libro

Poder y tecnología

Quiénes son y cómo opera la nueva oligarquía.

Foto: juan salatino

Las transformaciones políticas del siglo xxi no pueden comprenderse únicamente a partir del ascenso electoral de la extrema derecha ni de la crisis de las democracias liberales. Se encuentra en curso una reorganización profunda de la racionalidad del poder contemporáneo basada en una alianza entre oligarquías tecnológicas, Estados y proyectos políticos radicalizados. Esta mutación no desplaza por completo a partidos e instituciones, pero los subordina a un entramado en el cual la dominación se produce a través de infraestructuras tecnológicas, movilización afectiva y capacidad de decisión acelerada. Asistimos así a la emergencia de un régimen en el cual la política deja de organizarse principalmente alrededor de programas e ideologías y pasa a estructurarse en torno a actores que diseñan sistemas, producen adhesiones y traducen racionalidades globales para contextos locales.

Hasta principios del siglo xxi, los supermillonarios –en especial los ligados al sector tecnológico– solían mantener un perfil público bajo. Poco daban a conocer sobre sus convicciones e ideología. En los últimos años, esto cambió fuertemente. Comenzaron a exponer su posición en forma explícita, revelando una cosmovisión profundamente alineada con el individualismo radical, el antiestatismo y una fe inquebrantable en el mercado como principio ordenador del mundo. En nombre de la aceleración tecnológica, estos empresarios cuestionan los principios clásicos de la democracia representativa y promueven un eficientismo elitista que naturaliza la desigualdad como resultado inevitable de la innovación. Al mismo tiempo, desplazan el debate público hacia plataformas privadas bajo su control, redefiniendo las condiciones de visibilidad, circulación y legitimidad de la información e interviniendo activamente en la construcción de imaginarios colectivos que legitiman su posición de poder. Mientras tanto, en su ámbito privado, invierten en infraestructuras para escenarios de crisis –desde búnkers y mega yates hasta proyectos espaciales–. No son divinidades, sino actores extraordinariamente influyentes que operan dentro de un ecosistema competitivo, rival y altamente personalizado: un verdadero “Olimpo tecnológico” sin trascendencia, pero con efectos muy concretos sobre la vida social.

Lejos de sugerir que no existe salida, este libro parte del supuesto de que comprender las estructuras del poder es condición para enfrentarlas. Producir conocimiento crítico no es un ejercicio neutral, sino una forma de intervención intelectual frente a un orden caracterizado por profundas asimetrías económicas, simbólicas y políticas. No se trata únicamente de observar a los poderosos, sino de identificar los mecanismos que hacen posible su predominio. Con ese objetivo, el libro propone una tipología analítica destinada a comprender cómo se organiza el poder político en la era tecnopolítica.

Esta visión se articula con las fantasías de colonización espacial impulsadas por las élites tecnológicas, como SpaceX y Blue Origin, que promueven la exploración de nuevos planetas –en particular Marte– como destino inevitable de la humanidad, desplazando así el foco de los problemas estructurales del presente hacia promesas de futuro gestionadas por el poder privado.

La promesa fundacional del capitalismo meritocrático está erosionada estructuralmente. Se prometía que con el esfuerzo adecuado era posible alcanzar condiciones de vida desde dignas hasta extravagantes. Sin embargo, esto no sucedió. Con el avance de la inteligencia artificial (IA), algunas de las promisorias profesiones emergentes del siglo xxi fueron desplazadas. Jóvenes recién graduados en campos técnicos como finanzas y programación se volvieron profesionales obsoletos. Empresas tecnológicas y corporaciones respaldadas por oligarcas digitales (como Anthropic y OpenAI) lideran la sustitución de trabajadores por agentes automatizados. La velocidad de reemplazo de recursos humanos por soluciones basadas en IA y la falta de formación o mentoría para reubicar a los profesionales en otros roles configura un escenario de precarización inteligente: la IA no solo reemplaza tareas, sino también trayectorias de vida. Por ejemplo, en junio de 2025, la startup Mechanize sacudió el debate público con una declaración sin tapujos: “Queremos automatizar todo el trabajo humano lo más rápido posible”.

