opinión

Ni dueño ni cadete: entrenador

Gallardo. Fue amo y señor de River. Y no le fue bien. Foto: SERGIO PIEMONTE

Ahora que bajó un poco la espuma del affaire Gallardo, es un buen momento para recordar que Gallardo asumió su segundo ciclo en River después de haber dado poco menos que un golpe de Estado. Demichelis había cometido un error de principiante: hizo un off de récord con periodistas en el que criticó a varios jugadores referentes, y eso, obviamente, en cinco minutos se filtró. Con resultados menos buenos que en el campeonato anterior, rápidamente Demichelis comenzó a ser objeto de un trabajo de serrucho por parte de Gallardo, sus aliados y periodistas amigos. El asunto prosperó y Gallardo tomó el poder con, según parecía (y seguramente él creía) un fixture muy favorable en la Copa Libertadores que debería llevar a River sin problemas a las semifinales (recién ahí las cosas podrían volverse más complicadas). Pero, como sabemos, nada de eso ocurrió. Y el segundo ciclo de Gallardo, en todos los campeonatos, transcurrió con más pena que gloria, hasta que decidió irse otra vez con un golpe de efecto. Primero un video “conmovedor” (en el que no agradece ni menciona una sola vez a los jugadores) y luego el partido de despedida contra Banfield armado para exponer a los jugadores a los silbidos y salvarse él, responsabilizando únicamente a los players de no ganarle a nadie. Junto con Riquelme no hay otro como Gallardo en el fútbol argentino para manipular a la opinión pública, hacer alta política, no dar puntada sin hilo, y ser siempre, siempre, siempre, calculador y estratégico. 

Gallardo tuvo mucho poder en River, no era solo un director técnico sino un CEO, un gerente general del fútbol y todo lo relacionado a él (entre ellos muchos de los negocios). Es evidente que Coudet no va tener ese rol, ni esa potestad, ni ese poder. Pero queda abierta una pregunta, que va más allá de Gallardo, y que tiene que ver con la relación entre un club y su director técnico. ¿Cuánto poder hay que darle a un director técnico? Por supuesto que hay algo anterior: el poder no se recibe, se gana. Gallardo, técnico joven que venía de salir campeón con Nacional de Montevideo, no entró con ese poder. Lo fue construyendo de a poco, proceso que tocó su cumbre en la final en Madrid. Pero hay técnicos que ganan, y simplemente ganan en espaldas, y otros, como Gallardo, que ganan y van por todo. Por lo tanto, ¿deben los clubes darle todo a los técnicos? El caso opuesto es Boca: Riquelme no les da nada. Así le va. Tal vez, para decirlo con una frase remanida, la verdad se encuentre en la ancha avenida del medio. Está claro que darle tanto como le dio River a Gallardo fue un error. A alguien a quien llaman Napoleón le debe pasar muy fácil ser ganado por la soberbia. Pero lo que hace Riquelme, buscar técnicos sin peso propio, que le estén eternamente agradecidos por llegar ahí y que acepten todo sin chistar (y si chistan, se los raja como a Battaglia), es igualmente un error grave. Buena parte del éxito de un equipo está en ese enlace, en esa dialéctica, esa relación entre dirigentes y el técnico. No es un asunto fácil. River y Boca lo padecieron a diario en los últimos años.