Encuestas de opinión pública: ¿pueden realmente explicar la “opinión pública”?
Las encuestas tienen dificultades para captar el dinamismo y la inestabilidad de la opinión contemporánea. ¿Qué hacer con ellas, entonces? ¿Debemos dejarlas de lado? En este artículo la respuesta.
En un libro notable, publicado a inicios del siglo XXI por la editorial de la Universidad de Buenos Aires (Eudeba), titulado Días Felices: los usos del orden de la Escuela de Chicago al funcionalismo estadounidense, sus autores, periodistas y críticos culturales argentinos, Norberto Cambiasso y Alfredo Grieco y Bavio, afirmaban que el desarrollo de las primeras encuestas de opinión pública por parte de Gallup se remontaban a los Estados Unidos de finales del siglo XIX; lo que coincidía con el surgimiento de la prensa amarilla y popular en ese país y con la necesidad de la democracia estadounidense por incorporar a los sectores populares, en particular a los afroamericanos e inmigrantes de diversa procedencia, al “orden establecido”.
Un punto de vista respecto de la “opinión pública” que también supo ver y cuestionar el recientemente fallecido filósofo alemán Jürgen Habermas cuando definió, en el año 1962, a la opinión pública como el ámbito donde se reunían “las personas privadas raciocinantes, en calidad de público”. Un enfoque novedoso, dado que para este autor la opinión pública tenía más que ver con una manifestación pública callejera que con lo que podía representar una encuesta, que era tanto privada como individual, y que se transformaba en “pública” gracias a la acción de los medios masivos. Lo hacía en el contexto de la por entonces constituida República Federal Alemana, cuya capital era la ciudad de Bonn.
Poco tiempo después, nada menos que en el año 1968, en un artículo tan célebre como el de Habermas que llevó por título La opinión pública no existe, el reconocido sociólogo francés Pierre Bourdieu cuestionaba el estatus constitutivo de la opinión pública asignado a la metodología de las encuestas cuantitativas. Tres eran las críticas de Bourdieu a las encuestas de opinión: que minusvaloraban o no consideraban la “no respuesta”, que presuponían que cualquiera puede opinar de cualquier cosa aunque no supiera nada al respecto y que, en el mismo sentido, las encuestas indicaran que cualquier opinión –sea la de un entendido o no– vale lo mismo.
Resulta de interés remarcar que los dos últimos textos mencionados, el de Habermas y el de Bourdieu, se escribieron en dos momentos particulares. El primero ligado al proceso de consolidación de la naciente democracia alemana luego de la división de ese país a posteriori de la derrota del nazismo tras la Segunda Guerra Mundial. En tanto que el segundo se publicó en un momento de aumento de la conflictividad social y de búsqueda de imposición de orden por parte del Estado francés (durante el “mayo” de 1968). Dos momentos que podrían “maridar” (como se dice ahora) con aquellos que observamos en un país como la Argentina, donde las encuestas de opinión pública se desarrollaron en la última dictadura cívico militar y también a lo largo del llamado período de la “transición democrática” (que se extendió a lo largo del primer gobierno democrático luego de esa dictadura, el de Alfonsín, entre 1983 y 1989, y los primeros años del gobierno de Menem, entre 1989 y 1990).
Para la última dictadura cívico-militar, la utilización de una herramienta como la de las encuestas de opinión pública sirvió de base para la obtención de información que permitiera elaborar sus políticas de control, incluidas las de comunicación y acción psicológica a través de la manipulación de los medios masivos de comunicación (como muestra la comunicóloga argentina Julia Risler, en un libro que lleva por título La acción psicológica).
En el caso del llamado período de “transición democrática”, la aparición de las encuestas de opinión pública estuvo ligada en cambio -como afirma el investigador del CONICET Gabriel Vommaro- a la necesidad por parte de los medios masivos de comunicación, con posterioridad a la última dictadura, de remarcar una perspectiva de “objetividad” y de “cientificidad”. Un tipo de “cientificidad” particular, por cierto, aquella que tenía que ver con un “clima cultural” en el que el formato de “cultura media” (mid-cult) de los medios masivos sintonizaba con el sentir de unos sectores medios urbanos que buscaban no ser ubicados ni a la izquierda ni a la derecha del espectro político e ideológico; es decir, que buscaban estar en un “centro”, al que se lo asociaba con la “objetividad” (periodística y científica).
Y aunque los sociólogos, muy serios por supuesto, que realizaban –y aún realizan– las encuestas reforzaban siempre el margen de error que estas tenían (aún hoy puede verse que en las encuestas publicadas por los medios masivos se indica dicho margen de error) y que las mismas por su carácter empírico sólo podían dar cuenta de un “momento”, aquel en el que se realizaba la encuesta (esto es, el momento en el que se “saca esa foto”); muchas veces el público consumidor de medios “elegía creer”, tanto en lo que se publicaba en los medios como en lo que decía esta metodología científica.