Fundada en San Francisco y financiada por figuras clave del ecosistema tecnolibertario como Patrick Collison (Stripe) y Jeff Dean (Google), Mechanize se propone crear agentes de inteligencia artificial capaces de desempeñar virtualmente cualquier tarea de oficina. Con técnicas de aprendizaje re­forzado (un método en el cual la máquina prueba distintas acciones y aprende de los aciertos y errores), entrenan mo­delos que imitan la jornada de un programador, un analista o un diseñador. Su ambición es técnica e ideológica. Es la visión de una economía poslaboral en la cual el crecimiento y la eficiencia justifican éticamente el desempleo masivo. 

Sin propuestas concretas de redistribución, formación o transición, los fundadores de este régimen esgrimen un ima­ginario de “abundancia radical” y renta básica que, en los hechos, posterga las preguntas urgentes por la gobernanza democrática del cambio tecnológico. En su afán por desplazar al ser humano del trabajo intelectual, Mechanize se convierte en emblema de una IA sin pueblo: poderosa, eficiente, antiso­cial. En el Festival de Ideas de Aspen, en junio de 2025, Jim Farley, director ejecutivo de Ford Motor, dijo: “La inteligen­cia artificial va a reemplazar literalmente a la mitad de todos los trabajadores de cuello blanco en los Estados Unidos”.

Silicon Valley, la cultura del emprendimiento y los mer­cados financieros han sido motores fundamentales en las trayectorias de los empresarios que conforman la oligarquía tecnológica actual. Configuraron un ecosistema que privile­gia la concentración de poder y riqueza y da rienda suelta a una lucha descarnada por la innovación. Estas condiciones promueven las alianzas estratégicas con la extrema derecha, con la que comparte características ideológicas comunes: re­chazo a la regulación estatal, énfasis en el éxito individual y una ideología de libre mercado que refuerza la legitimidad del poder económico en detrimento del poder político democráti­co. La IA está estrechamente ligada al ecosistema del capital de riesgo. Silicon Valley, más que un territorio físico, funciona como un sistema dinámico en el que universidades, startups, inversores de Wall Street y mentores interactúan y se retroa­limentan. Este entramado favorece la innovación constante y acelera la transferencia de conocimiento hacia el mercado.

La nueva oligarquía tecnológica y financiera no solo ha roto amarras, sino que ha construido estructuras paralelas de poder: desplazó su capital a paraísos fiscales, se blinda en barrios y clubes exclusivos, y diseña plataformas algorítmi­cas que moldean la opinión pública, erosionando el ejercicio democrático. 

Las decisiones sobre qué vemos, qué compramos, qué pensamos y a quién votamos están mediadas por platafor­mas controladas por millonarios no electos democráticamen­te, optimizadas algorítmicamente para capturar y explotar la atención humana mediante mecanismos de refuerzo conduc­tual que pueden inducir patrones de uso adictivo. Internet se ha convertido en un puñado de mega-plataformas que funcio­nan como estructuras privatizadas de lo público (Facebook, Amazon, X, etc.). Gran parte del imaginario del futuro (IA, Marte, autos autónomos, longevidad, redes sociales, robots) está hoy dominado por narrativas millonarias, masculinas, occidentales, tecnoutópicas o distópicas.

Entiendo por oligarquía tecnológica a un conjunto de actores que concentran simultáneamente poder económico, control sobre infraestructuras digitales críticas y capacidad de intervención directa en procesos políticos. A diferencia de las élites económicas tradicionales, su poder no se limita a la propiedad de capital, sino que se ejerce a través del dominio de sistemas que organizan la circulación de información, la toma de decisiones y la producción de conocimiento.

Su especificidad radica en que controla infraestructuras que median la experiencia social –plataformas, algoritmos y sistemas de inteligencia artificial–, lo que le permite interve­nir no solo en la economía, sino también en la producción de subjetividad, la organización de la esfera pública y la toma de decisiones estatales.

Esta oligarquía no reemplaza al Estado: se articula con él en ensamblajes híbridos de poder, mientras opera en redes transnacionales que desbordan las soberanías nacio­nales tradicionales.

En esta fase del capitalismo, el avance tecnológico no solo multiplica la eficiencia, sino que concentra un poder económico y simbólico desmesurado en la cúspide de la élite global. Cada nueva ola de innovación produce no solo he­rramientas, sino nuevos magnates con capacidad de moldear el futuro por encima de cualquier control democrático.

