Que venga el que tenga que venir
Tras la inolvidable victoria ante Egipto, la pasión de los hinchas vuelve a ocupar el centro de la escena. Antes del cruce con Suiza, una reflexión sobre lo que representa la Selección para los argentinos.
Todavía hay emoción en el aire. Todavía hay espuma bien arriba. Todavía se comenta lo que pasó el miércoles pasado. Preguntando dónde se estaba mirando o como se gritó el gol. Y cada uno todavía cuenta emocionado y con sonrisas con quién y cómo lo vio.
Pasó Egipto, viene Suiza. Llegan los cuartos de final. Argentina era el único sudamericano (americano también). Había también 6 europeos y un africano. Ahora ya no está Marruecos. Somos minoría. El último bastión contra el viejo continente.
La locura desatada por esta Selección es única. Las redes sociales son las grandes responsables. Eso seguro. Habrá que hacer un estudio de por qué el gol produce tanta felicidad. Si al fin y al cabo la vida no cambia en nada, casi. Apenas un rato efímero de alegría y después todo a la normalidad. A trabajar, estudiar o lo que sea que toque al otro día.
Habrá que ver qué hace que la necesidad de gritar a viva voz o de abrazarse al primero que te cruzás sea tanta. Habrá que ver por qué emociona tanto algo que de verdad no hace más que permitirte chapear un poco si hay un amigo de otro país.
Quizás todo se resume en que el argentino es argentino siempre. Se banca las cargadas de ser pobre y hasta de que le rompan billetes en la cara en partidos internacionales, de vivir en corrupción, de ser desordenado, gritón, pretensioso, fanfarrón. Y no le importa. Se jacta de eso.
El formidable estadio de Kansas, escenario de Argentina-Suiza. La Scaloneta venció ahí en su debut a Argelia.
Canta y baila donde sea. Demuestra pasión. En este Mundial sabe bien que todos lo están mirando. Filmando sus ocurrencias. El subirse a un carro de bombero, bailar con la policía que había venido a parar el festejo, cortar la calle o copar un estadio.
O que se viralice el colectivero que para todo en medio del recorrido para festejar el 3/2. O la señora que fue a la farmacia en el 0/2 y la hicieron quedar porque mientras la atendían Argentina empató el partido. Ahí le dieron una silla (menos mal) y el final ya lo sabemos. Y están las chicas que rezaron el Padre Nuestro hasta que se remontó el resultado o el que leyó la biblia en ese lapso, o la señora que fue a la terraza mirando el cielo todo ese tiempo. ¿Acaso los argentinos piensan que Dios es argentino?
El mundo mira a la Selección Argentina. La admirada por tener a Messi. La admirada por las ocurrencias de sus hinchas. Falta poco. Viene Suiza. Pero tiene que haber más. Lo merece Messi. Y lo merecen todos esos locos que inventan canciones y festejos con una originalidad digna de artistas. No podrán entenderlo jamás. El argentino abraza, ama, grita, acoge, arropa y es feliz con lo que le toca. Si es mucho, como en el fútbol, bienvenido sea. Y si no se reinventará y compartirá lo poco que haya. Porque de eso se trata ser argentino. Y esta Selección es el fiel reflejo de todo eso. Porque tiene un montón y también puede acudir al corazón para salir de malos momentos.
Ahora cuartos de final. Que venga Suiza. Ellos están más preocupados que nosotros. Ni una duda hay de eso.
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