En la tapa, Jorge Luis Borges posa cuchillo en mano frente a su infinito destino sudamericano. El fotograma reproducido de Borges de la película de Luis Di Zeo y Tadeo Bortnowsky, donde el ciego escritor tantea el horizonte y sus antepasados revivos en el Juan Dahlmann del cuento El sur, es la promesa de la nueva batalla que cifra su escritura, con la amenaza de la barbarie de la sociedad civilizada pisando los talones. Tomó Georgie media botella de Pernod, el cachet que pidió en 1975 para el único papel de su vida en los tiempos que de derecha a izquierda se lo entroniza Nobel, y arremete en territorio, tantas veces imaginado y entrevisto, de cuchilleros y fantasmas reales. Buscaba tal vez encontrar un orden a la salsa criolla. Veinte años después, Beatriz Sarlo, desconcertada por las múltiples menciones a lo borgeano sin clivaje argentino, enfrenta aquel laberinto cosmopolita de Borges y lo reterritorializa en la cuestión política, en la ciudad, en la lengua, en la ficción, donde “lo deseado y la seguridad de que todo orden tiene consecuencias desconocidas y terribles [que] se unen a la desquiciadora serenidad de su escritura”.
En el iluminador Borges, un escritor en las orillas (Siglo XXI), la gran intelectual culmina el trabajo crítico sobre la cultura nacional que emprendió en los 80, y en este año borgeano demuda el cómo leer al escritor más conocido del país, que siempre huye “hacia el Sur por arrabales últimos”.
Conocido no es lo mismo que leído. Aquello que presentía Luis Gregorich a mediados de los 70 en sus diatribas del diario La Opinión, “cuando la gente lee menos sus libros que sus declaraciones en las revistas”, hoy proliferantes en las redes, y Jaime Alazraki, amigo personal del gran fabulador, cuestionando que ya existían en 1973 más didascalias que huesos borgeanos, es también la cancha embarrada que Beatriz Sarlo peina durante cuatros conferencias en Cambridge en 1992. Editada un año después en Londres, la versión local tardó un par de años; la originalidad de la operación Sarlo de leerlo sin reverencias renovó la comprensión del cuentista de Ficciones, quien lejos de esquivar el bulto encaraba los debates ideológicos y teóricos del último siglo con su aire irónico, desconcertante y ladino. Este libro de Sarlo, asimismo, hace bloque conceptual en los mismos debates junto a El imperio de los sentimientos (1985), Una modernidad periférica: Buenos Aires, 1920 y 1930 (1988) y La imaginación técnica: Sueños modernos de la cultura argentina (1992). En un giro iniciado en Literatura/sociedad (1983) con Carlos Altamirano, Sarlo se despoja del residual estructuralismo y se coloca “en un margen inestable de la crítica”, palabras de Daniel Link, para abordar el devenir de la cultura y la política, en Buenos Aires, y en un país.
“La defensa borgeana de una literatura racionalista fantástica es una respuesta frente a lo que, ya en los años 30, se consideraba el desvío irracionalista de Occidente: el fascismo, las formas reales del comunismo, el desorden de la democracia de masas, cuyo aspecto plebeyo disgustaba a Borges tanto como el autoritarismo antiliberal. Aunque Borges hubiera seguramente rechazado esta lectura de su literatura fantástica, sin embargo es posible ver en ella una respuesta figurada al irracionalismo y al estado de la cultura contemporánea”, despeja Sarlo, y sentencia que jamás fueron abrevaderos del autor de La busca de Averroes las oscuras tendencias del maravilloso moderno de un compañero de ruta también destinado a parir la literatura auténtica nacional, contaminada de mezcla y tahúres. Y mientras ese enemigo íntimo Roberto Arlt mira a los rascacielos, las fórmulas industriales y la radio en abismos, Borges vuelve a la tradición para “retomarla y pervertirla”.
Borges, vos sos el primer orillero. A través de otras inquisiciones, Beatriz Sarlo señala que “si la defensa de la autonomía del arte y del procedimiento formal es uno de los sustentos de la poética de Borges, el otro (conflictivo y asordinado) es la problemática filosófica y moral sobre el destino de los hombres y las formas de su relación en sociedad”. Este pudor ante la historia se amontona en los pliegues, en las periferias, en los filos, en los cuales la ensayista pule la máquina borgeana. “El pasado como napa de sentidos que se transfieren al presente, y como roca del tiempo que no volverá a emerger a la superficie”, sostendría la intelectual recientemente fallecida, columnista destacada de este diario, en tesis posteriores, pero ya motor en su abordaje de los noventa a la totalidad de Borges, hecha de fragmentos del pasado y el presente, que se mueve entre las cosas, en un movimiento transversal y nómada, socavando las orillas.
Absoluto iniciador de nuestro paradigma de la literatura, en el doblez y el espejo de la ficción universal, en los márgenes de la infamia –que a propósito en la cultura judía se asimila a la broma, Borges un entendido de la Cábala y su utopía de los significados–, Sarlo apuntala en sus cuentos y ensayos el límite como navaja y metodología. Y marca la figura fundamental del poeta pobre Evaristo Carriego, que exaltó al guapo, al malevo, a la costurerita que dio el mal paso, en el camino fundador del Borges que rescata la vida en la oralidad de la calle y en los carros fileteados. No todo es vigilia la de los ojos abiertos.
Así, la enunciación colectiva de Borges da letra en el preciso borde de la nación moderna que se imagina en una re-colección de lenguajes, flujos materiales y energéticos, entidades in-corporales y de ideales sociales y estéticos. “Borges se planteó el problema no solo de cómo narrar sino de cómo narrar en Argentina”, puntea compadrita Sarlo, conteniendo futuros simulacros nacidos liminares.
Poema conjetural. En el ensayo narrativo de La esfera de Pascal, Jorge Luis Borges inicia con una postulación consabida: “Quizá la historia universal es la historia de unas cuantas metáforas”, y concluye: “Quizá la historia universal es la historia de la diversa entonación de algunas metáforas”. La edición definitiva de Borges, un escritor en las orillas entona en contradicción y divergencia una teoría de la cultura criolla, a la manera del maestro, en su año de panegíricos almidonados y filisteos en el templo. Ambos buscan un espacio de ficción en lo real para que los hombres puedan reconocerse.
Borges y Sarlo, reconociendo que la traducción de las utopías, imbuida de escepticismo y curiosidad universal, no es imposible ni espantosa, sino necesaria. Y no necesitar más héroes ni dioses.