En este libro veremos cómo las trayectorias individua­les y la acción convergente de la oligarquía tecnológica han configurado una visión antidemocrática compartida, tanto en sus discursos como en sus prácticas. Nos proponemos hacer visible de qué manera estos actores están moldeando un nuevo tipo de capitalismo tecnológico, concentrador y depredador que socava los principios de la democracia representativa y redefine las reglas del juego global.

Hacia un orden posdemocrático. La oligarquía tecnológica representa un poder económico omnímodo que tiene potencial para socavar la democra­cia emergida de la posguerra, con sus instituciones anexas. Detrás del ascenso de la extrema derecha y los experimentos del “conservadurismo radicalizado” que pugnan por des­truir los fundamentos de la tradición iluminista que ha posi­bilitado la democracia liberal, está la oligarquía tecnológica. 

El régimen democrático representativo, iniciado a partir del siglo xviii con la Revolución Francesa y la estadouni­dense, con las proclamas de “libertad, igualdad y frater­nidad”, y una dinámica de ampliación de derechos –como diría Hannah Arendt– podría estar amenazado como nunca antes. Luego de la Segunda Guerra Mundial, los horrores del nazismo y los juicios de Núremberg, se establecieron las bases de la convivencia y el respeto a las libertades en Occidente junto con instituciones que velan por ello. El es­tablecimiento de las Naciones Unidas y Bretton Woods son ejemplos de instituciones que buscaron crear un sistema multilateral, un acuerdo que hoy cruje y se desmantela bajo el choque geopolítico.

El quiebre de la situación geopolítica posterior a la Segunda Guerra, así como la competencia tecnológica en­tre los Estados Unidos y China, se alinea con lo que se ha llamado “erosión democrática”, llevando a “autoritarismos competitivos” en muchos lugares del globo. El predominio de las guerras y la violencia sistemática semejan un retor­no de choques geopolíticos parecido al previo a la Segunda Guerra.

El deseo permanente de innovación y desregulación, que es lo que permite la extraordinaria acumulación económica, acerca la oligarquía tecnológica a alternativas de extrema derecha que prometen la desregulación de los mercados y los Estados y que posibilitaría continuar haciendo crecer sus ga­nancias. Es lo que propone Nigel Farage en el Reino Unido o Javier Milei en la Argentina. Estas facciones políticas no solo prometen libertades, dan todo tipo de incentivos para obtener favores y donaciones que los perpetúen. 

El régimen tecnopolítico emergente no corresponde ni a la democracia liberal clásica ni a las formas autoritarias del siglo xx. Se trata de una configuración híbrida en la que el poder efectivo se desplaza progresivamente hacia infraestruc­turas digitales y corporaciones privadas capaces de condicio­nar a los Estados nación y a las instituciones representativas.

La expansión de la inteligencia artificial exige una base material gigantesca. Los centros de datos que alimentan mo­delos como ChatGPT consumen tanta electricidad como pe­queñas ciudades, obligando a gobiernos y empresas tecnoló­gicas a coordinar inversiones masivas en centrales eléctricas y redes energéticas. En 2026, la administración de Donald Trump reunió a ejecutivos de Google, Microsoft y OpenAI para formalizar un acuerdo mediante el cual las propias compañías financiarán las plantas eléctricas y mejoras de la red necesarias para sostener la expansión de la infraestruc­tura de inteligencia artificial.

La alianza entre la industria tecnológica y los proyec­tos autoritarios no es monolítica. Existen figuras que se han ubicado fuera de esa lógica. Pierre Omidyar, fundador de eBay, financió medios independientes y organizaciones de transparencia democrática. Bill Gates destinó buena parte de su fortuna a la filantropía global, con un enfoque refor­mista, aunque atravesado por las tensiones del “capitalismo filantrópico”. Pero estos casos no alteran la estructura gene­ral del poder: la filantropía privada no compensa el grado de concentración oligárquica que define al capitalismo digital contemporáneo. En el paisaje más amplio, las excepciones conviven con una tendencia dominante: la convergencia en­tre las grandes plataformas tecnológicas y agendas desregu­ladoras, nacionalistas y conservadoras que reconfiguran el sistema democrático desde adentro.

