El negocio de la inmunidad

Cuando “reforzar las defensas” se convierte en una estrategia de marketing

Vitaminas, yogures, gomitas de zinc. Las góndolas ofrecen soluciones rápidas para un sistema que no funciona con botón de encendido. encendido.

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¿Qué alimentos realmente contribuyen a su funcionamiento y qué dice la ciencia sobre estas promesas?

Con cada cambio de estación, en las góndolas aparecen productos que prometen “activar”, “potenciar” o “reforzar” las defensas. El mensaje resulta atractivo porque convierte un proceso complejo en una solución sencilla: tomar un jugo, una cápsula o un pequeño shot todos los días. Sin embargo, el sistema inmunológico es una red integrada por células, tejidos, órganos y moléculas que necesita funcionar de manera equilibrada.  Desde el punto de vista científico se habla de sostener el funcionamiento normal del sistema inmunológico, y no de “subir las defensas”.

¿La alimentación influye?

Sí, y mucho, pero no de la manera instantánea que propone la publicidad. Para producir y activar células inmunitarias el organismo necesita suficiente energía, proteínas, grasas esenciales y micronutrientes como vitaminas A, C, D, B6, B12 y folato, además de hierro, zinc, cobre y selenio. ¿Cómo? A través de los alimentos reales en platos completos con variedad de colores y proteínas; y siempre con el agregado de legumbres o cereales preferentemente integrales.

Una alimentación insuficiente o una deficiencia nutricional pueden comprometer la repuesta inmunológica. En esos casos, es importante corregir la carencia, que no se logra, como muchas veces se cree, aumentando las cantidades de un determinado nutriente para alcanzar una inmunidad “superior”.

Esta diferencia es central: evitar una deficiencia no es lo mismo que obtener beneficios adicionales mediante megadosis.

La vitamina C, por ejemplo, interviene en distintas funciones inmunológicas, pero su consumo habitual no evita el resfrío en la mayoría de la población. Una revisión de ensayos clínicos encontró que ayuda a reducir la duración del resfriado, pero no funciona en una instancia preventiva. Incluso, consumir la vitamina C una vez que comenzaron los síntomas tampoco mostró resultados consistentes.  

Con el zinc sucede algo parecido. Una revisión Cochrane de 2024 concluyó que su suplementación podría acortar un resfrío ya iniciado, pero tendría poco o ningún efecto preventivo y puede provocar efectos adversos, como náuseas o alteraciones del gusto. 

La vitamina D también participa en la regulación inmunológica, pero suplementarla no debe transformarse en una receta universal. Su indicación cobra mayor sentido cuando existe deficiencia, riesgo aumentado o una evaluación profesional que la justifique. Más no siempre es mejor, y las vitaminas y minerales también pueden ocasionar toxicidad o interactuar con medicamentos.

Probióticos, jengibre y otros protagonistas.

Algunos probióticos podrían disminuir modestamente la frecuencia o duración de ciertas infecciones respiratorias, pero el efecto depende de la cepa, la dosis y la población estudiada. Que un alimento diga “con probióticos” no garantiza que contenga la cepa investigada ni una cantidad capaz de producir el mismo resultado.

El jengibre, la cúrcuma, el ajo, la miel y los cítricos pueden formar parte de una alimentación variada y aportar compuestos interesantes. También pueden aliviar algunos síntomas o hacer más agradable una infusión. Lo que no pueden hacer es reemplazar una vacuna, un tratamiento médico, el descanso o una alimentación suficiente.

No existe un alimento que, por sí solo, impida que nos enfermemos. Entonces, ¿que ponemos en nuestro plato para acompañar el funcionamiento inmunológico?, y la verdad es que podemos recurrir a alimentos cotidianos:

Frutas y verduras variadas y de estación. Legumbres como lentejas, porotos y garbanzos.  Huevos, carnes, pescados y lácteos, según las preferencias de cada persona.  Cereales, papa, batata y otros alimentos que aporten energía suficiente.  Nueces, maní y semillas.  Yogur u otros fermentados, si se toleran y forman parte de la alimentación habitual. 

La variedad importa más que perseguir un único “superalimento”. Por supuesto que también influyen el sueño, la actividad física regular, el manejo posible del estrés, evitar el hábito de fumar, moderar el alcohol y mantener al día las vacunas de calendario. 

El marketing no siempre necesita mentir abiertamente. Muchas veces alcanza con tomar una función real —por ejemplo, que la vitamina C participa en el funcionamiento inmunológico— y presentarla a través de una conclusión que la evidencia no permite afirmar: “si compro este producto, me voy a enfermar menos”. Un alimento fortificado puede ser útil en determinados contextos. El problema aparece cuando esa fortificación transforma un producto común en una solución casi terapéutica.

Ante las promesas de salud, conviene preguntarnos ¿cuánto aporta?, ¿realmente lo necesito?, ¿existe evidencia de que este producto concreto reduzca el riesgo de enfermarme? 

El sistema depende de condiciones sostenidas, y también de factores que exceden las decisiones individuales, como es el acceso a alimentos, al descanso, a la vivienda y a una adecuada atención sanitaria.

El mensaje más honesto es menos marketinero: ningún alimento hace milagros; una alimentación suficiente, variada y posible sí puede aportar las herramientas que el organismo necesita para hacer su trabajo.

*Nutricionista MP: 2119