El día que Brasil decidió la caída de Juan Manuel de Rosas en la Batalla de Caseros y reconfiguró el poder en Argentina
La batalla de Caseros puso fin a más de dos décadas de hegemonía en la Confederación Argentina. Aquella victoria del Ejército Grande de Justo José de Urquiza abrió el camino a la organización constitucional y a un nuevo orden político en el país.
La mañana del 3 de febrero de 1852, hace 174 años, amaneció cargada de humo y pólvora sobre las llanuras de Caseros, en las actuales afueras de Buenos Aires: Juan Manuel de Rosas, conocido como el “Restaurador de las Leyes”, asistía a la desintegración de su autoridad construida durante más de dos décadas de control político, económico y militar en la Confederación Argentina. A diferencia de anteriores enfrentamientos regionales, este choque enfrentó no solo ejércitos provinciales, sino intereses estratégicos que trascendían las fronteras nacionales.
Allí, Rosas confiaba en el respaldo de las milicias federales y en la lealtad de su base, pero el Ejército Grande, al mando de Justo José de Urquiza, contaba con apoyo decidido del exterior. La coalición integrada por fuerzas de Entre Ríos, Corrientes, Uruguay y el Imperio del Brasil simbolizaba una alianza improbable que, sin embargo, transformó la batalla en un hito geopolítico.
Dicha intervención brasileña no fue meramente simbólica: fue logística, financiera y estratégica. El humo de los cañones en Caseros resonaba también en los despachos de Río de Janeiro, donde se comprendía que la caída de Rosas significaba abrir la puerta a la libre navegación fluvial y la reconfiguración del poder en el Cono Sur.
El combate comenzó a la mañana (cerca de las 8–9) y se extendió unas seis horas hasta primeras horas de la tarde
La última resistencia estuvo a cargo de la infantería de Díaz y la artillería de Martiniano Chilavert
Datos adicionales muestran que el Ejército Grande reunía alrededor de 30.000 hombres, entre ellos más de 4.000 soldados brasileños y 2.000 uruguayos, lo que refleja la magnitud internacional de la campaña. La batalla de Caseros duró aproximadamente seis horas, desde las 9 hasta las 15, y resultó decisiva para el destino político de la Argentina. Tras la derrota, Juan Manuel de Rosas abandonó el campo de batalla, renunció a su cargo y se exilió en Gran Bretaña, donde viviría hasta su muerte en 1877, dejando un legado marcado por la centralización del poder.
Oro y naves: la estrategia brasileña
El respaldo del Imperio del Brasil fue un factor clave para sostener la campaña de Urquiza. Documentos históricos de la época señalan que, en virtud de un tratado firmado en fines de 1851, el emperador Pedro II acordó aportar subsidios mensuales de 100.000 patacones por cuatro meses para sufragar los gastos de la campaña militar, una suma considerable para la época.
Seguido al financiamiento directo, Brasil movilizó tropas de infantería, caballería y artillería fluvial a lo largo del río Paraná, consolidando una presencia estratégica que facilitó el cruce de las fuerzas urquicistas hacia Santa Fe y el avance eventual hacia Buenos Aires. La flota brasileña jugó un papel fundamental en asegurar rutas y consolidar posiciones militares.
Así, el emperador Pedro II, Caseros representaba una oportunidad histórica de consolidar al Imperio como árbitro del equilibrio regional tras décadas de tensión con Buenos Aires. El respaldo financiero y militar no solo respondió a intereses comerciales, sino a una lógica de poder que buscaba asegurar el libre tránsito por los ríos interiores y desplazar cualquier hegemonía que pudiera desafiarlo.
Ríos libres y un nuevo orden sudamericano
La apertura de los ríos Paraná y Uruguay fue uno de los logros más duraderos de la intervención brasileña. Rosas había limitado el tránsito fluvial para proteger los intereses de Buenos Aires y monopolizar la exportación de productos agrícolas y ganaderos. Acto seguido a la caída del caudillo, Brasil consiguió que estas vías quedaran libres, permitiendo que provincias como Mato Grosso y Río Grande do Sul tuvieran acceso directo al Atlántico, fortaleciendo la integración económica y comercial interna del Imperio.
Así, la caída de Rosas dejó un vacío de poder que rápidamente fue ocupado por Justo José de Urquiza, gobernador de Entre Ríos, quien se convirtió en la figura central del nuevo orden político. Urquiza impulsó la reorganización institucional del país, convocando a la Constituyente de 1853 que dio origen a la Constitución Nacional, diseñada para limitar el autoritarismo centralizado y equilibrar las relaciones entre las provincias y Buenos Aires. Su liderazgo marcó el inicio de un período en el que el poder ejecutivo debía negociar con los distintos intereses provinciales y con las fuerzas externas.
Se la suele considerar la batalla más grande de la historia argentina por la cantidad de efectivos enfrentados
Si bien Urquiza asumió la presidencia y buscó consolidar la autoridad nacional, Buenos Aires mantuvo un poder económico y político significativo, resistiendo la centralización y defendiendo sus intereses comerciales. Esta división permitió que Brasil continuara ejerciendo un control indirecto sobre el equilibrio regional, asegurando la libre navegación de los ríos interiores y favoreciendo sus rutas.
MV / EM