‘EL ÚLTIMO GIGANTE’

“No le temo a lo popular”

El director Marcos Carnevale y el actor Oscar Martínez presentan esta película filmada en las Cataratas del Iguazú que espera llegar a un paúblico masivo. Afirman que apoyar al cine y a la cultura es fomentar una “marca país”.

Producción. Filmada en las Cataratas del Iguazú con apoyo logístico de Misiones. Foto: gza. netflix

Ya se puede ver por Netflix El último gigante, película escrita y dirigida por Marcos Carnevale. Sus protagonistas son Oscar Martínez y Matías Mayer, quienes filmaron muchas escenas al aire libre en el imponente paisaje de las Cataratas del Iguazú. En ambientes naturales, hospitales y hoteles de esa ciudad misionera, se desarrolla la historia de Julián y su hijo Boris. Julián había sostenido durante ocho años dos familias en paralelo. Una estaba en Salta, a donde él viajaba con frecuencia porque era piloto de avión y donde, con Leticia –Inés Estévez– tuvieron a Boris. La otra estaba en Buenos Aires, junto a Andrea –Silvia Kutika– y otras hijas. Presionado por la situación, Julián eligió a esta última y dejó de ver por 26 años a Boris, quien ahora tiene 35 años y es guía náutico en el Parque Nacional.

Este padre que reaparece de repente en Iguazú es, en el presente, un enfermo terminal y se acerca a su hijo. A partir de allí, se desarrolla el drama vincular y algunas preguntas existenciales: “¿Vos creés que hay algo más del otro lado de la vida?”. Hay también personajes menores, como el de Johanna Francella, y otros pequeños, pero de gran relevancia, como el de Bebe –muy adecuado para el potencial actoral de Luis Luque– y una Inés Estévez, histriónica, simpática, que explota también su habilidad como cantante. Por su parte, Carnevale y Martínez brindan esta entrevista para PERFIL.

—¿Cómo se involucran en la temática del padre abandónico, que es central en esta película, y que guarda puntos de conexión con numerosos casos de la vida real?

MARCOS CARNEVALE: Yo no tuve un padre abandónico, pero creo que muchos padres tenemos miedo de serlo aun cuando no lo somos. La mamá está mucho más ligada al bebé. Los padres tenemos más posibilidades de generar abandono, como hizo Julián, o ausencias en momentos importantes. Yo, como papá, con mi trabajo, siento un poquito ese conflicto. Tengo dos hijos adoptados y, en esta película, quise enfocarme en la orfandad y la importancia de la presencia de ese que te cuida o de ese que no está.

OSCAR MARTÍNEZ: Yo tampoco tuve un padre abandónico ni lo soy, con mis cuatro hijas mujeres. [En general], la madre tiene una unión sanguínea durante la gestación, que el hombre no tiene, y se ocupa de todo, de la contención afectiva, del abrazo. Para el hombre es diferente; incluso hay padres que están, pero están ausentes. Mi papá estuvo muy presente, pero recién cerca de su muerte, cerca de los 80 años y sabiendo que se iba a morir, empezó a hablar conmigo de hombre a hombre.

—¿Existe perdón para ese abandono? ¿Julián cree que debe ser perdonado?

OM: No. Para mí busca una redención de sí mismo. No puede eludir hacer esto, pero es consciente del dolor y del resentimiento que tiene el hijo, aunque no puede irse con esa mochila. Quizás la esperanza es una apuesta a la comprensión, que no es del orden racional sino emocional, a que el hijo, a los 50 o 60, lo perdone o lo entienda.

MC: Yo no lo escribí desde el punto de vista del perdón, que es una cosa muy alta. Sirve más la comprensión. Julián sabe que es imperdonable lo que hizo. Sí, está buscando redimirse, decirle lo que siente y esperar que Boris tenga los elementos para comprender.

—¿Por qué la historia ocurre con el paisaje de las Cataratas de fondo? ¿Podría haber ocurrido en otro lugar?

