El triunfo de Perón en 1946
Este 24 de febrero se cumplen ocho décadas de las presidenciales en las que venció Juan Domingo Perón, dando así origen al peronismo. En esta nota se recuerdan algunos de los sucesos que condujeron a ese hecho.
El origen de uno de los movimientos políticos más importantes de la Argentina, el peronismo, puede ubicarse en las elecciones del 24 de febrero de 1946, en la cuales resultó ganador Juan Domingo Perón. Para contextualizar dichas elecciones, estas deben verse como un punto culminante de un proceso que se había iniciado unos tres años antes con el golpe de Estado del 4 de junio de 1943. Si bien es conocido por los especialistas, este es un aspecto al que en general no se le otorga la importancia que tiene y por eso merece recalcarse que, sin dicho golpe militar (y los acontecimientos derivados de este), no hubiese tenido lugar el surgimiento del peronismo. Como señaló hace años Jorge Abelardo Ramos en “La era del bonapartismo 1943-1972”, al realizar una comparación entre Yrigoyen y Perón donde marcaba la diferencia entre construir poder “desde abajo” o “desde arriba”: “Surge espontáneamente la analogía entre los métodos políticos de Perón e Yrigoyen. El militar que ingresa a la política a los 50 años de edad encabezando desde arriba un gran movimiento nacional, difería del estanciero que, desde su adolescencia, paso a paso y desde el ‘llano’, había construido su gran partido, hombre por hombre, sin poder alguno a lo largo de casi cuarenta años de lucha”.
Siguiendo en líneas generales lo expuesto por Alejandro Cattaruzza en “Historia de la Argentina. 1916-1955”, cabe recordar que el 4 de junio de 1943 un golpe de Estado puso fin al gobierno de Ramón Castillo. Dentro de los militares que llevaron a cabo dicha asonada, existían tensiones y rivalidades internas. Una muestra de ello lo brinda el hecho de que inicialmente el general Arturo Rawson asumió el mando, pero apenas tres días después fue desplazado por el general Pedro Ramírez. A su vez, este tampoco se mantuvo mucho tiempo en el poder, pues a comienzos de 1944 delegó el mando en Edelmiro Farrell, quien quedó como presidente. Precisamente, fue en este contexto de inestabilidad en el cual Perón fue ganando protagonismo y poder.
Por otro lado, en los años previos al golpe, el oficialismo había recurrido al fraude electoral y la oposición no lograba articular una alternativa eficaz. El gobierno mantenía una fachada de institucionalidad parlamentaria, pero en verdad controlaba a discreción los procesos electorales y algunos dirigentes opositores veían en la intervención militar la única vía para restablecer condiciones democráticas mínimas. Además, en el plano internacional, la neutralidad argentina frente a la Segunda Guerra Mundial generaba tensiones, especialmente tras la entrada de Estados Unidos en el conflicto en 1941, y el clima era de rumores constantes de golpes, conspiraciones y maniobras palaciegas.
El golpe de junio de 1943 fue precipitado por el intento de Castillo de forzar la renuncia de su ministro de Guerra, Ramírez, ante la sospecha de que sectores radicales le habían propuesto encabezar una asonada militar. Asimismo, debe recordarse que estaban previstas elecciones para septiembre de 1943 y que la candidatura oficialista había recaído en Robustiano Patrón Costas, un conservador vinculado a la elite salteña y al sector azucarero, y conocido por su respaldo al fraude y su trato duro hacia los trabajadores. Su posible llegada a la presidencia inquietaba tanto a la oposición como a sectores militares, que discrepaban sobre la neutralidad internacional y la necesidad de restablecer prácticas electorales más transparentes. Por lo tanto, el golpe de Estado se produjo en un contexto de incertidumbre y variadas interpretaciones, pues algunos creyeron que se buscaba alinear al país con los Aliados y otros que se pretendía restaurar la democracia. Además, la composición del gabinete de Rawson, con figuras de distintas tendencias, no ayudó a aclarar el panorama.
Por lo dicho anteriormente, debe tenerse en cuenta el carácter heterogéneo del golpe de Estado de 1943. Resulta claro que se trató de un golpe institucional en el que el ejército asumió un rol central no solo en la definición política, sino también en la gestión directa del Estado. Sin embargo, esto no implicó la ausencia de disputas internas, pues coexistían oficiales de distintas tradiciones políticas, desde radicales hasta nacionalistas y justistas (es decir, seguidores del general Agustín P. Justo), cada uno con sus propios intereses y visiones.
Por otro lado, para entender el ascenso de Perón dentro de la estructura de poder del gobierno militar, hay que tomar en cuenta un grupo particular de oficiales del ejército al cual este pertenecía: el GOU (Grupo de Oficiales Unidos). Esta logia secreta estaba integrada por oficiales jóvenes y de rango medio, compuesta principalmente por coroneles, tenientes coroneles, mayores y capitanes, y solo unos pocos generales. Aunque el GOU no fue el principal artífice del golpe del 4 de junio, pronto se convirtió en el grupo capaz de orientar el rumbo del proceso político abierto tras la asonada.
