ENTREVISTA a thomas moynihan

La fragilidad humana

Hay ideas que inquietan porque obligan a cambiar el modo en que nos pensamos. La posibilidad de la extinción humana es una de ellas. En esta entrevista exclusiva con PERFIL, Thomas Moynihan –autor de Riesgo de extinción..., Adriana Hidalgo Editora– recorre ese territorio incómodo donde la filosofía, la ciencia y la historia se cruzan para desmontar una vieja ilusión: la de una humanidad destinada a perdurar. Desde los riesgos tecnológicos del presente hasta la vastedad indiferente del cosmos, su mirada invita a asumir la vulnerabilidad no como una derrota, sino como el punto de partida para imaginar –y construir– un futuro que todavía está abierto.

Foto: gentileza: Adriana hidalgo editora

El futuro es una noche que se oculta. La falta de un conocimiento seguro del porvenir, alimenta la necesidad de preverlo. Esa previsión puede surgir de la creencia religiosa, de estudios culturales orientados a la utopía o la distopía, o de la proyección de lo venidero desde el clima y la ecología.

En la cumbre de la autoconfianza del sujeto moderno, la filosofía de la Ilustración en el siglo XVIII auguraba progreso continuo, incremento del bienestar y solución de los conflictos por la razón. Optimismo hoy viciado de ingenuidad. Porque en el horizonte actual la conciencia crítica demanda asumir nuestra fragilidad, no a la manera existencialista de la filosofía del siglo XX, sino desde un estudio racional a partir de sabernos en riesgo, y elegir los mejores movimientos de timón para una gestión del futuro que impida un colapso posible.

En este ritmo del pensamiento resuena la obra principal de Thomas Moynihan: Riesgo de extinción; cómo la humanidad descubrió su propio final, publicado recientemente en español por Adriana Hidalgo Editora, con traducción de Alejo Ponce de León, y presentación por Tomas Borovinsky.

Moynihan es historiador de las ideas y escritor. Actualmente es investigador asociado en el Centro para el Estudio del Riesgo Existencial de la Universidad de Cambridge. Fue conferenciante en las universidades de Stanford, el MIT, y el Tai Kwun Contemporary de Hong Kong.

En Riesgo de extinción..., Moynihan investiga la mutación cultural por la cual la especie pasa de la autoatribución de inmortalidad a aceptar la posibilidad de la extinción. Su intenso análisis comienza desde una línea del tiempo del Riesgo X, el riesgo de extinción, hasta vastos capítulos que unen la historia y el pensamiento con ciencias como la astrobiología o la geociencia.

 En su momento, el filósofo Günther Anders afirmó que el día de la explosión nuclear de Hiroshima comenzó la era de la posibilidad de nuestra autoextinción. Ya antes, en las gradas del pensamiento moderno, Arturo Schopenhauer había postulado la extinción humana como vía para la liberación del dolor.

 Pero navegar en las aguas del saberse en riesgo de extinción, no desvía de la actitud de proteger la continuidad del proyecto humano dentro del planeta Tierra que flota en el “cosmos indiferente”.

 La aceleración del desarrollo tecnológico inyecta progreso innegable en las venas de la historia, pero, a la vez, acrecienta el peligro de autodestrucción, el omnicidio, según un concepto del autor. Y, en definitiva, la preocupación por comprender las posibilidades de extinción, no es desánimo pesimista sino el “deber de construir un futuro mejor”.

 Thomas Moynihan aceptó contestar unas preguntas para PERFIL sobre la dinámica de la historia, el presente y el futuro desde la fragilidad de nuestra especie.

 —Thomas, tu obra “Riesgo de extinción” y su desarrollo del pensamiento sobre la extinción humana tiene un valor en sí mismo, pero más allá de esto, ¿cuáles son tus motivaciones personales para abrazar esta temática con una intensa pasión que se esparce en las más de 500 páginas de tu libro?

—En el libro, sostengo que la ‘extinción humana’ es una noción moderna, ausente en la sabiduría de épocas pasadas. Es decir, antes de cierto punto en nuestra historia, la gente no hablaba ni pensaba en la desaparición de los seres humanos –y en la continuación del resto del universo sin nosotros–.

