La destrucción del prestigio de EE.UU., ¿y del orden liberal?
La obsesión con la “amenaza china” provocó que se perdiera de vista el fenomenal cambio de paradigma que se está dando en el poder global, donde la vigencia de las instituciones democráticas y las normas liberales está siendo reemplazadas por la ley del más fuerte.
Entre las tantas consecuencias de la guerra contra Irán, sobre la cual Donald Trump sigue buscando desesperadamente una salida, se destacan la aceleración de dos procesos de suma trascendencia global: la destrucción del prestigio estadounidense y el posible colapso del orden internacional de raigambre liberal instaurado en 1945.
El prestigio es un atributo fundamental que ostentan los países en relaciones internacionales, especialmente en el caso de las grandes potencias. Se trata de un activo muy difícil de construir y de mantener, por todos los elementos materiales e inmateriales que hacen al prestigio. Al mismo tiempo, resulta mucho más costoso recuperarlo una vez que se dilapida o se pierde por completo.
Robert Gilpin fue uno de los grandes teóricos de la escuela realista de las relaciones internacionales, referente de la línea “neoclásica” de los tiempos de Guerra Fría. En su célebre obra titulada Guerra y cambio en la política mundial (1981) se abocó a analizar la importancia de ciertos elementos no materiales en las relaciones de poder entre los Estados, más allá de la economía y la fuerza militar. En ese sentido, Gilpin destacó la importancia del prestigio, al cual definió como “la reputación del poder”, o sea, la percepción que otros Estados tienen sobre la capacidad y disposición de una potencia para usar la fuerza.
Siguiendo con este autor, el prestigio favorece que otros Estados obedezcan a la voluntad de una potencia sin que esta tenga que apelar al uso de la fuerza. De esta forma, se reducen los costos materiales que implica sostener una posición hegemónica o preponderante, favoreciendo a su vez la estabilidad y la paz en el sistema internacional.
El prestigio es un componente subjetivo y moral que legitima el poder material de las grandes potencias, generando una cierta jerarquía que ordena las relaciones en el sistema. La lógica sería: cuanto más elevado el prestigio, mayor será el interés del resto de los actores que componen el sistema en adherir a ese liderazgo. De acuerdo con Gilpin, entre las fuentes del prestigio se destacan ganar una “guerra hegemónica” (concepto clave en su teoría de la transición del poder) y tener la capacidad de proveer orden y bienes públicos globales.
Tal ha sido el caso de Estados Unidos desde 1945 a la fecha. Emergiendo como el gran ganador de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos se posicionó como el principal artífice de la reconstrucción europea y de la conformación de un nuevo andamiaje de relacionamiento internacional basado en reglas ancladas en valores democráticos y liberales. La mayor parte de Occidente adhirió tanto a esos valores como al nuevo liderazgo de Estados Unidos en el sistema.
Ese orden internacional liberal es el que actualmente atraviesa una profunda crisis, con sobrados factores endógenos y exógenos para calificarla de terminal. Grandes autores realistas y liberales de la academia de las relaciones internacionales, como John Mearsheimer, Graham Allison y John Ikenberry, teorizaron durante años que las mayores amenazas a la subsistencia del actual orden serían grandes potencias externas contrarias al ideario liberal, principalmente China. Sin embargo, la paradoja es que la mayor amenaza pareciera ser hoy Estados Unidos, el otrora promotor de ese orden y sobre el cual cimentó su impresionante prestigio de superpotencia.
Esos teóricos no solo leyeron de manera sesgada o parcial las reales aspiraciones de China, que dicho sea de paso ha sido una de las mayores beneficiarias de integrarse al orden económico liberal de Estados Unidos y sus aliados. Tampoco pudieron anticipar la llegada al poder de un “depredador” de la talla de Donald Trump, para caracterizarlo utilizando la terminología del genial Giuliano Da Empoli en su obra La hora de los depredadores (2025). Trump encaja perfecto en este tipo de liderazgo actual que se burla de las reglas y la institucionalidad, explotando la incertidumbre y el conflicto como recurso político.
Obsesionados con la “amenaza china”, los intelectuales del mainstream de las relaciones internacionales perdieron de vista el fenomenal cambio de paradigma que se está dando en el poder global, donde la vigencia de instituciones democráticas y las normas liberales está siendo reemplazada por la ley del más fuerte. Y que el epicentro de este cambio no se está dando en Beijing, que hasta ahora no ha mostrado intenciones de difundir su régimen político ni sistema de valores. Se está dando en Washington, donde la mayor fuerza militar de la historia está en manos de un líder electo democráticamente, pero que proclama que la única moral es su propia voluntad.
¿China como la gran ganadora? Los fundamentos del prestigio estadounidense se caen a pedazos, mientras su líder amenaza con aniquilar a toda la civilización iraní si no cede a sus demandas. Al mismo tiempo, se profundiza el colapso del orden que rigió las relaciones internacionales por casi ochenta años: sus organizaciones y normas son incapaces de contener a los depredadores que desafían el sistema.
Trump no ha sido el primero en hacerlo, pero sí es hasta el momento el más poderoso y voraz. Así como amenaza a la decadente teocracia iraní, también hace lo propio con un socio histórico como Dinamarca, a la cual le reclama su “pedazo de hielo”.
En medio de la incertidumbre por las características que tendría el nuevo orden posliberal –o bien el creciente desorden– que sobrevendrá, se presenta otra paradoja: China busca aprovechar la oportunidad para posicionarse como el nuevo factor de estabilidad y orden global. Afianzada como la gran superpotencia en ascenso, China promueve la diplomacia y la paz frente a las guerras. Pero no solo eso: también se presenta como la inesperada defensora del libre comercio y del desarrollo frente al aislacionismo proteccionista de Estados Unidos, con quien se encuentra disputando de igual a igual una guerra comercial.
No está claro si China está realmente en condiciones de lograr capitalizar este momento, más allá de su intento manifiesto e intereses genuinos. Lo cierto es que en ninguno de los grandes conflictos en curso sus iniciativas fueron exitosas. Al mismo tiempo, afronta acusaciones de “sobreproducción” por parte de no pocos países que ven cómo productos chinos con los cuales es imposible competir por calidad y precio, especialmente tecnológicos, acaparan mercados.
Como sea, esta descripción es apenas la foto de un complejo proceso en curso, que tiene por ahora actores e intereses bien definidos, así como también tendencias cada vez más firmes de evolución. Resta aún ver cuál será el final.
*Consultor político, docente universitario y analista internacional. Director ejecutivo del Observatorio Sino-Argentino.
También te puede interesar
-
Encuestas de opinión pública: ¿pueden realmente explicar la “opinión pública”?
-
El ADN está cambiando la medicina, pero las brechas en el acceso promueven la desigualdad
-
El testimonio de un desafío al silencio nazi
-
Cuando el periodismo alimenta el monstruo que cree combatir
-
El resquebrajamiento del espacio político web liderado por Milei
-
Chile: el gobierno de Kast y un desgaste repentino
-
La Habana: en busca de un acuerdo con Trump para no terminar como Maduro
-
La política de la muerte
-
Un plan casi perfecto: la instauración de un autoritarismo parlamentario