Los miembros del GOU provenían de tradiciones diversas, ya que algunos habían conspirado contra Ortiz, otros tenían vínculos con el radicalismo o con el nacionalismo, sin descartar que también los había pronazis. A pesar de estas diferencias, la coyuntura bélica permitió la acción común, basada en preocupaciones profesionales y técnicas, aunque con un trasfondo político.
El eje de las inquietudes del GOU era la defensa nacional, entendida como una tarea colectiva que requería la movilización de toda la sociedad y se consideraba imprescindible la autonomía industrial para garantizar la defensa. Además, se veía la intervención estatal en la economía como un instrumento útil y se consideraba que la atención a la cuestión social era clave para evitar conflictos internos y fortalecer la unidad nacional. Ese “evitar los conflictos sociales” hay que entenderlo en relación con el anticomunismo de sus participantes, ya que en ellos estaba presente el temor al avance comunista, alimentado por la experiencia de la guerra civil española y el triunfo del Frente Popular chileno.
Ese interés del GOU en hacer ciertas concesiones a los trabajadores para evitar el comunismo puede verse también en el propio Perón. Al respecto, hay un discurso suyo citado frecuentemente por los especialistas, el pronunciado en agosto de 1944 en la Bolsa de Comercio. En esa ocasión, él argumentó que, si el Estado no intervenía para custodiar las relaciones entre el capital y el trabajo, el malestar de las masas podría tornarse explosivo, poniendo en peligro el orden social. Ante un auditorio compuesto por sectores patronales les señaló que había llegado la hora de sacrificar algo para evitar males mayores. Según ciertas versiones, con crudeza dijo “es necesario saber dar un 30 por ciento a tiempo que perder todo a posteriori”.
Por otro lado, el GOU fue el ámbito donde se decidió el reemplazo de Rawson por Ramírez, en lo que se conoció como el “golpe de los coroneles”, pero las coincidencias iniciales no impidieron que surgieran rivalidades personales y disidencias políticas. Por otro lado, en cuanto a Ramírez, este mantuvo en un principio la neutralidad internacional pese a la presión de Estados Unidos y de la mayoría de las fuerzas políticas. Sin embargo, cuando en enero de 1944 Ramírez rompió relaciones diplomáticas con el Eje, este acto fue desaprobado por la mayoría del GOU, lo que llevó a su desplazamiento y a que el general Farrell asumiese la presidencia.
Ahora bien, dentro del señalado desarrollo del gobierno militar surgido en 1943, es relevante ver cómo Perón fue gradualmente adquiriendo cada vez más poder. Él fue designado en octubre de 1943 al frente del Departamento Nacional del Trabajo, una dependencia gubernamental que no era considerada particularmente relevante pero que fue la que permitió hacer crecer su figura. De hecho, para diciembre de ese año, Perón ya había logrado que el organismo subiese de categoría transformándose en la Secretaría de Trabajo y Previsión. Paralelamente, con la llegada a la presidencia de Farrell (con quien Perón mantenía una estrecha relación), él pasó a ocupar el Ministerio de Guerra y luego la vicepresidencia de la Nación.
Como es conocido, desde dicha Secretaría, Perón fue estableciendo lazos con los dirigentes sindicales. Si bien estos en un principio eran cautelosos en su acercamiento al gobierno militar, con el paso del tiempo reconocieron los beneficios que les iba otorgando ese especial coronel. La alianza entre este y los sindicatos se basó en una serie de reformas legales que transformaron las relaciones laborales, firmándose cerca de 700 convenios colectivos entre mayo de 1944 y agosto de 1945. Hay que recordar que la Secretaría de Trabajo tenía la potestad de aprobar estos acuerdos y hacerlos obligatorios (incluso imponiéndolos a los empresarios). Además, entre otras medidas, los activistas sindicales fueron reconocidos oficialmente, se crearon comisiones gremiales en las empresas, se controló el cumplimiento de la jornada laboral, se extendió el régimen jubilatorio y se sancionó el Estatuto del Peón para los trabajadores rurales.