Entonces, para responder a tu pregunta: gran parte de mi motivación fue presentar el mejor argumento posible de que los seres humanos somos capaces, al menos a veces, de alcanzar ideas genuinamente novedosas. Esto me motiva no solo porque creo que es verdad, sino porque lo encuentro emocionante: si ha sido cierto en el pasado, eso significa que todavía quedan conceptos genuinamente nuevos por descubrir en el futuro. Prefiero eso a la idea de que ‘no hay nada nuevo bajo el sol’ y que todo descubrimiento es, en realidad, una recuperación. A veces, hay personas que me rebaten afirmando que los antiguos sabían todo lo que sabemos hoy; pero creo que hay un caso evidente de que el hombre de Cromañón no comprendía la nucleosíntesis del Big Bang.

 —En el capítulo 1, “Un fin del mundo muy racional”, mencionas el libro de Nick Bostrom “Superinteligencia”, y su definición de riesgo existencial, lo que llamas “riesgo X”. ¿Cuáles son posibles ejemplos de ese riesgo de cara al presente y al futuro inmediato?

—La gama de los riesgos existenciales (x-risks) reconocidos se divide entre amenazas naturales y antropogénicas. Las primeras van desde supervolcanes hasta supernovas cercanas; las segundas comprenden catástrofes derivadas de una guerra termonuclear, virus de ingeniería y la inteligencia artificial.

Lo que dificulta las afirmaciones sobre la probabilidad de estos riesgos es que resulta mucho más sencillo evaluar las probabilidades de eventos que tienen un historial de ocurrencia. Sin embargo, dado que estás leyendo esta frase, la extinción humana aún no ha sucedido nunca. No obstante, los expertos sostienen que los factores antropogénicos tienen más probabilidades de causar nuestra extinción.

Un punto más amplio que añadiría es que casi todos los riesgos existenciales que los investigadores toman en serio hoy fueron descubiertos o comprendidos hace muy poco en la historia: en la mayoría de los casos, en las últimas décadas. Esto es inquietante: implica que hay muchos más peligros por descubrir; amenazas acechantes que aún ni siquiera podemos comprender. Por el contrario, ha habido muchos desastres que preocuparon a los científicos en el pasado y que, desde entonces, se ha demostrado que se basaban en premisas erróneas.

 — En la modernidad, tras la revolución científica, la conciencia de la precariedad humana se fortalece. Pascal, por ejemplo, y su angustia por nuestra fragilidad ante el espacio infinito. Y como señalas en el capítulo ‘Silencios cósmicos: astrobiología’, hoy nos sabemos una ‘frágil excepción’ en el cosmos. ¿De qué forma esta conciencia de nuestra insignificancia promueve la meditación sobre la posibilidad de nuestra propia extinción?

 —Sí, aunque la historia es un poquito más complicada. La revolución científica, según algunos relatos, comenzó con la Revolución Copernicana: la comprensión, gracias a los cálculos de Kepler y las observaciones telescópicas de Galileo, de que la Tierra orbita alrededor de una estrella que no es más que una entre muchas, dentro de un universo inabarcablemente grande. Inicialmente, esto hizo que los humanos se sintieran pequeños, pero no los hizo sentirse solos.

Es decir, la gente imaginaba que todos los demás planetas, orbitando todas las demás estrellas, estarían poblados por –lo adivinaste– humanos. En consecuencia, era imposible que los humanos se extinguieran. Si un planeta poblado es destruido, importaba poco, porque hay incontables otros. Durante los inicios de la Ilustración, muchos pensadores usaron este argumento para afirmar que la humanidad era, en sí misma, indestructible dentro de la naturaleza. ¡Pascal estaba entre ellos! Fue recién en la Ilustración tardía cuando comenzó a surgir la conciencia de que los humanos podrían no ser el resultado inevitable de la evolución, infundiendo así un sentido de precariedad cósmica. Esto no provino de mirar hacia el espacio exterior, sino de explorar el desarrollo prehistórico de nuestro propio planeta a través del tiempo.

—Le dedicas en tu libro un muy interesante capítulo a lo geociencia. ¿Cuál es el valor de esa temática central en tu tesis?

