobre la obra de arte, Valentín Díaz aclara que está escrito en alemán, pero en gran medida con caligrafía latina. También observa, con pertinencia, “que en esa mínima variación que se registra en el ensayo sobre la obra de arte, las vacilaciones filosóficas vitales encuentran en la caligrafía una manifestación corporal, íntima y a la vez histórica”.

Los géneros en los que escribió nunca avanzaron en una dirección única. Hay pasajes, y no solo los parisinos, en los que Benjamin va de un género a otro.

Basta evocar su sueño de la letra D. En ese sueño que le cuenta a Gretel comienza a describir la escena como un fetichista y un tipógrafo: “Esa parte de la letra estaba además provista de un pequeño velo de bordes azules y el velo se inflaba sobre el dibujo como si se encontrara bajo la brisa. Esa es la única cosa que pude leer”.