Pero hoy los tiempos han cambiado, incluidos los del periodismo, porque si comparamos con el momento de la restauración democrática en el país, se ha modificado justamente el ecosistema de medios masivos de comunicación, desde donde se difunden las encuestas que dan cuenta de “la opinión pública”. Algo que tiene que ver con las mediatizadas sociedades contemporáneas y con la hegemonía televisiva y su continuidad –a partir del predominio de la imagen por sobre la argumentación– en las llamadas “redes sociales”.
El “clima cultural” ya no es hoy el de la búsqueda de la “cientificidad” ni de la “objetividad”, tampoco en esos sectores medios urbanos formateados históricamente por el “mid cult” mass-mediático “tradicional”, pero que ahora son importantes consumidores de redes sociales. Y más aún luego de una pandemia, momento en el que esas mismas redes sociales se transformaron en el principal canal de comunicación e información, en la que se supo poner en cuestionamiento la validez de la ciencia en general (no es pura casualidad el ataque que desde entonces encontramos hacia el campo científico en general y al de las ciencias sociales en particular).
Esto es, a pesar de la actual sofisticación de las encuestas de opinión pública, que ahora buscan cruzar datos relevados por metodologías cuantitativas (aquellas que permiten cuantificar, por ejemplo, lo que consume la mayoría y las minorías) y por metodologías cualitativas (que buscan interpretar por qué la mayoría consume lo que consume), nos encontramos en un momento de pos-pandemia donde toda la sociedad se desarrolla en un movimiento permanente y de gran velocidad informativa, impuesta por unas redes sociales que –unidas a un medio “tradicional” como la televisión, promotora permanente de un consumo “espectacular” basado en la imagen– hacen que “todo lo sólido se disuelva en el aire”.
Ello resulta problemático para un método de obtención de datos como el de las encuestas porque éstas, aún con la sofisticación metodológica mencionada, sólo pueden medir el presente, el momento donde se toma “la foto”, tienen dificultades para captar el dinamismo, la inestabilidad de la opinión pública contemporánea.
Una inestabilidad propia de la “velocidad” en la que se encuentra subsumida la vida moderna, que no es por supuesto sólo producto del impacto de la televisión y las redes, sino además de una sociedad que se ha vuelto “líquida” (al decir de otro gran filósofo como Zygmunt Baumann), como consecuencia del movimiento permanente de un capitalismo donde lo financiero predomina y promueve –precisamente– la “liquidez” y la especulación dineraria más que la “concretud” de la economía real.
Es en este momento donde resulta complejo poder procesar el creciente volumen de información y su velocidad, dando lugar a fenómenos de verdadera “indigestión” informativa, de “posverdad”, de difusión de “fake news”.
Más en una Argentina donde el uso de teléfonos celulares para el consumo de noticias elude todos los controles habituales relativos a la de veracidad noticiosa llevados otrora adelante por el campo periodístico. Y si a ello le sumamos que este mismo campo periodístico, salvo honrosas excepciones (entre las que se encuentra PERFIL), ha abandonado hoy día el anteriormente generalizado paradigma de la “objetividad” para hacer “periodismo de guerra”, nos encontramos con un panorama donde lo particular no se condice con lo general.
¿Qué hacer con las encuestas entonces? ¿Debemos dejarlas de lado? Entendemos que no se trata de eso, sino de comprender que las encuestas son básicamente herramientas de obtención de datos, no son la verdad revelada de la opinión pública. Nos permiten obtener cierta información, que puede ser discutida –como toda información científica virtuosa, que entiende a la ciencia como movimiento permanente y no como una verdad establecida– aunque con los mismos criterios racionales y argumentados que utiliza. Son técnicas de recolección de datos que, además, como señalamos, pueden dar cuenta sólo de un momento, de una particularidad, no de la generalidad; pueden ser insumos para el conocimiento científico, pero no son lo mismo que la ciencia.
Para una mayor fidelidad resulta necesario volver hacia el conocimiento científico, aquel que al ir más allá de lo técnico permite captar parte de lo general y construir teoría.
El problema actual, no sólo de las encuestas, también de la sociedad actual y de los medios masivos de comunicación, es que la técnica no debería suplantar a la ciencia, a la teoría. Tal como afirmaron en 1944, en plena Segunda Guerra Mundial, esos grandes filósofos alemanes antifascistas como Adorno y Horkheimer, cuando sentenciaron que “la prohibición de la imaginación teórica abre el camino a la locura política”.
*Doctor en Ciencias Sociales y licenciado en Ciencias de la Comunicación (UBA), docente e investigador.
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