—Como se insinuó en la respuesta anterior, tuvimos que mirar hacia adentro, hacia las profundidades de nuestro planeta, para empezar a darnos cuenta de que el homo sapiens no es el resultado inevitable de la evolución. Este hallazgo, surgido del estudio del registro fósil, acabó difundiéndose por todo el cosmos: infundió la sensación de que, al contrario de lo que suponían las generaciones anteriores, no se encontrarán humanos en cada planeta habitable.

Los seres humanos conocen los fósiles desde hace mucho tiempo: existen informes de la Antigua Grecia y de China sobre personas que los descubrieron. Pero fue recién a partir de principios del siglo XVIII cuando los científicos empezaron a ser capaces de armar suficientes informes sobre grandes huesos petrificados para darse cuenta de que estos no representaban aberraciones extrañas ni excepciones monstruosas, sino especies enteras que alguna vez prosperaron y ahora estaban extintas. Esto se debió en gran medida a la consolidación de las redes de comunicación globales y, por ende, al surgimiento de una comunidad científica internacional atenta a los hallazgos de fósiles en distintos continentes.

 —Hoy, una continua y excitante sobreoferta de consumo incentiva un deseo de satisfacción inagotable. ¿Desde qué argumentos se puede suspender ese ruido del deseo infinito de la satisfacción para obtener atención sobre la importancia de la conciencia del riesgo-X?

—Esa es una pregunta muy interesante. Personalmente, no estoy para nada convencido de que la aparente infinidad de distracciones que parecemos estar produciendo para nuestro propio consumo representen, por sí mismas, un riesgo existencial (x-risk). Aunque eso no quiere decir que no puedan contribuir a un entorno general más riesgoso: al erosionar la confianza, la verdad, el bilateralismo, o lo que sea.

No obstante, resulta al menos interesante que exista una larga tradición de pensadores –que se extiende desde la era victoriana hasta el presente– que sostienen que existe el riesgo de ‘distraernos hasta la muerte’. Conviene ser cuidadosos al rondar tales preocupaciones: las ideas sobre el sobreconsumo están intrínsecamente cargadas de matices moralistas, lo que significa que es difícil desenredar la verdad fría de las sensibilidades inflamadas.

 —¿Qué es el omnicidio en tu pensamiento?

—El omnicidio es un pensamiento verdaderamente perturbador: la autodestrucción de la especie. Esto puede ocurrir por accidente, como en el caso de una guerra nuclear, pero también puede ser intencional. Esto último lo encuentro aún más inquietante; sin embargo, varios filósofos, al menos desde el siglo XIX, han sostenido que esto sería algo bueno.

Arthur Schopenhauer, por ejemplo, pensaba que la cura para el sufrimiento humano era la abstinencia universal. Sus herederos alemanes, desde Eduard von Hartmann hasta Philipp Mainländer, llevaron esto aún más lejos. Al mismo tiempo, hay algo antiguo en esta inclinación: Agustín de Hipona, por ejemplo, dijo una vez que sería bueno que los humanos dejaran de reproducirse, porque esto marcaría el inicio del Fin de los Tiempos y cerraría el libro de la existencia secular. No estaba solo: los cristianos medievales pensaban que este mundo era un ‘valle de lágrimas’, lleno de angustia y pecado, y deseaban activamente que todo terminara.

 —Para terminar, en el capítulo “Salvación física: la vocación”, ante el desgaste ambiental del planeta mencionas a Konstantín E. Tsiolkovski (1857-1935), el científico ruso y soviético, pionero de la astronáutica, y su llamado a poblar el sistema solar. ¿Los viajes interplanetarios y la colonización espacial será nuestra última oportunidad obligada frente a la degradación futura del planeta y antes de la destrucción entrópica final del universo?

—Bueno, ciertamente no creo que sea obligatorio. En el libro, argumenté que sobrevivir es un ‘deber’ para nosotros, por encima de todo lo demás. Pero, desde entonces, he modificado un poco mis puntos de vista. Un deber tan primordial puede, de hecho, abrumar las cosas que hacen que la supervivencia valga la pena en primer lugar.

