Un sólido punto de partida
Luis Chitarroni por sus amigos representa para la literatura argentina no solo un homenaje (sustantivo que seguramente Chitarroni desecharía por ceremonioso pero sobre todo por imperativo de clausura) necesario y merecido a quién fuera una figura impar en el ámbito cultural en lengua castellana, tal como él mismo calificara en uno de sus admirables artículos a José Bianco, escritor con el que en más de un sentido se espejaba, sino también, un punto de partida que el paso del tiempo y la insistencia en algunas buenas y sanas costumbres, acaso logren trocar ese gesto inaugural en una bienvenida tradición: tradición que de establecerse, se sostiene sobre plataformas que otras prácticas construyeron y en las que esta iniciativa editorial apalancada por Claudia Melnik, poeta, narradora y aquí amiga y figura aglutinadora, se reconoce. Y como no podía ser de otra forma y tratándose de quien se trata, el rito que este libro convoca, no es otro que el que hace años y desde distintos ámbitos, ejercita la sigilosa amistad inglesa.
¿Cómo se lee, qué se dice y qué se escribe sobre un libro que presta testimonio al pasaje feliz de una vida sin transgredir una regla de hierro para todo reseñista que consiste en eludir la siempre tentadora primera persona del singular? Lo que aquí se encuentra son textos cuyas formas resultan en una suerte de alquimia de sentimientos diversos, claro está, también de confirmaciones estéticas: un buen estilo tiene la obligación de sobreponerse al canto de sirenas de la tristeza y el sentimentalismo, aún si se trata de recordar a un amigo que se extraña. Así, y solo como muestras para ejemplificar, no es sorprendente constatar que las aportaciones de Ariel Schettini, Alan Pauls y Matías Serra Bradford, se mantienen a una distancia prudencial del ensayo, los textos de María Sonia Cristoff y Laura Ramos experimentan la crónica de modales intimistas y el de Gabriela Esquivada se decide por el recuerdo de una amistad literaria de contornos míticos: la que Luis Chitarroni tuvo con Carlos Eduardo Feiling. Tal el nombre completo que consigna la solapa de la primera edición de Un poeta nacional (Ed, Sudamericana, 1993) y que no es nada improbable que haya resultado un chiste y un guiño cómplice del editor hacia el novelista que sentía el nombre Carlos como “una imposición ridícula” y prefería el minimalismo caligráfico de las iniciales C.E.
Si la ingente actividad que llevó a cabo con la lectura y el lenguaje, sea como editor, novelista, cuentista, periodista cultural, ensayista o amable erudito, requiere de un subrayado redundante, lo que termina de confirmar este libro de voces amorosas, que tal vez en un futuro hagan de sus ecos una biografía de prosa alambicada, es que nadie leyó tanto y tan bien como Luis Chitarroni y que posiblemente el mayor de sus méritos (si es que los méritos requieren del estatuto de los raitings) tal como recordó Rafael Cipppolini, fue haber traficado literatura en cada lugar en el que estuvo y ennobleció.
Luis Chitarroni por sus amigos
Autores: Varios
Género: ensayo
Editorial: La Bestia Equilátera, $ 29.000
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