De las novelas del Marqués de Sade a los archivos Epstein
Hay momentos históricos en los que una sociedad descubre algo insoportable sobre sí misma. Son figuras que exponen el vínculo íntimo entre poder y cuerpos y el momento en que un régimen comienza a perder la capacidad de sostener su relato ético.
Se trata de un escándalo que funciona como revelación. Un nombre propio aparece y, de pronto, aquello que debía permanecer invisible se vuelve imposible de negar. El marqués de Sade en el final del Antiguo Régimen y Jeffrey Epstein en la crisis de Occidente pertenecen a esa categoría inquietante: figuras que exponen el vínculo entre poder y cuerpos. Ambos marcan, cada uno a su modo, el momento en que un régimen comienza a perder la capacidad de sostener su relato ético.
El libertino del siglo XVIII pertenece a la aristocracia. Su escenario es el castillo, su herramienta es la literatura. El libertino contemporáneo pertenece a la élite económica; su escenario es la red global, su herramienta es la gestión.
Donatien Alphonse François de Sade escribe en el umbral de la Revolución Francesa. Su obra suele leerse como pornografía filosófica, pero esa lectura pierde lo esencial: Sade no inventa una monstruosidad; la sistematiza. En sus novelas, la violencia sexual deja de ser una desmesura privada para convertirse en una doctrina. La tortura se organiza como método, el placer como administración del poder, la crueldad como filosofía política. La provocación de Sade no reside en la obscenidad de sus escenas, sino en la coherencia de su razonamiento: el poder absoluto implica la libertad de destruir.
La Revolución Francesa, que promete libertad e igualdad, no sabe qué hacer con esa verdad incómoda. Sade es encarcelado tanto por la monarquía como por el nuevo orden revolucionario. El antiguo régimen lo considera escandaloso; el nuevo lo considera intolerable. La razón es la misma: su obra muestra lo que ninguno puede admitir abiertamente. La aristocracia no es simplemente refinamiento y cultura; también es violencia legitimada. Y la nueva moral burguesa necesita negar ese pasado para fundar su propia legitimidad.
Sade queda, así, como una figura liminal: el escritor que, al decir demasiado, deja al descubierto el agotamiento íntegro de un sistema.
Dos siglos después, Jeffrey Epstein aparece en un escenario completamente distinto. No hay castillos ni títulos nobiliarios. El poder ya no se presenta como herencia sino como mérito o innovación. El neoliberalismo construye un relato seductor: las élites contemporáneas serían el resultado del esfuerzo, del progreso y de la globalización.
Epstein irrumpe como una grieta en esa narrativa. El mito meritocrático se resquebraja cuando se vuelve visible que la riqueza extrema también puede organizar el acceso a cuerpos y a la gestión de la impunidad. Lo que el Antiguo Régimen hacía en castillos, el capitalismo tardío puede hacerlo en circuitos cerrados de élite global.
El impacto simbólico del caso Epstein coincide con una crisis de confianza en las élites: tiranías en ascenso, sospecha hacia la mundialización, desconfianza hacia instituciones y filantropías. El descaro no produce una catarsis, produce una inquietud persistente. No hay cierre narrativo. Sólo la sensación de que algo estructural ha quedado expuesto.
Sade y Epstein se ubican, así, como signos de época. Señalan el momento en que una sociedad comienza a sospechar de la legitimidad de su propia cima.
La guillotina inaugura una forma inédita de superabundancia: una violencia sistemática ejercida en nombre de la virtud pública. La ejecución deja de ser castigo singular para volverse proceso serial. La muerte se administra, se contabiliza, se programa. La ley se vuelve máquina.
De modo que el terror comparte con la orgía libertina una misma gramática del sobrante. Ambos producen listas, repeticiones, rituales, contabilidad de cuerpos. Ambos convierten la violencia en sistema. La diferencia es el signo: en la orgía libertina el desarreglo es goce privado; en el terror, capacidad pública. Pero la forma es preocupantemente similar.
En buena parte de la obra sadeana, el lector encuentra un rasgo insistente: la obsesión por la enumeración. Hay listas interminables de víctimas, catálogos de prácticas, calendarios de sesiones, reglamentos internos, sanciones y jerarquías. El castillo libertino funciona como una institución perfectamente organizada.
Los sujetos de Sade establecen horarios, distribuyen tareas, clasifican cuerpos. La repetición es esencial. Nada queda librado al azar. La tropelía necesita orden para sostenerse en el tiempo. Registrar permite repetir. Y repetir permite convertir el exceso en sistema. Esta dimensión es central: la orgía no es una explosión momentánea, sino una economía del goce. Y toda economía necesita cálculo.
Cuando aparecen los documentos asociados al caso Epstein, lo que sorprende no es sólo su contenido, sino su forma. El caso está atravesado por agendas, libretas, registros de vuelos, calendarios, listas de contactos y circuitos de intermediación. Lo que emerge no es la imagen de un crimen impulsivo, sino la de una organización minuciosa. Si en Sade la orgía se escribía como novela, aquí aparece escrita como logística.
La comparación revela una transformación de género más que de estructura. En Sade, la orgía necesita ficción para existir públicamente. La novela funciona como espacio de experimentación conceptual.
En la modernidad tardía, la orgía ya no necesita imaginarse, su escritura abandona la ficción y adopta la forma del archivo. Lo que antes era narración se vuelve registro. Lo que antes era relato se convierte en memorándum. La fantasía libertina del siglo XVIII se transforma en infraestructura contemporánea.
Sade y Epstein no son simplemente figuras escandalosas, sino momentos en la historia de la escritura del poder.
El Antiguo Régimen termina cuando su violencia puede ser novelada.
Occidente entra en crisis cuando su violencia puede ser documentada en un archivo. El libertinaje es menos una práctica sexual que una forma de lenguaje político. Habla de jerarquías, de excepciones, de impunidad. Señala el punto donde la ley deja de ser universal y se vuelve selectiva.
En la obra del marqués de Sade aparece con insistencia una figura perturbadora: la sociedad de los amigos del crimen. No es simplemente una reunión de libertinos ni una conspiración clandestina, sino una comunidad organizada alrededor de una idea radical: el crimen como vínculo social. Dos siglos después, el caso Epstein reactiva la sospecha de que ciertas formas de poder pueden estructurarse también como comunidades de silencio, complicidad y protección mutua. Comparar ambos mundos implica examinar cómo el crimen puede convertirse en forma de sociabilidad entre las élites.
Relacionar el caso Epstein con el universo literario del Marqués de Sade obliga a moverse en un terreno incómodo: el de la frontera entre la ficción de la violencia sexual y su realización histórica. No se trata de equiparar literatura y delito, sino de interrogar qué ocurre cuando una fantasía de dominación sexual –que en Sade pertenece al espacio de la escritura– parece reaparecer, dos siglos después, como práctica material en las redes del poder contemporáneas.
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