La fractura de la identidad del sueño americano

Bad Bunny y el show que dividió Estados Unidos

El espectáculo del puertorriqueño en el Super Bowl, la final del principal campeonato de fútbol americano, explicó la dualidad profunda que atraviesa la identidad estadounidense: celebrar la diversidad y la complejidad de las culturas que conforman EE.UU. o sucumbir a la tentación de construir un arquetipo del estadounidense verdadero, que excluya la influencia latina.

Crítica de Trump. “Nadie entiende una palabra de lo que dice este tipo”. Foto: cedoc

En el Levi’s Stadium (Santa Clara, California) el árbitro pita el fin del segundo cuarto de juego del Super Bowl. Mientras los jugadores de fútbol americano vuelven al vestuario a descansar de un partido poco vibrante, los telespectadores suben el volumen del televisor: el halftime show (show de entretiempo) empieza.

Desde 1967, este espectáculo sirve como vitrina de la cultura popular estadounidense con artistas de rock y de pop de renombre mundial como Michael Jackson, los Rolling Stones, Madonna, Bruno Mars o Rihanna. A menudo los artistas aprovechan la oportunidad para difundir mensajes de humanidad y de inclusión. De hecho, en 2016, Beyoncé interpretó “Formation” con una puesta en escena inspirada en la estética del Black Panther Party, acompañada por bailarinas vestidas con boinas y trajes negros que evocaban la militancia afroamericana. Pero este año, para la sexagésima edición, el mensaje político y cultural fue elevado a otra escala, utilizando todo el aparato escénico como megáfono simbólico, desde la música, la letra, la imagen y la puesta en escena. 

Inmerso en un campo de caña de azúcar, todo vestido de blanco, la estrella portorriqueña del reggaetón –Bad Bunny– se puso a cantar su repertorio y se dirigió al público únicamente en castellano. Esto desató los comentarios de Trump en su red social Truth: “Nadie entiende ni una palabra de lo que dice este tipo”. Pero la cultura no siempre necesita palabras: se ve a un joven vendiendo coco frío, viejos jugando a los dominós sobre sillas de plástico, mujeres que se pintan las uñas, otras disponiendo ladrillos de cemento, un piragüero, dos boxeadores, un carrito de tacos… Cada detalle adentra el público en la cultura popular de la isla natal del artista, Puerto Rico, y nos recuerda que el “sueño americano” se construye a partir de culturas y realidades diversas. 

Pronto irrumpe Lady Gaga animando un baile latino y añadiendo así una nueva capa de lectura al espectáculo. Ese gesto funciona como una inversión simbólica del dispositivo escénico: una artista estadounidense dinamiza ritmos latinos dentro del show de un latino que, a su vez, cautiva a todo Estados Unidos. Se configura entonces una auténtica obra dentro de la obra, un juego de espejos inversos que diluye las fronteras identitarias y convierte el escenario en metáfora del mestizaje cultural. El mensaje queda claro: las culturas norteamericana y latinoamericana, lejos de oponerse, se moldearon históricamente en diálogo constante, tanto que la existencia y la evolución de una depende siempre de la otra. 

Pero, el plato fuerte llegó con las únicas palabras en inglés que Bad Bunny pronunció durante su actuación: “God bless America” (Dios bendiga a America), seguidas de una enumeración de países que abarca desde Argentina y Chile hasta Canadá, pasando por Haití, Cuba, Puerto Rico y Venezuela. Con este gesto simbólico, el artista redefine lo que significa ser americano, recordando a los estadounidenses que su país se incluye dentro de un continente cultural más amplio: las Américas. Respaldando ese gesto, la pelota de la NFL que Bad Bunny llevó durante gran parte del show lucía la frase: “Together we are América” (Juntos somos América).

Pronto después, el presidente de Estados Unidos reacciona sobre su plataforma. Según Trump, el halftime show fue “¡Uno de los peores de la historia!” y “no representa nuestros estándares de éxito, creatividad ni excelencia”. Para ilustrar lo que entiende por “nuestros estándares”, un contraespectáculo de música country fue organizado por Turning Point USA, una ONG dirigida por Erika Kirk, la viuda de Charlie Kirk, el activista político ultraconservador y aliado de Donald Trump que fue asesinado en 2025 mientras daba un discurso. Ante una salita de concierto, los cantantes Lee Brice, Brantley Gilbert, Kid Rock y Gabby Barrett interpretaron un repertorio de country marcado por letras que exaltan a Dios, a Estados Unidos y a la identidad masculina rural. 

La confrontación entre ambos espectáculos epitomiza la dualidad profunda que atraviesa la identidad estadounidense: celebrar la diversidad y la complejidad de las identidades que conforman Estados Unidos o sucumbir a la tentación de simplificar y de construir un arquetipo del estadounidense verdadero que excluya cualquier influencia latina. De inmediato, la primera opción parece llevarse la mayoría: el show de Bad Bunny logró casi 130 millones de espectadores, lo que convirtió el Super Bowl en el segundo más visto de la historia, contra 20 millones para el show de Turning Point USA, según asegura el portavoz del espectáculo en Fox News. También, como repercusiones inmediatas, la aplicación para aprender idiomas Duolingo registró un aumento notable del 35% en las inscripciones a cursos de español en las horas posteriores a su actuación. 

Sin embargo, notamos que las repercusiones de los hitos de resistencia cultural que saturan los medios, a menudo se limitan en repercusiones cortoplacistas y superficiales. ¿Podrá el himno de diversidad y de inclusión salir del terreno puramente simbólico y mediático para enraizarse dentro de las costumbres y de las políticas estadounidenses? Por ahora, saludamos la actuación de Bad Bunny, celebramos la brecha que abrió en el arquetipo construido por la administración MAGA, y recordamos que la identidad estadounidense no puede concebirse sin la influencia latinoamericana.