Ahora tiendo a pensar que la supervivencia, durante el mayor tiempo posible, sería excelente, pero no obligatoria. El término técnico para esto es ‘supererogatorio’. Pero en la medida en que creo que todos deberíamos aspirar a la excelencia, creo que todos deberíamos esforzarnos por lograr tal resultado. Actualmente, el universo parece estar casi completamente desprovisto de influencia inteligente. Creo que un universo lleno de arte, belleza y artefactos creados por mentes es preferible al actual, que parece estar dominado en gran medida por radiación sin sentido y energía desperdiciada.

Y para responder a tu último punto: según nuestra comprensión actual de la cosmología, no hay escapatoria de esa muerte entrópica final. Pero no tiene sentido preocuparse, porque entre el ahora y ese momento hay un tiempo inimaginablemente largo: una cantidad de años con unos treinta o cincuenta ceros al final. Eso es tiempo de sobra para hacer cosas significativas; potencialmente, cosas mucho más trascendentes de lo que los organismos cooperativos como nosotros han logrado jamás. 

*filósofo, escritor, docente. Su página cultural es La Mirada de Linceo: www.estebanierardo.com.
 

 

¿Por qué una historia del futuro? (*)

“El argumento principal del libro es que la extinción humana es una idea comparativamente nueva, una idea inaccesible durante casi toda nuestra existencia como especie. El homo sapiens existe desde doscientos o trescientos mil años, pero recién durante los últimos dos siglos los miembros de nuestra especie comenzaron a contemplar la posibilidad de que algún día podrían dejar de existir para siempre. Por las razones que se detallan a continuación, en la mayor parte de la vida de la humanidad (aproximadamente el 99,9% de nuestro tiempo en la Tierra) esta fue una idea que estuvo fuera de nuestro alcance conceptual.

En este punto, algún lector podría tener ganas de intervenir para señalar que los seres humanos han estado profetizando el fin del mundo desde tiempos inmemoriales. Pero esta es la segunda afirmación importante del libro: que las antiguas profecías míticas y bíblicas sobre el apocalipsis no son lo mismo que las predicciones sobre extinciones masivas. De hecho, apocalipsis y extinción no solamente son ideas distintas entre sí, dijimos que además son incompatibles y contradictorias. En resumen, donde el apocalipsis asegura el sentido de un final, la extinción anticipa el fin del sentido. Esta distinción requeriría un poco de análisis, pero, por ahora, tengamos en cuenta que comprender el hecho de nuestra propia extinción requerirá que nos interpretáramos como una especie biológica dentro de un cosmos desacralizado, y esta es una imagen de nosotros mismos y de nuestro mundo que encontró una posibilidad de desarrollo recién durante el periodo que los historiadores definieron como la Ilustración.  

Por supuesto, la naturaleza novedosa de una idea no necesariamente garantiza su importancia. Pero la tercera afirmación de este libro es que el hecho de haber llegado a comprender la perspectiva de nuestra propia extinción resultó excepcionalmente importante para la civilización humana. Es un descubrimiento innovador en grado sumo y debería reconocerse como uno de los rasgos definitorios de lo que llamamos “modernidad”. De hecho, se encuentra entre los hitos intelectuales más relevantes de la historia de la especie humana. ¿Qué otras especies nacidas en la Tierra pueden pensar en su propia desaparición, y muchos menos asumirse responsables de ella utilizando la ciencia para predecirla y tal vez prevenirla? Ningún otro animal del planeta puede comprometerse de esta manera con la responsabilidad de su propio destino.

Pero ¿por qué mirar hacia atrás? Después de todo lo importante es el futuro mismo y no su historia, ¿verdad? La respuesta está en que recordar como llegamos a nuestra situación actual (una posición de poder y precariedad en simultáneo) nos permite presentar una hipótesis novedosa de por qué debemos dedicar más esfuerzos a proteger el futuro del proyecto humano, incluso a pesar de los muchos fracasos y pecados imperdonables que han arruinado su pasado.

 (…) El ser humano ha llegado a definirse a sí mismo como el animal racional, una noción que se niega a desaparecer a pesar de las críticas ácidas a las que ha sido sometida en los últimos tiempos. Ser racional es simplemente ser responsable de uno mismo. Y ser responsable de uno mismo no significa más que volverse sensible a los riegos que uno corre”.

(*) Fragmento de Thoman Moynihan, Riesgo de extinción: cómo la humanidad descubrió su propio final, Adriana Hidalgo Editora.