En las elecciones presidenciales brasileñas de este año, las campañas se están dirigiendo con mayor intensidad hacia las mujeres, atribuyéndoles un papel central en sus estrategias electorales. Al mismo tiempo, ellas continúan estando infrarrepresentadas en el poder político. Como demuestran las investigaciones sobre género y política, las mujeres constituyen la mayoría del electorado brasileño, pero siguen siendo minoría en los Parlamentos, en las direcciones de los partidos, en los gobiernos y en las principales instituciones del Estado.
Esta discrepancia tiene una relevancia particular en un país como Brasil, donde la desigualdad de género se cruza con la desigualdad económica y racial. Las mujeres, sobre todo las mujeres negras y pobres, son quienes más sufren violencia doméstica, quienes tienen menor acceso a la justicia y quienes continúan ganando menos por el mismo trabajo. Instrumentalizar esta cuestión únicamente con fines electorales, sin acompañarla de una política pública consistente, tiene un coste social muy alto.
La novedad está en la forma en que las mujeres han pasado a ser movilizadas en 2026. Si durante años el género fue sobre todo un instrumento de polarización moral, lo que se observa ahora es su explicitación y simultaneidad: los dos bandos, ideológicamente opuestos, construyen al mismo tiempo planes y portavoces femeninas, impulsados por encuestas en tiempo real. Este cambio no es resultado de una conversión de los partidos a la agenda de la igualdad, sino de la percepción, reforzada por las encuestas, de que el voto femenino puede ser decisivo en unas elecciones altamente polarizadas.
Los datos. A pesar de contar con cuotas de candidaturas y una reserva proporcional de recursos del Fondo Electoral, el país continúa entre aquellos con menor representación parlamentaria femenina del mundo, según los datos más recientes de la Unión Interparlamentaria, en la 138.ª posición entre unos 180 parlamentos, con un 17,2% de mujeres en la Cámara de Diputados y un 18,5% en el Senado.
Un estudio reciente de Clara Araújo y Eduardo Ramos, publicado este año en la revista Dados, ayuda a explicar por qué: al analizar toda la composición de las direcciones ejecutivas de los partidos brasileños entre 2018 y 2022, los autores muestran que las mujeres ocupaban apenas el 20% de estos órganos nacionales en 2018, cifra que aumentó hasta el 22% en 2022; en las ejecutivas estatales, el porcentaje pasó del 25% al 30%. Cabe señalar, sin embargo, que la presencia de mujeres en estos cargos de decisión tuvo un efecto positivo sobre la financiación y el lanzamiento de candidaturas femeninas, aunque estadísticamente modesto, y que la existencia formal de secretarías de mujeres dentro de las ejecutivas, concebidas para funcionar como canal de presión interna, no tuvo un impacto significativo en ninguno de los años analizados.
La ciencia política ha demostrado que hombres y mujeres participan en redes de capital social diferentes, y son las redes masculinas, orientadas hacia la esfera pública, las que funcionan como capital político convertible en candidaturas. Además, existen elevados niveles de violencia política de género en el país, y las amenazas de muerte forman parte de la vida cotidiana de las pocas mujeres que consiguen acceder al poder. El asesinato de la concejala Marielle Franco, el 14 de marzo de 2018, se convirtió en una de las expresiones más brutales y emblemáticas de esta violencia.
Disputadas en las urnas, excluidas del poder: esta es la distancia que define una de las principales características de las elecciones de 2026. Sin embargo, la pregunta más relevante para el futuro del país no es si las campañas han empezado a hablar más a las mujeres, sino si esta centralidad electoral producirá cambios concretos en la distribución del poder y, en consecuencia, en la vida y los derechos de las mujeres. Entre los dos principales candidatos, Lula y Flávio, las posibles respuestas parten de lugares muy diferentes.
Las mujeres nunca habían estado tan presentes en las campañas electorales de ambos lados, pero la izquierda no debería responder a ello con retrocesos o dudas sobre la centralidad de esta agenda. Es la diferencia ideológica en la práctica histórica, y no únicamente la intensidad del discurso coyuntural de cada campaña, la que debe orientar el escrutinio de las promesas de 2026. Tenemos más que ganar que perder si abordamos de manera consistente las cuestiones que afectan a la vida de las mujeres, convocándolas a defender sus derechos y su autonomía.
*Profesora del máster en Ciencia Política de la Escuela de Sociología y Políticas Públicas del Iscte - Instituto Universitario de Lisboa, donde también es investigadora del CIES. Es consultora de la Comisión Europea en políticas basadas en evidencias.
**Cientista social formada por la PUC-Rio, fue vicepresidenta nacional del Partido de los Trabajadores (PT) y de la Unión Nacional de Estudiantes (UNE). Actualmente es militante del PSOL y miembro de la ejecutiva del sectorial de mujeres del PSOL-RJ.
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