MC: La historia podría haber ocurrido en cualquier otro lugar, como un pueblito de provincia con tres habitantes. Iguazú da un contexto mucho más grande para esta historia totalmente intimista. Tomé el riesgo de poner un contexto enorme, representar esta imagen del gigante, porque las Cataratas me intimidan como los Andes.

—¿En qué medida se involucró la Provincia?

MC: Intervinieron el Gobierno de Misiones y Parques Nacionales, para los permisos, la logística y el know how, porque es muy difícil filmar allí: desde el aire es un día, desde el agua es otro. Sumale a eso el clima tropical: sol, lluvia, represa hidroeléctrica de Paraguay abierta o cerrada. Se necesitó mucha colaboración, mientras el parque seguía abierto y nos generaba lugares perimetrados en un horario determinado.

—¿Quién es el público de ustedes? Específicamente, ¿quién puede ser el público de esta película?

OM: Es un público imposible de determinar porque es una historia, como muchas otras, muy universal. Posiblemente sea gente con más experiencia de vida, que haya vivido lo suficiente para ser sensible a temas como la edad, la muerte, el abandono de un padre, el conflicto entre la necesidad y el deseo. Más bien creo que es para todo tipo de publico.

MC: Mi público es muy amplio, muy popular, gran cantidad de gente, porque me gusta llegar con historias universales. Desde que esto se globalizó por las plataformas, mis películas se ven en muchos países. Los temas de mis películas no son ajenos a nadie y empatizan rápido, son fácilmente reconocibles: la vida, la muerte, el amor. No le temo a lo popular para nada.

—La música de “El último gigante” es muy importante, parece tomar a ese público y busca hacer explotar las emociones. ¿Es así?

MC: Sí. La hizo Iván Wyszogrod, que estuvo en varias películas mías, las cuales suelen ser de personajes, y donde el diálogo es muy importante. Acá también lo es, pero los personajes hablan menos, porque es una película más introspectiva. Entonces le pedí a él que me ayudara con una música que dijera lo que yo no ponía en palabras, el mundo interno que no se dice. La música expresa el corazoncito de la película.

—¿Cómo analizan la actualidad del Incaa y en qué medida les afecta?

MC: Últimamente estoy haciendo originales para las plataformas, entonces no me afecta tan directamente, pero sí afecta a toda la industria y gente a mi alrededor. No está para nada bien lo que está ocurriendo. Es necesario que se implemente, urgente, una política de fomento seria, reorganizar esto con gente idónea, que no esté atada a una situación política de turno, que no tenga ideología. La cultura es uno de los bienes más preciados de un pueblo. Hoy se lo está vapuleando no solo en el cine sino en todas las áreas.

OM: Yo he trabajado toda mi vida en lo que se llama “la cultura”. No puedo empatizar con una gestión que estigmatiza a la cultura y a todos los que trabajamos para ella. Independientemente de cómo pienses en términos políticos, esto va más allá. Es como ir en contra de la educación pública, obligatoria, laica y gratuita, que fue lo que en algún momento hizo grande a este país. En el cine, es mentira que nosotros vivíamos del Estado, porque el dinero del Incaa no se sacaba a hospitales o a maestros, sino de una forma de impuesto cuando la gente iba al cine: se le miente a la gente por maledicencia o ignorancia. Todos los países serios tienen apoyo al cine, incluso Estados Unidos, que tiene la industria más poderosa del mundo. Por otra parte, el Incaa nunca bancaba toda una película, siempre había capitales privados. Al cine, no solo lo apoya España sino también, las comunidades autónomas. Hice una película en Valencia para Netflix. El Estado valenciano ayudó, con la condición de que el 75% del personal técnico tenía que ser de Valencia, profesionales de primerísimo nivel. Esto ayuda en puestos de trabajo y también pone en juego la “marca país”. El último gigante, además del drama humano, muestra las Cataratas y está fomentando el turismo en los 190 países donde se va a ver la película, gente que va a venir a la Argentina a consumir, pagar hotel, comprarse cosas.