Chris Pratt

Chris Pratt: “Filmar esto fue como aprender un baile imposible”

El actor protagoniza Sin piedad –una película que imagina una Justicia gobernada por la IA– donde un detective tiene 90 minutos, para probar su inocencia. Reflexiona sobre su pasión por contar y la actualidad del film.

Foto: GZA. UIP

En Sin piedad, ya en los cines argentinos, la Justicia dejó de ser un asunto humano. Una inteligencia artificial decide, condena y ejecuta en 90 minutos. El detective Chris Raven despierta atado a una silla y debe demostrar que no mató a su esposa antes de que el sistema lo elimine. El film marca el reencuentro con Timur Bekmambetov casi veinte años después de Wanted y propone un thriller en tiempo real donde la tecnología observa, acusa y narra. En diálogo, Chris Pratt, el protagonista cuenta: “Siempre quise interpretar a un detective. Mi hermano fue policía y en este proyecto trabajó como asesor en tecnología, lo que además fue una buena oportunidad para colaborar juntos. Me gustó mucho la manera en que imaginaron Los Ángeles en un futuro cercano, una ciudad reconocible, pero atravesada por una realidad discordante, donde la inteligencia artificial se mete de lleno en el sistema de Justicia. Todo eso me dejó impactado. Estoy en una posición muy afortunada: puedo decir que no a muchas de las cosas que me llegan. Pero con este guión fue inmediato. Lo leí y supe que quería hacerlo, sin dudar.”

—¿Cuál es la historia de fondo de ese sistema llamado Piedad?

—La película transcurre en un futuro próximo en el que los delitos capitales se dispararon. El sistema judicial tradicional está colapsado y el gobierno de la ciudad consigue apoyo público para implementar la llamada Nube Municipal de Los Ángeles, que es básicamente un mundo de vigilancia digital total. Con eso reúnen evidencia suficiente para juzgar a una persona con un 90% de probabilidades de que sea realmente culpable. A partir de ahí tenés solo noventa minutos para probar tu inocencia; si no lo lográs, te matan. La idea es que la Corte de la Piedad sea juez, jurado y verdugo al mismo tiempo, impulsada únicamente por IA, sin prejuicios humanos ni políticos, apegada estrictamente a los hechos y, en teoría, eliminando el error humano de la ecuación.

—Volvés a trabajar con Timur Bekmambetov después de muchos años.

—Sí, estuve en Wanted, la película que él hizo con Angelina Jolie en 2008. Fue uno de mis primeros trabajos importantes en Los Ángeles, hace casi dos décadas. Volver a encontrarme con él ahora fue muy fuerte, porque los dos cambiamos mucho y, al mismo tiempo, seguimos conectados con una forma parecida de entender el cine de acción.

—Visualmente “Sin piedad” recuerda a algunas películas de formato Screenlife que él produjo, como “Searching” o “Profile”. ¿Fueron referencias?

—Había visto esas películas y me parecen muy logradas, sobre todo Profile, que me conmovió de verdad. Ese tipo de cine apareció porque se puede hacer con presupuestos relativamente bajos, usando cámaras que todos tenemos: dashcams, webcams, pantallas de computadora. Fueron un punto de partida, claro, pero en Sin piedad nos alejamos un poco de eso, porque el presupuesto era mayor y la ambición también. Gran parte del guión estaba pensada desde el punto de vista de la jueza Maddox, que interpreta Rebecca Ferguson, observándome todo el tiempo. Vemos el juicio y la evidencia casi como ella la ve, pero también necesitábamos escaparnos para construir un punto de vista más objetivo. Por eso no diría que es una película totalmente Screenlife, aunque ese lenguaje esté muy presente.

—El relato parece encerrado en un solo espacio, pero termina abriéndose.

—Exacto. Podés ver muchas cosas al mismo tiempo y eso la vuelve una película muy de esta época. En un nivel es casi una obra en tres actos: estoy yo siendo juzgado durante noventa minutos. Pero alrededor aparecen viñetas de la vida del detective, secuencias de acción, recuerdos, pruebas que pueden salvarlo o condenarlo. Todo eso hubo que filmarlo. Rodamos tomas larguísimas, de cincuenta o sesenta páginas cada una, y después salíamos a exteriores para completar el resto. Fue como hacer dos películas distintas que tenían que encajar milimétricamente.

—¿Qué sentiste la primera vez que la viste terminada?

—Quedé asombrado. La vi con mi hijo Jack, que tiene 13 años, y con mi esposa Katherine, y ninguno pudo despegar los ojos de la pantalla. Cuando trabajás en una película tan dependiente de la posproducción la experiencia es rarísima. Normalmente sabés qué esperar porque estuviste todos los días en el set. Pero esto era un rompecabezas de mil piezas que recién se reveló al final. Conocía la historia de memoria, el pulso dramático, pero igual fue como ver algo nuevo. Pensé: “¡Maldita sea, esto es maravilloso!”. Me divertí muchísimo descubriendo cómo todo había cobrado forma.

—¿El mayor desafío fueron esas tomas extensas?

—Hubo muchos desafíos por eso mismo. Eran planos de cuarenta o cincuenta minutos con muchísimo diálogo y casi sin puntos de corte. Además tenía que seguir marcas visuales para dar la sensación de que me veía a mí mismo en distintas pantallas: una videollamada, mi hija, una prueba nueva que aparece. En el rodaje muchos de esos elementos no existían todavía. Tengo experiencia gracias a Jurassic Park o Guardians of the Galaxy reaccionando a cosas que no están, pero acá el reto fue mantener la coherencia durante tomas eternas. Elegir dónde bajar el ritmo para crear un momento dramático y dónde acelerarlo para generar desesperación fue como una danza técnica, como aprender un baile complicadísimo y después ejecutarlo en escena.

—¿Cómo fue trabajar con Rebecca Ferguson si su personaje casi siempre es una presencia digital?

—Fue un “sí y no” al mismo tiempo. Ella interpreta a Maddox, una jueza de IA que es como la hija de la jueza Judy y Terminator (risas). Casi siempre aparecía en una pantalla o como voz desde distintos rincones de la Corte de la Piedad. En realidad estaba en otro set con una cámara frente a su cara y la transmitían a un monitor arriba mío. A veces tenía que reaccionar solo a su voz, imaginando dónde estaría su rostro según el plano. Dependía mucho del estilo de la toma: en algunas estaba físicamente, en otras era apenas un sonido en un auricular escondido.

—¿Qué te gustaría que el público se lleve de la película?

—Espero de verdad que la vean en pantalla grande, para sumergirse en este mundo tal como fue diseñado, en 3D y con todo saltando hacia el público. Es una experiencia muy intensa. Me gustaría que la gente salga con la sensación que dejaban películas como Speed, donde el ritmo no afloja nunca. Tiene algo de retorno a la vieja escuela de emociones auténticas, a ese cine que te agarra del cuello y no te suelta. 

*Gentileza UIP / Steve Goldman