Sonoro
Diría que hay silencio, pero no porque suenan las teclas (me dicen siempre que las golpeo como si fueran de máquina de escribir y que escribo con dos dedos como si fuera cana).
Encuentro un videíto de cuando fuimos al arroyo Ubajay, hace poco. Filmé un camalotal deslizándose por el agua, arrastrado por una corriente perezosa. Subí al máximo el volumen y se escucha, muy apenas, el roce de las hojas en el agua, un frufrú como si una damisela arrastrara el ruedo de su vestido de seda en un charco. El paisaje de esa tarde fría de sol, vuelve a la memoria sonoramente. El camalotal corriente abajo. Unos tipos que se instalan cerca y se ríen fuerte. Una bandada de cotorras que pasa, con ese parloteo incesante que las hace tan graciosas.
Busco otras fotos en el álbum del teléfono. No de ese viaje, de otros incluso lejanos en el tiempo. Me doy cuenta de que caiga en la imagen que caiga, si me esfuerzo, podría recordarle un fondo sonoro. No soy el personaje memorioso de Borges, pero quiero decir que, si me esfuerzo, a cada imagen podría armarle ese relato, el de los ruidos del ambiente: las risas de las adolescentes participantes de un concurso de belleza con las que compartimos hotel en Guayaquil; las patas del caballo tirando de una canoa en los Esteros del Iberá; las hojas secas que el viento llevaba escaleras abajo en la escalera famosa de El Exorcista, en Washington; el crujido de un sofá viejísimo en un hotel de Montevideo donde me senté para sacarme una foto; las copas de los cipreses moviéndose en el cementerio de Camilo Aldao; las brasas crepitando bajo la parrilla en una foto del verano pasado… A este mundial también lo viví así. Sin mirar los partidos, imaginándolos por los silencios o los gritos que venían de la calle, de los edificios vecinos o de la casa de al lado.
Ahora mientras escribo esto es de noche y no pasa ni un auto en la calle. Estoy sola y diría que hay silencio, pero no porque suenan las teclas (me dicen siempre que las golpeo como si fueran de máquina de escribir y que escribo con dos dedos como si fuera cana) y la heladera arranca y cuando no, justo se hace el hielo automáticamente y desciende al depósito del freezer como si cayeran piedras. Cuando era chica, me acuerdo, había un dicho: “cayó piedra sin llover”, esa frase también tiene un sonido propio. Si me estiro, la columna y el cuello hacen clac, y si me saco el pelo de la cara y lo pongo detrás de la oreja también los mechones hacen un ruido como un susurro.
Hace poco compré un libro que se llama Saruru nieve al sol; tiene un subtítulo que dice: diario de onomatopeyas, aunque en el prólogo su autora Cammi Cho explica que no son tales. En coreano existen palabras que no tienen un equivalente exacto en español, se llaman ideófonos y no describen el sonido de algo, sino el modo en que sucede, cómo se siente, se mueve, cambia. Por ejemplo: “deul-sseok-deul-sseok”: el cuerpo quería salir. Mi corazón no tanto. “Chuk chuk”: me senté en el pasto sin pensar. La humedad me recorrió la espalda. “Bu-seul-bu-seul”: el viento me despeinó, y no hice nada por arreglarlo. “Gan-jil-gan-jil”: me cosquilleaba el pecho y me emocioné sin razón. Es un libro precioso de una editorial que sólo edita traducciones del coreano y se llama Hwarang, se las recomiendo, tienen bellecitas como esta. Y este libro, que está ilustrado muy bonito por Cristian Manjarres, me hizo acordar a otra rara belleza: Diccionario de ruso, de Marina Berri, publicado por Dábale arroz. Ambos hablan del significado de ciertas palabras que, más que simples trazos en el papel, son modos, maneras, de decir.
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