En el barrio Tres Bocas de Puerto Vilelas, en el Chaco, un grupo de mujeres sale cada día al riacho Barranqueras a pescar. Lo que obtienen alimenta a sus familias y el excedente se vende como se puede, sin refrigeración ni canales formales. Un día llegó a su puerta un equipo de estudiantes de la Universidad Nacional del Nordeste. No traían recetas: traían preguntas. De esos encuentros, organizados como talleres en el propio territorio, nació la asociación civil de las “Mujeres Canoeras”, con roles asignados, una visión compartida y la posibilidad de acceder a financiamiento.

La escena se repite, con otros nombres, a lo largo del país. En Almirante Brown, cuatro graduados de la UBA diseñaron junto a una cooperativa de cartoneros un modelo de gestión para fortalecer el trabajo de los recuperadores urbanos; el proyecto ganó financiamiento y uno de ellos dejó la empresa privada para trabajar en la comercialización colectiva del reciclado. En Santa Fe, otro equipo participó de la fundación del Banco de Alimentos de la ciudad, donde varios siguen siendo voluntarios. En Crespo, Entre Ríos, otro grupo ayudó a reflotar el taller de confección de jóvenes con discapacidad intelectual de un hogar local. En La Toma, San Luis, estudiantes acompañaron a familias que, gracias al microcrédito, pusieron en marcha sus emprendimientos: sobre mil créditos otorgados, apenas cuatro no se devolvieron.

Todas estas historias tienen un origen común: el Programa Amartya Sen, bautizado en honor al Premio Nobel de Economía y conocido también por su lema, “2000 jóvenes por una economía con rostro humano”. La propuesta, impulsada por Bernardo Kliksberg desde la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA, era tan simple como ambiciosa: seleccionar a los mejores graduados recientes —por sus notas, pero también por su trabajo voluntario y su vocación docente— y formarlos durante un año en los enfoques más avanzados de la economía, la gestión y la ética. En la primera convocatoria se presentaron más de mil postulantes. El propio Sen se reunió con los participantes, y el libro que escribió junto a Kliksberg, “Primero la gente”, fue lectura básica del curso. Con los años, el programa llegó a 27 facultades del país y se replicó en Uruguay, Perú y otros países de la región.

Existe la tendencia de asociar la innovación con la tecnología, la industria y la empresa. Pero innovar también es cambiar la manera en que una organización piensa, decide y se relaciona con su entorno. En un mundo atravesado por la crisis climática, la disparada de las desigualdades y una incertidumbre que ya forma parte de la vida cotidiana, la pregunta no es solo qué podemos producir, sino para quién y con qué consecuencias. La universidad pública tiene mucho para decir sobre eso.

Los datos que reúne este libro lo confirman. En la UBA, el 76% de los egresados del programa afirma que la experiencia fortaleció su perspectiva ética en el ejercicio cotidiano de la profesión; más de la mitad hoy da clases y un tercio ocupa cargos de decisión en empresas, organismos públicos y organizaciones sociales. En la Universidad Nacional de Cuyo, quienes reconocen ese cambio ético llegan al 92%. Pero quizá lo más elocuente no sean los porcentajes, sino las palabras de sus protagonistas. “Me enseñó a ver a la economía con un rostro humano”, escribió una de las personas encuestadas en Mendoza. Otra describió el cambio como dejar de pensar como una máquina para pensar como un ser humano. Ailén Correa, licenciada en Administración que impulsó la responsabilidad social en una empresa tecnológica certificada como Empresa B, lo explica así: “Cada vez hay más jóvenes profesionales que demandan un trabajo con propósito”.

Muchos de ellos recuerdan la primera clase, cuando se les dijo algo que parecía obvio y no lo era: que las ciencias económicas son una ciencia social. Para quienes venían de carreras centradas casi exclusivamente en balances y rentabilidad, fue una revelación. Detrás de cada número hay personas, y cada decisión profesional tiene consecuencias concretas sobre la vida de otros.

El programa fue discontinuado en 2018 por recortes presupuestarios, pero su huella persiste. Varias facultades crearon cátedras de ética, seminarios de grado, prácticas socioeducativas obligatorias y programas de economía social. Los “Amartya”, como se los llamaba, siguen trabajando en aulas, ministerios, cooperativas y empresas, y se mantienen conectados a través de la red PAS.

Uno de los recursos más escasos de las naciones es la capacidad de gestión, y no brota espontáneamente: hay que cultivarla. Esta experiencia demuestra que es posible hacerlo con alianzas entre universidad, Estado, empresas y sociedad civil, y con una convicción que atraviesa cada página: primero, la gente.

*Compiladora de Responsabilidad social e innovación, Eudeba. (Fragmento).