Por supuesto, en ese progresivo ascenso de Perón dentro del gobierno de facto, un hito insoslayable es el del 17 de octubre de 1945, hecho que, si bien es en sí mismo conocido, vale la pena recordar algunos de sus antecedentes. Como hemos señalado, el frente militar no era homogéneo. Asimismo, el GOU se había disuelto tras la caída de Ramírez y había militares que veían con recelo el lugar preponderante que iba ocupando Perón, a lo cual sumaban una mirada negativa sobre su relación con Eva Duarte. Además, cuando ante el próximo fin del conflicto bélico el gobierno declaró la guerra a las potencias del Eje en marzo de 1945, fueron desplazados los nacionalistas más extremos. Por otra parte, una muy importante marcha opositora al gobierno de facto se produjo en septiembre de 1945, conocida como la Marcha de la Constitución y la Libertad. Aunque con motivaciones variadas, todo ello confluyó en que un grupo de militares liderado por el general Eduardo Ávalos forzara el 9 de octubre la renuncia de Perón a sus cargos. A su vez, eso motivó la reacción de las agrupaciones sindicales que temían perder las conquistas ganadas y exigieron la libertad del coronel. Finalmente, luego de variadas negociaciones para poder acabar con el conflicto, se produjo la libertad de Perón y este se dirigió a sus seguidores en la Plaza de Mayo el 17 de octubre, hecho que con el paso del tiempo se convertiría en una fecha de gran valor simbólico para el peronismo.
A partir de lo ocurrido en octubre, el proceso político tornó a acelerarse, ya que el gobierno militar convocó a elecciones para febrero del siguiente año. Se formaron entonces para esa contienda dos grandes bloques: la alianza conocida como Unión Democrática y las fuerzas que apoyaron a Perón.
La Unión Democrática agrupó al radicalismo, el socialismo, el Partido Demócrata Progresista y el Partido Comunista. Al contrario de cierta divulgada creencia, cabe mencionar que no formaron parte de esta alianza los conservadores (los radicales se opusieron a su incorporación). Asimismo, sobre la Unión Democrática, numerosas veces se ha llamado la atención sobre la heterogeneidad de su composición. Si bien ello es cierto, hay que tener en cuenta que no menos heterogéneas fueron las fuerzas que sostuvieron la candidatura de Perón: el Partido Laborista, la Unión Cívica Radical - Junta Renovadora y el Partido Independiente.
Las agrupaciones que apoyaron a Perón son usualmente menos conocidas que las de la Unión Democrática, por lo cual parece conveniente hacer alguna breve referencia a ellas, todas formadas luego de los hechos de octubre y teniendo en la mira las cercanas elecciones. El Partido Independiente surgió a partir de una serie de dirigentes conservadores que decidieron apoyar políticamente a Perón, en contra de la decisión del Partido Demócrata Nacional que agrupaba a las fuerzas conservadoras de la época y era antiperonista. Por su parte, como su nombre lo indica, la UCR- Junta Renovadora fue un desprendimiento minoritario del radicalismo, siendo uno de sus miembros Juan Hortensio Quijano, el candidato a vicepresidente de Perón. Por último, el Partido Laborista estaba integrado por dirigentes sindicales, siendo sus principales figuras Luis Gay (del gremio telefónico) y Cipriano Reyes (del gremio de la carne).
De estas tres fuerzas, cabe detenerse un momento en el laborismo, ya que fue un momentáneo y frustrado intento de formar un partido político de la clase trabajadora que tuviese carácter independiente. El laborismo apoyaba a Perón, pero quería tener a la vez margen de autonomía, deseos que entraron en conflicto con el proyecto del líder, quien poco después de asumir la presidencia en 1946 quería disolver los partidos políticos que lo habían llevado al poder para fusionarlos en un solo partido político (llamado primero Partido Único de la Revolución Nacional y luego Partido Peronista). En un principio, los líderes laboristas se opusieron a ser absorbidos en tal fusión, pero luego de meses de tensiones y presiones, finalmente se resignaron a integrar el Partido Peronista. Cabe aclarar que no todos los dirigentes aceptaron esa integración, siendo el caso más conocido el de Cipriano Reyes, quien en 1948 fue acusado de un complot y encarcelado, permaneciendo en prisión hasta la caída del peronismo en 1955.
Por fuera de las tres fuerzas que sostuvieron institucionalmente su candidatura, cabe recordar que Perón también recibió indirectamente otros apoyos. Por una parte, en diciembre de 1945 (o sea, dos meses antes de las elecciones), el gobierno de Farrell dictó el decreto-ley 33.302, por el cual se creaba el Instituto Nacional de Remuneraciones, cuya función era encargarse del cumplimiento de lo establecido en tal legislación, en uno de cuyos artículos se establecía el pago del aguinaldo. Por otra parte, la Iglesia Católica dio a conocer a fines de 1945 una pastoral donde se oponía a que los fieles votasen a fuerzas políticas que apoyaran la separación de la Iglesia y el Estado y también el laicismo en la enseñanza (reivindicaciones que figuraban en el programa de la Unión Democrática).
Como señalamos desde un principio, las elecciones del 24 de febrero de 1946 no deben ser vistas como un hecho aislado en sí mismas. Esas elecciones, en las cuales se impuso la fórmula Perón-Quijano y que dieron origen al peronismo, fue el punto culminante del complejo proceso aquí bosquejado.
*Doctor en Ciencias Sociales (UBA). IG @carloscampora100.
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