Cuando entra a su librería favorita, Izumi se siente más liviana. Si tiene alguna cita o compromiso ese día, se encarga de poner una alarma en el teléfono, porque ahí adentro el tiempo es como un río, una corriente que la arrastra sin que ella se dé cuenta. La diferencia entre unos minutos y una hora se desvanece. Ahí dentro, el tiempo le pertenece.
Acaricia con los dedos los dorsos más coloridos, toca los relieves y se detiene en los títulos que le llaman la atención. Abre cada libro en una página al azar y lee una frase. Día a día se llena la cabeza con un montón de frases que saca de los tomos más variados. Es posible que, para muchos, esta acumulación de una frase después de otra, sin contexto alguno, carezca de sentido. Para Izumi, es como degustar sabores de todo el mundo. Nunca se cansa.
Después, empieza a caminar más rápido, recorriendo ambos lados de los anaqueles y rodeando las mesas que rebalsan. Desliza un dedo sobre cada uno de los libros que se cruza en el camino, hasta que, como si fuera una coreografía que sabe de memoria, se detiene frente a un ejemplar en particular y lo agarra. Lo observa, pero no lo abre para leer una frase. Esta vez no, porque ese libro la va a acompañar a casa. Izumi repite la misma coreografía dos veces más y, finalmente, emprende la vuelta, con tres libros dentro de la bolsa.
Esa coreografía, siempre igual pero distinta, le permite sentir que ella no eligió esos libros que ahora carga plácidamente en el hombro. En realidad, son los libros los que la eligen a ella, una y otra vez.
El acto de comprar forma parte de la vida. Estamos acostumbrados a comprar objetos, experiencias, comida, y ya hemos incorporado en la cotidianidad el gesto automático de buscar la billetera, o incluso el celular, para pagar.
Seamos honestos: comprar cosas nos da placer y punto. (…)
La realidad es que, aunque no siempre nos demos cuenta, los sentimientos influyen en gran parte de nuestras decisiones. Tendemos, naturalmente, a intentar revivir y reconstruir las situaciones en las que fuimos felices y a evitar las que nos provocaron enojo o tristeza. El cerebro asocia uno o más sentimientos con cada una de las decisiones que tomamos, lo que a menudo desencadena una reacción cíclica: los sentimientos condicionan las decisiones y estas, a su vez, producen otros sentimientos. Es por este motivo que, a menudo, no nos detenemos a preguntarnos: “¿Por qué estoy comprando esto?”. Y, cuando se trata de gastos mínimos, la pregunta no se presenta casi nunca.
Pareciera tratarse de una pregunta trivial con una respuesta obvia: lo compro porque me sirve, porque me gusta, porque quiero hacerle un regalo a alguien o a mí mismo…
Todas estas respuestas prevén un “porqué”. El porqué le otorga sentido al objeto adquirido, le asigna una finalidad, un propósito. Estas respuestas se enfocan en el futuro, en la idea de lo que pensamos hacer con ese objeto que compramos. (…)
Ya sabemos que quienes practican el tsundoku posiblemente nunca lleguen a leer una gran parte de los libros que compran. Y tampoco se los regalarán a otra persona. Resulta difícil encontrar el “porqué” detrás de esas compras.
La persona que compra un libro porque quiere empezar a leerlo lo antes posible está ansiosa por descubrir la historia que tanto la atrajo. Su felicidad proviene de la curiosidad que siente por ese mundo que aún no conoce, del fervor que antecede a la lectura.
La persona que practica el tsundoku, en cambio, llegará a casa y dejará el libro sobre la mesita de luz, en la biblioteca o en cualquier recoveco vacío. Esto ya alcanzará para dibujarle una sonrisa en el rostro: la idea de que ese libro la acompañará el resto de sus días.
Pero ¿cómo es posible sentir felicidad por algo así? ¿Qué alegría puede darnos haber gastado dinero en algo que quizá nunca lleguemos a disfrutar?
La respuesta seguramente tenga que ver con el entusiasmo, el placer y la expectativa que, como veremos pronto, puede suscitar la adición de un nuevo elemento a la colección.
Pero, en nuestro caso, cada libro que agregamos a la biblioteca es como una nueva pieza del rompecabezas que nos define. No solo por las preferencias de lectura, sino también por lo que nos da curiosidad, que es algo que varía de una persona a otra y, por lo tanto, las vuelve únicas.
Para dar un ejemplo que se aleje del mundo de los libros: algunas personas sienten un gran disfrute al comprar zapatos, por más que ya tengan suficientes como para caminar una vida entera. (…)
Les genera una imagen mental de quiénes son en ese momento y, sobre todo, de quiénes quieren ser, de cómo les gustaría ser vistas en el futuro. Y no importa demasiado si ese futuro nunca saldrá de su cabeza: haberlo imaginado es ya, de alguna forma, como haberlo vivido.
Todos los libros contienen páginas que prometen volvernos mejores personas. Cada uno de ellos, a su modo, tiene un aura de misterio que los rodea, y estamos dispuestos a que nos avasalle.
*Fragmento del libro Tsundoku. El arte japonés de acumular libros, Taiki Raito Pym (Fragmento).