El fútbol, cuando insiste demasiado en parecerse a una guerra, termina por olvidar que alguna vez fue una forma de la música. Durante años miramos a Messi como se mira a un hombre obligado a demostrar que era Messi. Cada partido parecía un juicio. Cada final, una sentencia. Cada pelota perdida, una prueba presentada por la fiscalía de los impacientes. Se le pedía que corriera, que ganara, que salvara, que justificara, que levantara copas, que desmintiera fantasmas, que cargara con el país, con la infancia, con las comparaciones, con los muertos ilustres y con los vivos resentidos. Ese tiempo de la competición quedó atrás. Llegó, por fin, el de la contemplación.
Conviene decirlo sin solemnidad, porque la solemnidad suele ser la forma más rígida del malentendido: Messi no necesita ya que lo defiendan. Lo que necesita, en todo caso, es que lo miren. Que lo miren como se mira una cosa rara y preciosa que todavía sucede delante de nosotros, aunque ya no nos exija el sobresalto de la prueba. Un control orientado, un pase que llega por una hendija que nadie había visto, una pausa de medio segundo en medio de una estampida, una zurda que no golpea la pelota sino que la convence. Todo eso pertenece ahora menos al deporte que a la aparición. No se trata de saber si gana o pierde. Se trata de asistir al espectáculo en que el fenómeno se exhibe, hace su magia.
El hincha, que durante demasiado tiempo confundió el amor con la exigencia, debe aprender otra educación sentimental. Ya no corresponde pedirle a Messi una nueva resurrección cada tres días. Corresponde agradecer que siga entrando a una cancha con esa manera de caminar de quien no parece ir hacia ninguna parte y, sin embargo, arrastra el destino entero de la jugada. La edad, en él, no clausura: aclara. Le quitó velocidad a algunas cosas y les agregó nitidez a otras. Antes lo veíamos escapar. Ahora lo vemos pensar. Antes el milagro consistía en que nadie pudiera alcanzarlo. Ahora consiste en que todos llegan tarde a una decisión que él tomó antes de que el mundo supiera que existía.
Durante mucho tiempo alrededor suyo hubo marcador, tabla, calendario, ansiedad, cuenta pendiente. Todo eso fue necesario y, a la vez, insuficiente. Porque Messi nunca terminó de caber en el resultado. Ni siquiera en sus mejores resultados. Ganar todo puede ser también una condena: deja al héroe sin coartadas y al público sin argumentos. Entonces queda lo más difícil: mirar sin pedir.
Oda a Messi, entonces, pero no al ídolo congelado en la figurita, ni al capitán que alza una copa bajo una lluvia de papelitos, ni al niño rosarino convertido en bandera universal. Oda al hombre que todavía juega, que todavía encuentra en el pasto un idioma secreto, que todavía recibe una pelota ordinaria y la devuelve convertida en una pequeña corrección del mundo. Oda a esa economía del gesto, a esa modestia del prodigio, a esa manera suya de hacer que lo imposible parezca una cortesía.
Los rivales lo rodean como funcionarios de una aduana inútil. Él no forcejea con la realidad: la desplaza. Medio metro, a veces menos. La jugada se abre. Lo que para los demás es una pared, para él es una puerta. Lo que para los demás es apuro, para él es tiempo disponible. Lo que para los demás es una cancha, para él sigue siendo una página en blanco.
Ya no hay que pedirle más pruebas. Que juegue. Que camine. Que mire. Nosotros, si aprendimos algo después de tantos años de exigirle imposibles, deberíamos callarnos un poco. Dejemos atrás los comentarios, los formularios, los veredictos. Empieza la parte más delicada: ver a Messi mientras todavía está ahí, antes de que la memoria lo embalsame, antes de que los videos lo reduzcan a fragmentos, antes de que los que no lo vieron inventen una nostalgia de segunda mano.
Todavía ocurre. Esa es la noticia. No que gane, no que corra, no que vuelva a demostrar nada. Todavía ocurre Messi. Y mientras ocurra, aunque sea por un rato, el fútbol seguirá teniendo algo que ninguna estadística puede traducir: una gracia que pasa, una inteligencia que brilla, una felicidad que no se explica y que por eso mismo se agradece.