La desconfianza de las corporaciones tecnológicas hacia la democracia representativa converge con un “trumperialis­mo” del siglo xxi que reivindica, sin pudor, territorios como Groenlandia, el Golfo de México o el Canal de Panamá. Como advierte Atilio Borón, la debilidad del imperio no lo vuelve más pacífico, sino más violento. Sin embargo, no es­tamos ante dominación sin hegemonía. Estamos ante una hegemonía menos amable, más segmentada y tecnológi-camente mediada. Quien construyó el orden internacional de posguerra ahora se esfuerza en destruirlo.

El trumpismo opera con una geopolítica de la ruptura: desestabiliza pri­mero y obliga a todos a reacomodarse después. Rompe con la diplomacia incremental y parte de una premisa brutal: el poder surge del golpe inesperado, no del consenso. Así, se trata de poder por disrupción.

Según el ranking de Forbes de 2026, 60 % del top 50 de billonarios son estadounidenses. 

Según el ranking de millonarios de Bloomberg, diez de las doce personas más ri­cas del mundo provienen del sector tecnológico, y la misma proporción reside en los Estados Unidos. A su vez, 31 de los 50 mayores millonarios del mundo residen en ese país, consolidando su rol como epicentro de la acumulación glo­bal, especialmente en los sectores de tecnología y finanzas. Del total, más del 20 % están directamente vinculados a empresas tecnológicas, desde pioneros como Elon Musk y Jeff Bezos hasta figuras emergentes como Jensen Huang, de NVIDIA. Esto refuerza la idea de un nacionalismo plutocrá­tico con fuerte peso en la política exterior, los medios y las tecnológicas. Dentro de este selecto club, el tecnológico se ha convertido en el sector dominante

Esta doble concentración –sectorial y geográfica– revela no solo el impacto transformador de la tecnología en la economía global, sino también el rol central del ecosistema estadounidense en la producción de fortunas disruptivas. Mientras tanto, la presencia de herederos como los Walton o los Wertheimer ilustra cómo la riqueza se perpetúa a través de mecanismos de transmisión intergeneracional. 

Ambos polos –disrupción y herencia– coexisten en la cúspide de un orden económico cada vez más desigual. La concentración de riqueza en el siglo xxi está impulsada por la convergencia entre tecnología, globalización y mercados financieros. 

Tal como advirtió C. Wright Mills en La élite del poder, la alianza entre riqueza y autoridad tiende a concentrarse en pocas manos. Pero en esta nueva fase, marcada por el salto 

tecnológico, esa concentración ya no se limita a dominar el mercado: ahora también moldea el debate público, captura instituciones y define la agenda política global. Las tecnoló­gicas no solo acumulan capital, sino capacidad de intervenir –sin mediaciones democráticas– en las condiciones mate-riales y simbólicas del futuro.

En su discurso final como presidente, Joe Biden advirtió con claridad: 

En los Estados Unidos está tomando forma una oligarquía de ex­trema riqueza, poder e influencia que literalmente amenaza toda nuestra democracia, nuestros derechos y libertades fundamentales, y la oportunidad justa de progresar para todos [...] Un complejo tecnoindustrial que podría representar peligros reales para nuestro país [...] El presidente [Dwight D.] Eisenhower habló sobre los peli­gros del complejo industrial militar. Seis décadas más tarde, estoy igualmente preocupado por el posible auge de un complejo indus­trial tecnológico que podría plantear peligros reales para nuestro país también.

Con estas palabras, el mandatario sintetizó uno de los peli­gros más profundos del presente: el ascenso de un poder eco­nómico-tecnológico que desafía los pilares de la democracia en tanto espacio de deliberación de lo público. 

La democracia moderna fue concebida precisamente para lo contrario: separar el poder económico del poder político, limitar la influencia de los privilegios privados en los asuntos públicos. Sin embargo, la nueva oligarquía tecnológica en­carna una negación sistemática de estos ideales. El dominio sin contrapesos de intereses privados sobre la esfera pública vacía de contenido el principio de soberanía popular, y di­suelve el demos en un algoritmo gobernado por élites. Este “poder invisible”, como lo llamó Norberto Bobbio, avanza sobre la democracia con la lógica de la captura: busca poner las instituciones al servicio de sus intereses privados. Las de­cisiones de esta élite valen más que las de millones de ciuda­danos. Se trata de una oligarquía millonaria que se enquista en el Estado y vacía de contenido los principios del gobierno popular, anulando el ideal democrático desde adentro.

Más allá de las fronteras conocidas. En la élite tecnológica emerge un nuevo actor: el oligarca intelectual-legislador. Ya no le basta con financiar think tanks: produce ideas en serie, las convierte en tomas de posición públicas y, a través de plataformas, fondos de inversión y lobby estatal, las traduce en reglas. Sus carteras funcionan como hipótesis filosóficas operacionalizadas, mientras una estética bibliófila reviste de alta cultura agendas promercado y antirregulación. En esta metamorfosis, los fundadores pasan de intérpretes del “destino tecnológico” a legisladores que diseñan la arquitectura normativa para que su visión se imponga: primero profetizan, luego invierten, finalmente regulan. Así, la guerra cultural deviene modelo de negocio y la política pública, extensión de sus carteras.

Evgeny Morozov propone que la actuación conjunta de la oligarquía tecnológica no inaugura un “tecnofeudalismo”, como propone Yanis Varoufakis, sino una fase extrema de un capitalismo digital: un régimen de innovación acelerada, extracción masiva de datos y concentración estructural de poder. Para Morozov, lejos de perder centralidad, el Estado estadounidense funciona como socio estratégico de este modelo, proporcionando regulación a medida, capital público, contratos militares y legitimidad política. No se trata, por tanto, de una ruptura poscapitalista, sino de una alianza sistémica entre Big Tech y el aparato estatal que redefine las fronteras mismas del poder.

Las decisiones que toman estos empresarios pesan más a escala global que las de cualquier ciudadano. La paradoja es flagrante: mientras los magnates, en muchos casos alineados con la derecha radical, concentran más poder que nunca, la extrema derecha despotrica en sus discursos contra “las élites globalistas” que atentan contra la soberanía. El blanco de esas acusaciones no son estos supermillonarios, sino enemigos construidos discursivamente, como George Soros o instituciones multilaterales como la ONU. Se trata de una operación discursiva que desplaza el foco real del poder hacia adversarios imaginarios. De este modo, la vaga idea del “globalismo” opera como un mito movilizador capaz de unir a la extrema derecha, al mismo tiempo que desvía la atención de los problemas efectivos de concentración de poder que sostienen a estos magnates.

Como bien advirtió Natalio Botana, este nuevo bloque de poder representa una fusión sin precedentes entre los supermillonarios y la política nacionalista-conservadora:

Conservador en el orden moral, este nacionalismo innova en el plano económico combinando el proteccionismo con la mutación científico-tecnológica. Echa al tacho una idea matriz de la tradición liberal, que exige trazar límites estrictos entre las esferas de la sociedad civil y del poder político, y en su lugar promueve una fusión con los supermillonarios de las empresas tecnológicas.

La oligarquía tecnológica no solo disputa riqueza: disputa el modelo mismo de civilización. En su visión, el futuro pertenece a quienes eliminen obstáculos y permitan que el mercado y la disrupción tecnológica sean la fuerza rectora de las potencias.17 Europa es la advertencia –el ejemplo de lo que ocurre cuando el Estado intenta regular el mercado– y se erige en contramodelo.

En estos últimos años, se observa un giro más cínico y brutal del capitalismo, que ya no busca justificarse moralmente, ni simular responsabilidad social, sino que abraza sin complejos al interés económico puro. Esta desinhibición expresa una transformación ideológica, pero también una verdad estructural que autores como Atilio Borón, retomando a Adam Smith, ya habían señalado: la “mano invisible” del mercado necesita, en realidad, de una mano muy visible del Estado dispuesta a favorecer al capital y a las clases dominantes. Esta alianza entre poder económico y aparato estatal es lo que hoy sostiene a la oligarquía tecnológica global.

 

☛ Título: La nueva oligarquía tecnológica : poder sin límites en la posdemocracia

☛ Autor: Ariel Goldstein

☛ Editorial: Marea

☛ Primera Edición:  2026

☛ Páginas: 152
 

Datos del autor 

Ariel Goldstein es doctor en Ciencias Sociales por la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires e investigador adjunto del CONICET en el Instituto de Estudios de América Latina y el Caribe. 

Ha sido profesor del posgrado en Ciencias Sociales de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA). Es docente de la cátedra Política Latinoamericana de la carrera de Ciencia Política (UBA).

Participa en proyectos UBACYT como investigador formado, y del proyecto internacional del CNPQ de Brasil: “Imprensa e circulação de ideias: o papel dos periódicos nos séculos XIX e XX”.